La catarsis de Torrente
«Hay en el personaje de Torrente una grotesca sed de poder, propia de personajes de la farsa, como podrían ser el Ricardo III de Shakespeare o el Barrabás de Marlowe»

Ilustración generada con IA.
La última película de la saga «torrentil» ha resultado ser un acontecimiento mayor que otras entregas anteriores. Sin pase de prensa, sin apenas publicidad, la recaudación ha resultado espectacular. La crítica, no obstante, ha sentenciado implacable. Javier Ocaña en la SER ha llegado a decir que «la película es malísima […] no me reí ni una sola vez». «Todo son diálogos y chistes de cuñados», concluyó. Durante años se ha hablado de los cuñados como los patanes machistas de derechas que tienen respuestas para todo. Como respuesta han surgido las charos, señoras de izquierdas que odian a los hombres y defienden a sus líderes como sea (a pesar de las evidencias). Como toda sátira, ambos conceptos tienen algo de verdad y no deberíamos ofendernos tanto. Con Ocaña solo coincido en que la participación de los famosetes que hacen cameos es un desastre. Sin embargo, no deja de sorprenderme la inquina y el desprecio con el que tantos críticos hablan de Santiago Segura. No es el caso de Carlos Boyero, que en La Ventana ha dicho lo siguiente: «Me he reído, a veces a carcajadas, y esa es de las sensaciones que más agradezco que me den, no ya en el cine, que también, sino en la vida. Se me pasó muy rápido y en algunos momentos con auténticas carcajadas».
Una de las cosas que valora Boyero es que Segura se mofa de todo el espectro ideológico, lo que me parece muy sano y necesario. El puritanismo fanático que antes parecía ser únicamente de derechas está ahora en la esencia de la izquierda populista y woke. Cualquier sátira de las verdades absolutas es una herejía. Decir que el sexo es biológico te convierte automáticamente en tránsfobo, como antes cuestionar el integrismo religioso te convertía en hereje. José Antonio Montano ha explicado en THE OBJECTIVE que Torrente no ha cambiado, pero que sus chistes «ahora tienen un efecto catártico que antes, aunque fueran igual de divertidos, no tenían». En efecto, después de dos décadas de los desmanes del wokismo, el «pendulazo» ha llegado (y empieza a tener consecuencias inquietantes, como el auge de los partidos de ultraderecha en todo el mundo). Eso también lo refleja Torrente Presidente.
El humor es un mecanismo para soportar lo real. Es agresivo y cruel. Y no siempre podemos asumirlo. Como explicaba Amos Oz en Contra el fanatismo: «Jamás he conocido a un fanático con sentido del humor». Para Karl Mannheim, toda ideología tiene su origen en una utopía. Afortunadamente, los grandes relatos han caído. Solo quedan fragmentos. Es en ese contexto —en el que se relativizan las categorías absolutas— donde es posible relajarse y dejar que el humor nos sorprenda. Sin embargo, si pensamos que todo lo personal es político, entonces no quedarán rendijas de la vida privada donde podamos reírnos de todo. También de nosotros mismos.
Es probable que las películas de Torrente no tengan una calidad cinematográfica excelsa, pero el personaje está muy bien construido. Diría que en cierto modo es una sátira sobre un miserable que abusa de su poder. Nos recuerda inevitablemente al Padre Ubú, al que Alfred Jarry dedicó varias obras de teatro: Ubú Rey, Ubú encadenado, Ubú cornudo o Ubú en la colina. Jarry decía que el personaje de Ubú era una parodia de su profesor de física Félix Frédéric Hébert, que representaba todo lo grotesco de este mundo.
Literariamente, lo grotesco es aquello que se caracteriza por la presencia de elementos extravagantes, bufonescos y caricaturescos. Hay en el personaje de Torrente una grotesca sed de poder, propia de personajes de la farsa, como podrían ser el Ricardo III de Shakespeare, el Barrabás de Marlowe o el Arturo Ui de Brecht. También hay en algunos momentos concretos algo de Falstaff. Antes de la batalla de Shrewsbury, el obeso y putero Falstaff reflexiona sobre el honor: «¿Puede el honor arreglarme una pierna? No. ¿O un brazo? No. ¿O aliviarme el dolor de una herida? No. Entonces, el honor no tiene dotes de cirujano. ¿Qué es el honor? Una palabra. ¿Qué hay en esa palabra, ‘honor’? ¿Qué es el honor? Aire». José Luis Torrente tampoco tiene honor (aunque diga lo contrario) y renegaría de sus propios ideales y vendería a su propia madre por dinero y poder. Pero mucho me temo que, una vez logrado ese objetivo, no tardaría en arruinarse y volver a empezar de cero. Así comenzaba Torrente 2: misión en Marbella.