Sexados como pollos
«El desplome del feminismo entre los jóvenes no es una regresión cultural. Es la reacción lógica ante la mutación ideológica que lo ha desvirtuado»

Imagen creada por inteligencia artificial.
Ha causado una curiosa sorpresa que el feminismo se desplome entre los jóvenes, pasando del 50% en 2021 al 38% en 2025. Hoy, entre los chicos de 15 a 19 años, apenas uno de cada cuatro se declara feminista. Y casi la mitad percibe el movimiento feminista como una herramienta de manipulación política. Un término, manipulación, que seguramente para muchos de los chavales encuestados se quede corto.
Sospecho que, en realidad, en buena parte del público —por no decir la mayoría— tal sorpresa es inexistente. Lo verdaderamente sorprendente habría sido lo contrario: que la deriva hacia un feminismo politizado y claramente punitivo ganara adhesiones entre aquellos a los que clasifica, lesiona en su dignidad y reduce a categorías.
Durante décadas, el feminismo fue una causa justa porque perseguía algo deseable: la igualdad ante la ley de hombres y mujeres; es decir, que el sexo dejara de determinar el destino de una persona y que el talento, el mérito y la capacidad individual sustituyeran al prejuicio.
John Stuart Mill defendía que la subordinación legal de la mujer era incompatible con el progreso humano. No estaba solo. Harriet Taylor Mill, en The Enfranchisement of Women, reclamaba exactamente lo mismo: igualdad civil plena, sin privilegios ni restricciones derivadas del sexo. La reivindicación era clara: mismas reglas para todos. No paternalismos compensatorios. No asimetrías perpetuas. Igualdad jurídica. Punto.
Para ese feminismo, que apostaba por la dignidad individual, lo que la mujer necesitaba no era tutela, sino libertad. Sin embargo, el feminismo actual ha reemplazado esa demanda de libertad por el control político del sexo. Ha sustituido la dignidad por la protección institucionalizada de la mujer y la discriminación, también institucionalizada, del varón.
«El estudio que subraya el retroceso del feminismo incorpora datos sobre control en parejas jóvenes de forma claramente sesgada»
Ya no se trata de la igualdad ante la ley. Se trata de otra cosa muy distinta: una lucha inacabable frente a un mal estructural profundo y difuso que debe manifestarse constantemente en forma de estadísticas ad hoc. Esto es: si las cifras no corroboran ese mal estructural, se les da un empujoncito.
El propio estudio que subraya el retroceso del feminismo incorpora datos sobre control en parejas jóvenes de forma claramente sesgada. Se pregunta a las chicas si han sufrido control digital por parte de sus parejas, pero no se somete a los chicos a la misma batería de preguntas para medir conductas equivalentes. El resultado se presenta después como prueba de una asimetría estructural incuestionable. Y la estadística deja de ser ciencia social para convertirse en un instrumento de control narrativo.
Curiosamente, cuando los estudios analizan la conducta de ambos sexos con el mismo filtro, y se distingue entre percepción victimaria y percepción victimista, los comportamientos tienden a ser proporcionales; incluso, en determinadas prácticas, la prevalencia femenina resulta ligeramente superior. Esto demuestra algo muy simple: el problema del control adolescente existe, pero no responde al esquema ideológico del machismo estructural omnipresente. Es un fenómeno de inmadurez compartido, no una guerra civil de cromosomas.
La adolescencia es una etapa difícil para ambos sexos. Celos, control del móvil, arrebatos románticos y posesividad son conductas cruzadas. Reducir este fenómeno complejo a una estructura de opresión masculina es manipular la realidad. Y los jóvenes, que no son tontos, lo perciben.
«Cuanto más desarrollada e igualitaria es una sociedad, más visibles se vuelven las diferencias espontáneas entre sexos»
Como digo, el feminismo clásico perseguía la igualdad a través de la libertad. El problema es que la libertad no produce la uniformidad que buena parte de la izquierda desea, más bien produce lo contrario. En los países con mayor igualdad legislativa y económica, como Noruega, Suecia o Finlandia, las diferencias promedio en elección de estudios y profesiones no desaparecen; se acentúan. Es la llamada «paradoja nórdica».
Cuanto más desarrollada e igualitaria es una sociedad, más visibles se vuelven las diferencias espontáneas entre sexos. Esto no significa que sigan existiendo discriminaciones; simplemente demuestra que la igualdad de oportunidades no equivale a igualdad de resultados.
El feminismo de antes podía aceptar esa tensión porque su meta era la libertad. Las feministas confiaban en sí mismas. No temían a sus equivalentes masculinos, sino a las leyes injustas. El feminismo actual, en cambio, no aspira a la igualdad ante la ley, sino a una igualdad de resultados que choca frontalmente con la libertad. Por eso necesita que cualquier diferencia estadística sea interpretada como prueba de machismo estructural. De lo contrario, su ingeniería moral se desmorona.
Precisamente, es ese miedo al desmoronamiento lo que eleva a categoría de pánico moral el rechazo al feminismo politizado. Sin embargo, no hay motivo para la alarma. Los jóvenes no han emprendido el camino de vuelta al machismo. Simplemente rechazan el feminismo que hoy emana de las instituciones porque ya no aspira a borrar la distinción sexual, sino que pretende consolidarla. No trata a la mujer como individuo capaz de competir en igualdad: la degrada sumiéndola en un colectivo necesitado de protección especial. No juzga al varón por su conducta individual, sino por su pertenencia. Ya no somos individuos responsables ante la ley común, sino categorías administradas.
Los que tenemos más edad hemos vivido esta transformación gradualmente. Hemos visto cómo el feminismo clásico mutaba paso a paso. Los jóvenes, en cambio, han nacido dentro del sistema ya cristalizado. Para ellos no existe el recuerdo de la desigualdad legal del pasado; solo la experiencia presente de una discriminación permanente y expansiva por razón de sexo.
Los jóvenes se revuelven porque tienen razones para ello. No porque rechacen la igualdad. El consenso sobre igualdad de derechos es abrumador entre la juventud. Se rebelan porque ven la contradicción: se les habla de emancipación mientras se los clasifica; se les habla de dignidad mientras se los culpa de forma preventiva; se les habla de empoderamiento mientras se los esclaviza a un colectivo.
En definitiva, el desplome del feminismo no es una regresión cultural. Es la reacción lógica ante la mutación ideológica que lo ha desvirtuado. Cuando un movimiento que nació para borrar diferencias acaba institucionalizándolas; cuando la dignidad individual es sustituida por la identidad colectiva; y cuando la igualdad deja de ser la regla común y se convierte en la administración arbitraria de asimetrías, la reacción no tiene nada de enigmático. Es perfectamente lógica. Y, en el fondo, moralmente coherente.
Así que no, lo que estamos viendo no es el fracaso de la igualdad, sino el agotamiento de una versión politizada del feminismo que, con la excusa de proteger, ha terminado por alienarnos y sexarnos como a pollos.