A mayor gloria de Adolfo Aristarain
«La novela de Íñigo Coppel muestra con absoluta fidelidad la cobardía moral y la complicidad de una parte de la sociedad vasca con el terrorismo de ETA»

Ilustración generada mediante IA.
Procuro vivir al margen de la actualidad. Sin embargo, al entrar en las redes sociales, lo real irrumpe de nuevo: un matrimonio ha comprado un muñeco de plástico y quiere llevarlo a la guardería. El muñeco se llama batmancito y es de silicona. Descubro que en Estados Unidos la última moda entre las celebridades es ponerse grasa de cadáver para esculpir su figura. Por otro lado, leo asombrado los despropósitos sobre prioridades nacionales (y plurinacionales) y soy incapaz de aportar nada nuevo al debate. Para colmo, aparece un nuevo virus, pero esta vez Koldo y Ábalos no pueden conseguirnos las mascarillas.
Entre todas estas noticias de estas últimas semanas hay una que me ha dolido. La muerte del cineasta bonaerense Adolfo Aristarain el pasado mes de abril me ha hecho recordar algunas de sus películas. Tiempo de revancha es quizá la mejor, la más perfecta, pero sin duda hay otras muy logradas. La sombra de la dictadura de Jorge Videla estuvo muy presente en su obra, pero lo que más me interesa es su mirada sobre la adolescencia. Un lugar en el mundo y Martín (Hache) tienen como protagonistas a adolescentes que están descubriendo el mundo. Son historias sobre chavales que deben encontrar un sentido a su vida y tomar las riendas de su destino. En ambas, el gran Federico Luppi encarna la figura paterna que guía al muchacho. Con apenas nueve años, al morir su padre, Aristarain tuvo que empezar a trabajar como becario. El trabajo infantil se muestra precisamente en películas como Un lugar en el mundo, donde los niños intuyen muy pronto la crudeza del mundo.
El cine de Aristarain buscaba un impacto ético y no reparaba en denunciar la desigualdad económica, la codicia y la brutalidad. En algunas entrevistas, Aristarain —a diferencia de Bergman— reconocía divertirse durante los rodajes. Me parece admirable, pues un rodaje es un lugar en el que tienes que estar resolviendo problemas constantemente mientras evitas perder la cabeza. «Me divierto como un loco» —aseguraba—. Pienso en películas como La parte del león y deduzco que lo único bueno de tener tan pocos medios para rodar es que tienes mayor libertad creativa. Nadie puede imponerte nada.
Conviene recordar que Kathy Saavedra fue coguionista de algunas de sus películas, como Martín (Hache). En este film el personaje interpretado por Luppi pronunciaba esas palabras inolvidables: «El que se siente patriota, el que se siente que pertenece a un país, es un tarado mental. La patria es un invento». En efecto, nunca he entendido a los que se sienten orgullosos de su origen. Tampoco a los que se avergüenzan. Nadie es responsable de lo que hicieron sus ancestros. Precisamente el escepticismo sobre las patrias y el amor por la belleza están muy presentes en la primera novela del músico y cantante Íñigo Coppel (Bilbao, 1977).
A mayor gloria de nadie. Así se titula la divertida novela de Coppel. Si no la han leído, ya están tardando. El autor se inspira en su propia adolescencia en Vizcaya, a mediados de los noventa. El protagonista, Alán —un trasunto del propio Coppel—, es un melómano irremediable. Admirador de Elvis, Brel, Brassens, Dylan, McCartney, Violeta Parra, los Burning, Billie Holiday o Carlos Gardel (de quien asegura ser descendiente), Alán sobrevive en un internado junto a unos compañeros salvajes, a cargo de «curas fascistas» que permiten el acoso escolar. De nuevo estamos ante la mirada de un joven que debe comprender que el mal existe y que hay que afrontarlo con dignidad.
«Coppel ha escrito su primera novela recordando un lugar que ya no existe, pero que sigue muy presente. Un lugar donde se homenajea a los asesinos»
Del mismo modo que es vital para un joven encontrar un profesor que crea en él —como Monsieur Germain, el profesor de Albert Camus—, también es importante que los chavales descubran relatos sobre adolescentes que buscan su lugar en el mundo, como en algunas novelas de Antonio Skármeta. En las páginas de Coppel aparecen punkis, rockers, heavys y abertzales. Todos están muy perdidos. La autoestima, el descubrimiento de la sexualidad y el afán de superación son algunos de los temas que aparecen en A mayor gloria de nadie. Alán y su inseparable amigo el Rata salen del internado todos los fines de semana. Les une la pasión por la música. Alán, además, es un fan absoluto del cine de Woody Allen (a quien ya entonces las malas lenguas ponían a parir, como se ve en un capítulo de la novela).
- ¿Te gusta Woody Allen? —pregunta Catalina.
- Es el padre que siempre tuve —respondo— ¿A ti te gusta?
La novela de Coppel también muestra con absoluta fidelidad la cobardía moral y la complicidad de una parte de la sociedad vasca con el terrorismo ultranacionalista de ETA. Los brindis en los bares, las risas, la justificación de los crímenes que hacían los miembros de la Iglesia. En uno de los capítulos el autor relata el asesinato de un personaje inspirado en José Luis López de Lacalle, a quien ya dedicó una canción titulada: ¿Estáis seguros de que era un fascista? En una reciente entrevista en Jot Down, Coppel se expresaba en estos términos: «Algunos presentan a Otegi como un hombre de paz. Pero yo lo recuerdo brindando con champán cuando alguien era asesinado. Esa es la realidad que viví, y eso es lo que quería dejar claro en el libro».
Estoy convencido de que a Aristarain le hubiera gustado la novela de Coppel y que hubiera hecho con ella una gran película. Al comienzo de Un lugar en el mundo, el protagonista, que se ha hecho un hombre, acude al lugar donde vivió su adolescencia junto a sus padres y afirma que siente «volver a un lugar que ya no existe». Supongo que Coppel ha escrito su primera novela recordando un lugar que ya no existe, pero que sigue muy presente. Un lugar donde se homenajea a los asesinos. Un lugar donde los guardianes de la pureza identitaria pasean con total desparpajo. Un lugar en el que, en las fiestas de los pueblos y de las ciudades, las víctimas se encuentran con las fotos de los asesinos de sus familiares. Un lugar en el que los asesinos se han puesto corbata, pero siguen odiando. A mayor gloria de nadie.