¿Qué izquierda?
«En su enésimo intento de reagrupar ese espacio político en torno a una opción, vuelve a faltar la autocrítica»

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Ellos también son víctimas, sí. Pero de su soberbia. La condición de víctima es, por lo demás, consustancial al proyecto político que defienden desde hace una década: una suma de agravios de distintas minorías que se consideran víctimas del sistema. Sin una visión compartida de país y alejada de los problemas más apremiantes de los ciudadanos, la izquierda a la izquierda del PSOE hace hoy aguas. En su enésimo intento de reagrupar ese espacio político en torno a una opción, vuelve a faltar la autocrítica. Su discurso se reduce a escandalizarse por el auge de Vox, al que en buena medida ellos mismos han contribuido, sin examinar las causas de su propio fracaso.
El síntoma más evidente de esa deriva es la candidatura de Gabriel Rufián, hoy por hoy fallida. Que un separatista, partidario de la financiación singular de Cataluña —llamada a empobrecer los territorios con menor renta del resto de España— aspire a liderar ese movimiento en todo el país revela la gran empanada mental de esa ultraizquierda. Y que los partidos que la integran estén dispuestos a aceptar la quiebra de la solidaridad interterritorial consagrada en la Constitución, como ha exigido ERC al Gobierno para mantener su apoyo, debería encender todas las alarmas. De lo contrario, corren el riesgo de acabar como el PSOE: fuerte en Cataluña y cada vez más irrelevante en el resto del país.
¿Qué les hace pensar que sus votantes de Asturias, de Valencia, dos de las comunidades autónomas peor financiadas del sistema, o que los de Extremadura, Andalucía o de Castilla-La Mancha, las de menor renta, vayan a aceptar ese agravio comparativo? ¿Saben que sus planes para convertir España en una república plurinacional tendrán un impacto negativo en los territorios más dependientes de las transferencias fiscales de las regiones más ricas?
Convertidos en la casta que prometían expulsar, se permiten llamar «fachopobres» a los votantes de barrios obreros que hoy apoyan a Vox. En lugar de entender las razones de ese voto a la extrema derecha, prefieren descalificarlos. Y cuando alguno de sus representantes —como Emilio Delgado, de Más Madrid— se atreve a señalar problemas reales de esos barrios, como la inseguridad, es acusado de traidor por asumir el marco ideológico de la derecha. Nada nuevo, por lo demás, en su tendencia a desacreditar a quien discrepa.
Los fachopobres se suman a los agricultores, que también son fachas por protestar contra el Gobierno y votar mayoritariamente a Vox. «¡El campo es facha!», han dicho una y otra vez. También son fachas los empresarios, los autónomos, los jueces independientes, los periodistas de los medios críticos y, últimamente, también los médicos que se manifiestan contra el nuevo estatuto marco impulsado por el Ministerio de Sanidad que dirige Mónica García de Más Madrid. Salvando a los pensionistas y a los funcionarios, cuyo apoyo han cultivado con unas subidas de sus rentas superiores al resto de la población, la extrema izquierda reduce cada vez más su potencial base electoral.
Son los mismos que demonizan a los jóvenes votantes de la extrema derecha, ignorando que son culpables de que estos encuentren en el partido de Abascal un medio para sacudir al sistema que les ha fallado estrepitosamente. Sin trabajo o con un sueldo misérrimo y sin posibilidad de acceder a una vivienda, su margen para desarrollar un proyecto de vida es escaso. Su rebeldía la rentabiliza hoy Vox. Al igual que ocurrió en Estados Unidos con la llegada de Donald Trump al poder, son los políticos incorrectos que fomentan las pulsiones más sectarias los que canalizan ese voto de descontento, como hizo Podemos tras el 15-M. Pero en vez de asaltar los cielos, la ultraizquierda hoy sobrevive prendida con alfileres para evitar su desaparición. Desatendieron los problemas reales de la gente para erigirse en los guardianes de la corrección política. ¿Qué joven rebelde puede sentirse atraído por esa opción? ¿El hombre joven heterosexual retratado como un violador en potencia? Que se lo hagan mirar.
Es la misma izquierda que ha centrado la agenda feminista en la narrativa heteropatriarcal que demoniza al hombre, mientras descuidaba la reducción de la brecha salarial a través de la mejora de la conciliación laboral y familiar, una de las razones fundamentales del origen de la desigualdad entre hombres y mujeres. Han preferido convertir a la mujer en sujeto pasivo, víctima en potencia solo por su condición femenina. La fallida ley de solo sí es sí, que ha permitido la rebaja de más de 1.000 penas y más de 100 excarcelaciones, ha servido para dejar desprotegidas a las mujeres que sufren violencia de género. Y la polémica ley trans, aprobada pero duramente criticada por un amplio sector de sus colegas socialistas, se considera un retroceso en muchos de los derechos de igualdad conquistados. Por no hablar de su doble rasero a la hora de combatir los casos de abusos sexuales en sus propias filas frente a los que se producen en las del adversario político.
El máximo despropósito ha sido oponerse a la prohibición del uso del burka en espacios públicos. Ese trozo de tela, que representa la opresión de la mujer que debe ocultarse para evitar ser una tentación para el hombre, es para esa izquierda un derecho amparado por la Constitución por ser una manifestación de su libertad religiosa. «¿Qué votante sensato de izquierdas puede estar de acuerdo con semejante aberración?», como dijo Rufián en el acto de presentación de su candidatura como el líder unificador de todas las ultraizquierdas. No importa si unas horas antes, en el Congreso, había votado en contra de prohibir su uso. ¡Bueno, oiga, es que era una propuesta de Vox! Mis principios de izquierda (y los derechos de las mujeres) son secundarios…
¿Y cómo es de democrática una izquierda que excluye al adversario político de la alternancia en el poder? No hay una deriva autoritaria mayor. Todo abuso del poder está justificado para evitar un Gobierno nacional de derechas. Hacen la vista gorda a la extendida corrupción del PSOE de Sánchez y aplauden y alientan el asalto a las instituciones independientes (Tribunal Constitucional, Consejo de Estado, Fiscalía General del Estado, CIS, SEPI, CNMC, RTVE…) pagadas con el dinero de todos los contribuyentes y que deben ejercer de contrapoder. Todo vale con tal de pararle los pies a la derecha y extrema derecha. Bueno, salvo que se trate de mis socios parlamentarios muy de derechas también, Junts y PNV, cuyo apoyo me sirve para perpetuarme en el poder.
«Todo lo que no me es afín es sospechoso de ser un bulo o fruto de la máquina del fango y hay que censurarlo»
¿Qué tal convive un votante de izquierdas con la idea de que el Gobierno patrimonialice la libertad de expresión y de prensa como defienden el PSOE y sus socios? Que quiera controlar lo que se publica en las redes sociales. Todo lo que no me es afín es sospechoso de ser un bulo o fruto de la máquina del fango y hay que censurarlo. ¿Será que desconfían de que el lector o el usuario de las RRSS tenga criterio propio? ¿O qué creen, que la gente necesita una policía de las ideas para que piense como mejor le conviene al poder?
¿Cómo aceptar el doble rasero de esas izquierdas populistas con los derechos humanos? ¿O acaso su defensa tiene ideología? Una izquierda que se moviliza masivamente contra la barbaridad cometida por Israel en Gaza, pero apenas se pronuncia cuando el Irán de los ayatolás asesina a miles de jóvenes indefensos en las protestas pacíficas contra la brutalidad de ese régimen opresor. Que se escandaliza con la intervención de EEUU en Venezuela para extraer al dictador criminal de Nicolás Maduro, pero que no es capaz de pronunciarse contra el robo de las últimas elecciones generales en ese país ni contra la brutalidad de su régimen.
Su antiamericanismo les ciega tanto que casi celebran la deriva iliberal de los Estados Unidos de Trump para echarse en los brazos de China. Una dictadura con un lamentable historial en derechos humanos y la mayor población de presos políticos del mundo. ¿Será que no pueden ocultar su fascinación por la pulsión totalitaria? Forman parte de esa nueva Internacional Iliberal que se extiende por el mundo, con unas alianzas insospechadas y no necesariamente sólidas, pero unidas contra las democracias liberales. Una Internacional a la que pertenecen también sus enemigos de extrema derecha en Europa. Lo demuestran a menudo votando juntos en el Parlamento Europeo.
Y aún se preguntan por la desafección de sus votantes. ¿De verdad?