Vox se esconde en el «no es no»
«Abascal le tiene muchas ganas a María Guardiola. Como en ‘Pretty Woman’, quiere que le haga mucho más la pelota, que se humille y le suplique»

Imagen creada con inteligencia artificial.
En unos pocos meses se ha acelerado la gran mutación sociológica: hemos pasado de la pretendida superioridad moral de la izquierda a una pretenciosa superioridad moral de la derecha extrema. Todo gira ya alrededor de Vox. Sus ideas y propuestas genéricas sobre delincuencia, emigración, feminismo o cambio climático, que hasta hace poco eran consideradas marginales y tachadas de extremistas, son asumidas ahora con devoción por un amplio espectro de ciudadanos que incluso excede el universo de sus votantes.
Incluso las policías de gobiernos autonómicos como el vasco y el catalán, tan progresistas ellos, han aceptado la conveniencia de informar sobre la nacionalidad de los delincuentes detenidos en los territorios de su competencia. De esta manera, lo que hasta hace poco era tenido por una expresión de racismo o xenofobia (por vincular inmigración y delincuencia) ha sido convertido por los mismos protagonistas que antes lo denunciaban en un democrático ejercicio de transparencia.
Es lo que ya ocurrió en los Estados Unidos, donde a los excesos del wokismo (cultura de la cancelación, lenguaje inclusivo, cuotas raciales o políticas extremistas de identidad) le sucedió una reacción ultraconservadora que culminó con la segunda elección presidencial de Donald Trump. La ley del péndulo siempre acaba funcionando.
También aquí Vox está ganando por goleada en eso que se llama la «guerra cultural». Sin haber llegado todavía al 20 por ciento del voto en ninguna de las elecciones celebradas hasta ahora, es el que manda en los debates más calientes que calan en la opinión pública, lo que augura que seguirá creciendo en próximas convocatorias electorales. En el Parlamento, pero también en las tertulias y, sobre todo, en las conversaciones de la calle, se habla fundamentalmente de los temas que fortalecen electoralmente a Santiago Abascal.
No está nada mal para un partido que aún no ha demostrado nada y cuya jefatura, como en los mejores tiempos del centralismo democrático de los partidos comunistas, purga a los que se atreven a discrepar con la nomenclatura. Su última víctima ha sido el duro Javier Ortega Smith, uno de los veteranos comandantes de la Sierra Maestra voxera. Sin embargo, a pesar de sus avances electorales y su creciente predicamento, Vox aún no ha resuelto una duda fundamental: cuál es su utilidad y para qué sirven sus votos, más allá de canalizar la ira y el desahogo.
Porque, al igual que el Pedro Sánchez que ganó las primarias del PSOE, Vox también milita y se esconde en el «no es no». Su espacio de confort es el bloqueo. De momento, no sabe hacer otra cosa. Se resiste a gobernar en coalición y tampoco ofrece una abstención técnica para facilitar las investiduras. Le ha sido tan útil electoralmente la estrategia de abandonar los gobiernos regionales que le cuesta asumir de nuevo responsabilidades.
Saben que, de hacerse cargo, por ejemplo, de las consejerías de Agricultura en Aragón o Extremadura, nada podrían hacer para frenar los acuerdos de Mercosur y que los agricultores que ahora se manifiestan a su lado en poco tiempo estarían enfrente. Lo mismo ocurriría con la inmigración, que difícilmente se puede combatir desde una administración regional, por mucho que se hagan aspavientos contra la acogida de menas.
Por eso, para evadir la presión, Vox trata de cuestionar la voluntad negociadora de la otra parte, ubicarla en el «bipartidismo corrupto» y, sobre todo, encarecer el precio, pidiendo lo imposible y poniendo unas condiciones tan leoninas que convierten el acuerdo en una auténtica capitulación del adversario.
Tantos años quejándonos de la extorsión nacionalista para facilitar la gobernabilidad de España, y ahora ha surgido del tronco más viril y patriótico de la raza una formación política que emplea e incluso supera los mismos métodos. Al igual que sus pares independentistas, Vox no negocia, chantajea y quiere imponer todo su programa como si fuera el partido mayoritario.
El caso extremeño es el más flagrante. Los populares, que nunca confiaron en la mayoría absoluta, sí daban por seguro que, si sumaban más escaños que toda la izquierda, tendrían garantizada al menos la abstención de Vox, al que aventajaron en 26 puntos y 18 escaños. Pero esa hipótesis cada día está más en cuestión. Ya nadie descarta que se repitan elecciones, pese a que los dos partidos suman una mayoría absoluta del 60 por ciento de los votos.
En esa estridente relación hay algo que excede lo político. Abascal le tiene muchas ganas a María Guardiola. Como en Pretty Woman, quiere que le haga mucho más la pelota, que se humille y le suplique. Aunque la animadversión ya venía de antes, ahora no le perdona que en la pasada campaña electoral la candidata popular hablase de su «tufo machista» y de los «señoros de Vox». Y en ello está la atrapada aspirante, arrastrándose, haciendo tanta penitencia que ha llegado a declarar incluso que el feminismo que ella defiende es el de Vox.
Mientras todo esto ocurre, casi todas las semanas se publican entusiastas encuestas que profetizan que en las próximas elecciones generales la izquierda será barrida por una supermayoría absoluta de PP y Vox, superior a los 200 escaños. Pero se trata de una suma aritmética, no política. Dan por hecho que Abascal hará presidente del Gobierno a Alberto Núñez Feijóo. Ignoran que, a día de hoy, el único propósito confirmado de Vox es seguir creciendo desde el bloqueo y escondido en el «no es no».