El 23-F y los periódicos
«Siempre que llega el aniversario del golpe (o ‘la intentona golpista’) del 23 de febrero de 1981, yo celebro otro: el de mi debut como lector de prensa»

Ilustración generada mediante IA.
Siempre que llega el aniversario del golpe (o «la intentona golpista») del 23 de febrero de 1981, yo celebro otro: el de mi debut como lector de prensa. Alguna vez lo he contado, pero como la actualidad es recurrente, yo también lo soy. No quiero estar en inferioridad de condiciones con la actualidad. Al igual que mi maestro, el brasileño Nelson Rodrigues, «me repito con límpido impudor».
El 23-F me conmocionó a mis 14 años, porque hasta entonces la historia parecía avanzar por raíl riguroso. Yo era un niño espontáneamente historicista, en la acepción de Popper. Habían tenido lugar acontecimientos importantes (muerte de Franco, coronación de Juan Carlos I, aprobación de la Constitución, elecciones, debates parlamentarios…), pero todo como un trasfondo sin alteraciones de los juegos infantiles. En el despuntar de la adolescencia, de repente, la quiebra del golpe: el aprendizaje de que la historia es contingente.
Empecé a leer el periódico, quiero decir El País, aquellos días. En casa solo comprábamos el Teleprograma, signo de la prevalencia de la televisión. Por mi cuenta me había aficionado a la radio; por eso asistí, mientras estudiaba para un examen de Biología que finalmente se suspendió, a la célebre noche de los transistores, hasta que salió el Rey. Los primeros periódicos que adquirí fueron los especiales sobre el 23-F; el inaugural, un monográfico en blanco y negro del Interviú, sin desnudos. Desde entonces compré El País los domingos y los demás días lo leía en la biblioteca del barrio (frente a cuya puerta, por cierto, ETA asesinaría mucho después a Martín Carpena). También comencé a hojear la revista Cambio 16.
Me doy cuenta ahora de cuánto hubo, en mi interés, de historia del presente; o sea, de la historia que no está hecha, sino que se está haciendo. El lector de periódicos tiene la perspectiva indeterminista que le recomendaba Huizinga al historiador, quien «debe situarse constantemente en un punto del pasado en el que los factores conocidos parezcan permitir desarrollos diferentes. Si se ocupa de la batalla de Salamina, debe hacerlo como si los persas pudieran ganarla aún». Por esto es tan apasionante asomarse a la hemeroteca.
«Ahora solo leo en el ordenador o el móvil y el periódico de papel me parece una medusa enorme y seca, inmanejable»
Fueron 20 años de lectura de periódicos en papel. Hitos estupendos: cuando en el Johnny me encontré con que ponían a diario cinco o seis en cada planta y en la biblioteca de Periodismo estaban aquellas fastuosas mesas con todos, los nacionales y los locales, más los que podías recoger en las pilas de los pasillos. A amigas de Colombia y Brasil les pedía que me trajeran ejemplares de sus países. ¡Qué desayunos con el periódico, qué tardes con solecito! ¡El placer del viaje en tren con el que te daban, más algún otro que birlabas de algún asiento! ¡Y los tirados en las papeleras! ¡Y los hojeados de pie en el Vips o el OpenCor!
Mi paso a la lectura en digital tuvo una transición simpática. Durante un tiempo, si algún artículo me había gustado mucho, sentía la necesidad de mirarlo luego en papel. Pero eso se terminó, como todo lo antedicho. Ahora solo leo en el ordenador o el móvil y el periódico de papel me parece una medusa enorme y seca, inmanejable.
Dos sorpresas biográficas posteriores: el conocimiento de amigos de la burguesía que se jactan de que en sus casas jamás entró El País; y se les nota en un último reducto casposillo. Y mi decepción actual con el periódico, que pasó del exaltante «El País, con la Constitución» al deprimente (y tácito) «El País, con Sánchez». Aunque hoy podría repetir el del 23-F; total, si la Constitución es de Pumpido…