México arde, España mira a otro lado
«La cuestión no es competir con Washington, sino dejar de ser irrelevantes. España debe recuperar un papel propio, coherente con su historia y con sus intereses»

Ilustración de Alejandra Svriz.
México arde y no debería darnos igual. Tras la captura de El Mencho, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, el caos se ha apoderado una vez más de algunas de las ciudades más importantes de la otrora Nueva España. La caída de líderes criminales, los estallidos de violencia y el pulso constante entre el Estado y los cárteles no son episodios aislados ni exclusivos de la nación mexicana. Son síntomas de una enfermedad estructural que recorre buena parte de Hispanoamérica. Mientras, en España miramos estos acontecimientos como si fueran ajenos y pertenecieran a otra realidad. Pero esa distancia es, en gran medida, una ilusión. No es solo cuestión de que compartamos lengua o historia con las naciones iberoamericanas, sino de que la volatilidad permanente en la que vive el Nuevo Mundo tiene consecuencias cada vez más directas en nuestro país. Por eso, conviene que empecemos a preocuparnos más por lo que ocurre allende los mares.
La histórica inestabilidad en las naciones hispanoamericanas se remonta prácticamente a su independencia, pero sin duda las últimas décadas han supuesto un declive con consecuencias nefastas. Estados incapaces de garantizar la seguridad de sus ciudadanos, territorios donde el crimen organizado sustituye al poder público y una violencia que se ha normalizado hasta volverse cotidiana. A ello se suma un Estado de derecho frágil, erosionado por la corrupción y la falta de independencia institucional. Venezuela, como democracia que se deterioró hasta devenir dictadura, es el caso más paradigmático.
En el plano económico, amplias capas de la población viven atrapadas en sistemas improductivos, con escasas oportunidades de progreso. Y como consecuencia de todo ello, millones de personas se ven empujadas a emigrar por puro instinto de supervivencia. Durante décadas, Hispanoamérica fue el refugio de miles de españoles que huían de la miseria, de la guerra o de la represión. Hoy ese flujo se ha invertido, y es España la que recibe a quienes buscan en la madre patria mejor fortuna. Además, recientemente ese fenómeno migratorio ha adquirido una dimensión masiva. La llegada de población procedente de países iberoamericanos se ha intensificado hasta convertirse en uno de los principales motores del crecimiento demográfico en España.
Las grandes ciudades absorben buena parte de ese flujo, tensionando el acceso a la vivienda, los servicios públicos y el mercado laboral. Esto debería obligarnos a replantear la forma en que España está gestionando esta realidad desde la raíz. Porque si no se actúa sobre las causas en origen, sus efectos seguirán creciendo. Y eso exige algo más que controlar las fronteras: exige implicarse en lo que ocurre al otro lado del Atlántico.
Pero implicarse no puede seguir significando lo que ha significado hasta ahora. España dispone de un foro natural de relación con la región, las Cumbres Iberoamericanas, que en su origen tuvieron una utilidad real y una ambición política clara. Unas cumbres que comenzaron en la mexicana ciudad de Guadalajara, hoy epicentro de la violencia
narcoterrorista. Durante años, sirvieron para articular una comunidad de intereses y para situar a España como interlocutor relevante al otro lado del Atlántico. Sin embargo, con el paso del tiempo han ido perdiendo peso, ambición y contenido, hasta convertirse en citas cada vez más previsibles y menos influyentes. Hoy se han deslizado hacia una agenda irrelevante, centrada en temas secundarios de soft politics —inclusión, sostenibilidad,
educación…— mientras los verdaderos retos se olvidan cuando no se esquivan deliberadamente.
«Son otros retos como la inseguridad, la debilidad institucional y la falta de prosperidad los que afronta hoy la región»
Son otros retos como la inseguridad, la debilidad institucional y la falta de prosperidad los que afronta hoy la región. Recuperar la utilidad de estos foros pasa por volver a situar estos problemas en el centro, e incluso ir más allá. Elevar nuestro interés estratégico por Hispanoamérica exige superar la lógica de las cumbres bianuales, cada vez más descafeinadas en cuanto a la asistencia de líderes políticos, y apostar por una implicación constante, reforzando las relaciones bilaterales en ámbitos clave como la seguridad —por ejemplo, con intercambio de inteligencia frente al narcotráfico, un problema que cada día afecta más a España—, el desarrollo económico y la defensa de nuestros intereses frente a la creciente influencia de China. Lo estético y lo simbólico son importantes, pero aún más lo es diseñar una política de Estado constante, que no cambie cada ocho años, y consciente de lo que está en juego.
El vacío que ha dejado España en América lo ha llenado Estados Unidos, que aunque ya lleva más de un siglo ejerciendo como potencia predominante en la región, es recientemente cuando ha intensificado aún más su implicación. Bajo una renovada Doctrina Monroe impulsada por el nuevo mandato de Trump, Washington ha vuelto a mirar al sur con ambición estratégica, reforzando su presencia política, económica y de seguridad hasta consolidarse, de nuevo, como la cabeza de América. Su relación con la región se ha convertido en un ejercicio de influencia constante, cercano en ocasiones al tutelaje y la intervención directa, como se ha podido ver en Venezuela. Y no lo ha hecho por afinidad cultural, sino por puro interés estratégico. Lo ha hecho, en parte, porque España ha decidido no hacerlo.
La cuestión no es competir con Washington, sino dejar de ser irrelevantes. España no puede ni debe aspirar a sustituir a Estados Unidos, pero sí puede recuperar un papel propio, coherente con su historia y con sus intereses. Eso pasa, en primer lugar, por tomarse en serio la región y actuar en consecuencia, reforzando las relaciones bilaterales con los países clave en los ámbitos ya mencionados. Pasa también por revitalizar las cumbres iberoamericanas, devolviéndoles contenido y utilidad, y por incorporar Hispanoamérica a la agenda europea como un espacio prioritario, no periférico. Pero, sobre todo, pasa por reconstruir una relación inteligente con Estados Unidos, basada en la colaboración y no en la inercia o el distanciamiento estéril. España puede aportar conocimiento, vínculos y presencia sobre el terreno que complementen la acción estadounidense.
Hubo un tiempo, no hace tanto, en que supimos movernos en ese equilibrio, combinando influencia en América con una interlocución sólida en Washington. Hubo un tiempo en el que rey Juan Carlos I reunía a todos los líderes de Iberoamérica en Guadalajara, la misma ciudad en la que unos años después estudiaría su futura nuera y reina, doña Letizia, y la misma ciudad en la que hoy reina el terror. Lo que antes eran puentes de ida y vuelta ahora son meros recuerdos, o si acaso una vía de escape de una sola dirección. España ha renunciado a pensarse como una nación con una misión histórica en ese espacio. Recuperarla exigirá una verdadera visión de Estado. Porque el objetivo último no es la influencia por la influencia, sino algo más ambicioso: contribuir a la estabilidad, la prosperidad y la libertad de un espacio que sigue siendo también el nuestro.