Los gobiernos que no aman el periodismo
«Mientras Europa busca más transparencia, más trazabilidad y más independencia, aquí se generan más listas, más etiquetas y más miedo»

Imagen creada con inteligencia artificial.
La desinformación es un problema gordo para las democracias. En 2015, cuando tocó responder a las campañas de intoxicación rusas, la Unión Europea arrancó su cruzada con una idea sensata: recortar lo mínimo para blindar lo básico. Al poco tiempo, se empezó a cocinar el Plan de Acción contra la Desinformación, que cristalizó en 2018. Entonces se apelaba a coordinación, recomendaciones y voluntarismo… hasta que la realidad obligó a cambiar el tono. Del «por favor» pasamos al «por decreto». Hoy mandan, más que los principios, los reglamentos.
En 2024 entró en vigor el DSA (Digital Services Act), del que se ha explicado poco y se ha entendido menos. En teoría, esta norma acaba con el «no es cosa mía» de las plataformas: la desinformación se define como riesgo sistémico y ellas pasan a ser corresponsables.
Pero el DSA no viene solo. El reglamento de publicidad política (2024) exige también trazabilidad: que se sepa quién paga, a quién apunta y con qué datos se afina cada anuncio electoral. Por su parte, el Reglamento Europeo de Libertad de los Medios (2024) promete pluralismo e independencia a base de transparencia: saber quién controla, quién financia y quién manda en la información.
Podría seguir con más normas, pero no pretendo hacer un compendio jurídico.
Lo que pretendo es otra cosa: señalar que, sobre el papel, todo suena impecable. El lío empieza con la aplicación. Porque la puesta en marcha de estas normativas parece haber despertado en el sanchismo la tentación más vieja del poder: usar la medicina contra el paciente.
«En España, la vacuna contra el bulo empieza a funcionar como un potenciador de la docilidad»
En España, la vacuna contra el bulo empieza a funcionar como un potenciador de la docilidad. Es lo que yo llamo «iatrogenia democrática»: se regula para proteger y se acaba utilizando para domesticar. Y este giro, peligroso, sutil y difícilmente combatible, se puede hacer porque hay grietas importantes en el planteamiento inicial.
La primera: la indefinición de quién es periodista y de qué es un medio. Europa no ofrece una fórmula única que puedas servir en España, Polonia o Francia sin aprender matices nacionales. Y esto no es un tecnicismo: es una cuestión mollar. Del estatus profesional dependen protecciones como el secreto profesional o la cláusula de conciencia. Y del estatus empresarial de «medio» accesos, registros y dinero público. Poca broma.
Esta semana, InfoLibre adelantaba el anteproyecto de Ley de Publicidad del Sector Público. Se habla de transparencia, registros, trazabilidad y topes (35%). Pero en un país donde el Gobierno ha popularizado el término «pseudomedio» para deslegitimar al que incomoda, la pregunta decisiva no es el porcentaje: es a quién sí y a quién no se va a financiar.
La segunda grieta es la indeterminación de qué es la verdad. ¿Qué es un bulo? ¿Quién lo decide? ¿Quién verifica al verificador? El peligro estriba en que el poder tiende a confundir «verdad» con «mi versión» y a llamar mentira a lo demás. Me viene a la cabeza Óscar Puente denunciando desinformación y apelando a «la verdad» mientras daba fechas y datos erróneos sobre una prueba recogida del accidente de Adamuz. Todo en orden.
«Señalar es marcar. Es advertir. Es intentar que el resto aprenda la lección sin necesidad de castigo formal»
La tercera grieta es la falta de separación de esferas y la ausencia de respeto institucional. El 3 de febrero se publicaron presiones atribuidas a Albares para apartar a una periodista de Europa Press tras una rueda de prensa. Días después, el presidente del Gobierno señalaba desde la tribuna a THE OBJECTIVE —medio incómodo por investigaciones sobre corrupción— bajo el paraguas de la «desinformación».
Señalar es marcar. Es advertir. Es intentar que el resto aprenda la lección sin necesidad de castigo formal.
La desinformación se ha convertido en la coartada perfecta para gobiernos que no aman a los periodistas. Mientras Europa busca más transparencia, más trazabilidad y más independencia, aquí se generan más listas, más etiquetas y más miedo.
Menos verdad. Y menos democracia. Veremos.