Lo actual y lo eterno
«Amor mío, he vuelto a acordarme de ti esta mañana, al asomarme a la Concha. Ayer se cumplieron 11 años. Y no, no es verdad que el tiempo lo cure todo»

Ilustración generada mediante IA.
Amor mío, he vuelto a acordarme de ti esta mañana, al asomarme a la Concha. Después de varios días de lluvia cerrada, nada de manso sirimiri, por fin una mañana fresca y soleada, como un aperitivo de la cercana primavera. En la arena se alineaban 10 o 12 tablas de surf como a punto de emprender una competición, mientras otras ya evolucionaban cerca de la orilla. En la arena los surfistas, cada uno sobre su tabla en dique seco, hacían flexiones y giros de torso preparándose para su próxima entrada en el mar. Debían ser novatos porque se les notaba el nerviosismo de la iniciación.
Qué envidia me daban sus ejercicios de precalentamiento y esos cuerpos finos, adolescentes, entre los cuales, desde donde yo los miraba, era difícil distinguir a los chicos de las chicas. ¡Gloria bendita! Las olas que les esperaban eran medianas, dos o quizá tres metros, tamaño respetable para nuestra sosegada playa, que desde luego no es la Zurriola, ni Zarautz, ni mucho menos Nazaré. ¡Qué placer deslizarse por el hueco de una ola grande como a través de una cueva de espuma que no acaba de cerrarse sobre nosotros! Decidido, tomo nota para la próxima vida: ser surfista. Aunque tendré sin duda que cambiar mucho mi régimen de vida…
A ti, en cambio, no recuerdo haberte visto hacer surf, aunque seguro que se te daba o se te hubiera dado bien. Tenías el cuerpo polivalente de la verdadera deportista, fuerte y dúctil, musculoso y adornado con preciosas redondeces. Inconfundiblemente femenino, pero capaz de humillar a cualquier osado varón que te desafiara en la liza.
Te recordé, como siempre, incesantemente, porque la otra noche fue la gala de los Oscar. A mí no se me ocurrió verla, claro (cuando vaya al infierno, allí me torturarán con una fiesta de los Óscar inacabable o, aún peor, de los Goya), pero tú la viste varias veces, no me lo vayas a negar. ¡Qué pasión tuviste por el cine! Yo también soy muy aficionado, pero sinceramente creo que ese arte dudoso no se merece tanto.
Para mí, desde luego, el placer se diluyó en gran parte desde que no puedo ver las películas contigo. A mí lo que me gustaba no era tanto ver cine, sino verte a ti viendo cine. Y oír tus comentarios, no los pedantes de una experta —que lo eras—, sino los apasionados o irónicos de una amante. Ahora, en la ya irremediable soledad de cada noche, lanzo preguntas al aire para que me expliques cosas que no entiendo o hago comentarios tontos para que te rías… si me escuchas.
«Este año la película más nominada a los premios es una de las nuestras, ¡de vampiros!»
Este año, la película más nominada a los premios (16 nominaciones, la más señalada de la historia) es una de las nuestras, ¡de vampiros! Creo que te hubiera gustado, porque es potente, con algunas contundentes sorpresas… y llena de negros, estupendos actores. Uno de ellos, que hacía el papel doble de dos hermanos gemelos, se ha llevado merecidamente el Oscar al mejor protagonista. A ti te gustaban los negros, no te atrevas a disimular: cuando estuvimos en Los Ángeles, cada vez que nos cruzábamos con un imponente afroamericano de los que allí tanto abundan, me decías: «¡Vaya con las razas inferiores!».
Pero también hubo otra peli que te hubiera encantado ver: el Frankenstein de Guillermo del Toro, que arrampló con tres estatuillas aunque menores (maquillaje, vestuario, cosas así). Guillermo y tú compartís, además de dos casas-museos del cine fantástico (la de él de rico, la tuya de artista), la veneración por la desdichada Criatura de Mary W. Shelley, la más desolada que ha producido la imaginación: «Soy malo porque soy desgraciado». En esta última versión del mito, lo interpreta un chico australiano de estirpe vasca, Jacob Elordi. Lo hace bien, desde luego, aunque no te haría olvidar a tu Boris Karloff, cuyas mil imágenes pueblan la casa donde vivo, la que tú me dejaste. La criatura de Frankenstein, versión Karloff, fue como de nuestra familia.
Cuando inauguraron la Casa del Terror en el parque de atracciones de Madrid y fuimos a verla, uno de los «sustos» en un pasaje especialmente oscuro del modesto chiringuito era la súbita aparición del célebre monstruo, caminando a tropezones y tendiendo las manazas para atrapar a alguien. Aunque fuese entre risas nerviosas, la gente retrocedía prudentemente, pero tú corriste hacia la Criatura como si fuese un antiguo compañero del colegio: «¡Frankie, es Frankie!». Esta vez el sobresalto se lo llevó el monstruo…
No puedo seguir, no sé cómo he llegado hasta aquí. Ayer se cumplieron 11 años. Y no, no es verdad que el tiempo lo cure todo.