The Objective
Fernando Savater

Tal día como hoy

«Puede que Juan Carlos se haya portado como hombre de manera menos digna, pero cuando hubo que hacer de rey ante el peligro, desempeñó el papel estupendamente»

Opinión
Tal día como hoy

Imagen generada con IA.

Hace 45 años, el 23 de febrero, yo tenía 33, la edad de Cristo. Pasaron bastantes cosas en aquella jornada, cuyos entresijos dicen que se van revelando hoy. Aparte de otras emociones y estremecimientos, mejores o peores (de joven es uno especialmente impresionable, por eso la vida resulta más interesante), ese día aprendí una cosa muy importante, más que todas las que puedan revelar papeles secretos que aburren a cualquiera. Esa tarde estaba solo en casa, leyendo como siempre, sin radio ni televisión que me distrajera de mí mismo (pasaba una racha bastante talibán). Sonó el teléfono y escuché una voz femenina llorosa, entrecortada, ininteligible. Vivía entonces separado de mi mujer, que cuidaba al hijo de ambos, por entonces de seis o siete años. Naturalmente, yo me sentía culpable de la situación y aún peor: lo era. De modo que de inmediato aquellos sollozos confusos me sumieron en el pavor.

Al otro lado de la línea debía estar mi mujer, tratando de comunicarme que al niño le había ocurrido una desgracia espantosa, justo castigo de mis pecados: me lo había matado un camión, se había caído jugando del balcón abajo, cosas de esas… Instantáneamente, mi existencia perdió cualquier atractivo y se convirtió en un túnel de los horrores imposible de soportar. Empecé a barajar mentalmente un repertorio truculento de métodos para quitarme de en medio, mientras con fingida entereza trataba de calmar a mi interlocutora: «Vamos, mujer, cálmate, ¿qué ha pasado?, tranquila…». Entonces, de repente, llegó el alivio. La que me hablaba no era mi exmujer, sino una íntima amiga con derecho a intensos roces, y su congoja no provenía de nada que le hubiera ocurrido al niño, sino de la irrupción melodramática de Tejero en el Congreso. «¡Quieto todo el mundo!». Se me escapó el alma en un suspiro tan tremendo y feliz como la angustia que había sentido momentos antes. Hasta solté una absurda pero sincera carcajada. «Mujer, menudo susto me has dado. Creí que le había pasado algo a mi niño. ¡Un golpe de Estado! Pues bueno, ya se arreglará…». Y en efecto, se arregló. Pero además yo aprendí el tamaño relativo que tienen en mi alma lo público y lo privado. 

No parece que se hayan descubierto secretos de gran alcance en estos archivos del 23-F que ahora se hacen públicos. Se ve que de este asunto estábamos ya al cabo de la calle, aunque aquí el cabo fuese teniente coronel. Sin duda, lo más destacado, porque es sobre lo que las fabulaciones se habían despachado con más furor, es el papel del rey Juan Carlos en aquella jornada que pudo ser muy funesta y se quedó solo en de pronóstico reservado. En efecto, el Rey sale de estos «secretos» desvelados mejor de lo que entró y es cosa que alegra o debe alegrar a cualquier persona sensata. Porque puede que Juan Carlos, Borbón a fin de cuentas, algo hubiese enredado con unos y con otros en los estados previos del semigolpe. Pero una vez que tuvo enfrente la auténtica bestia devoradora dispuesta a tragarse la democracia, actuó con la debida contundencia y la rectitud que su cargo exigía. Se portó con toda majestad y ninguno de los secretos o cotillerías ahora revelados lo pone en entredicho.

Los que estuvimos ante la televisión esa noche de cuerpo presente y con más miedo que simple aprensión, sabemos por experiencia propia lo que sentimos cuando vimos aparecer al Gran Capitán vestido como manda el oficio (¡qué agradecido es tener porte de rey cuando se es rey y no parecer un bedel… ni sobre todo un rufián!) y diciendo cosas inequívocas. Los que oímos en directo aquel discurso (como aquel otro de su hijo Felipe en 2017) no necesitamos preguntar lo que había en la trastienda, porque lo importante es lo que salió a la luz y no lo que palpitó en las sombras. Puede que Juan Carlos se haya portado como hombre de manera menos digna de lo debido ante unas faldas o una chequera, pero cuando hubo que hacer de rey ante el peligro, desempeñó el papel estupendamente. A mí desde luego no se me olvida ni se me olvidará y me gustaría tenerlo en España como es debido para recordarlo mejor. «Insegura está la cabeza que ciñe una corona…», dijo Shakespeare, pero lo importante es que en el momento debido la cabeza no tiemble.

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