The Objective
Francisco Sierra

Lo de Vox ya lo vimos antes

«El problema surge, para la propia Vox, cuando esa aspiración de su líder se convierte en un objetivo superior a todo lo demás»

Opinión
Lo de Vox ya lo vimos antes

Imagen generada con IA.

Abascal aspira y quiere que Vox supere en las urnas al PP. Es algo legítimo y respetable. Nadie puede criticar que un político aspire a que su partido crezca electoralmente por encima de otros. El problema surge, para la propia Vox, cuando esa aspiración de su líder se convierte en un objetivo superior a todo lo demás. Pareciera que para Abascal lo más importante en las negociaciones autonómicas sea menospreciar y si puede incluso humillar al Partido Popular. Así venía ocurriendo en los contactos de las últimas semanas en Extremadura y así ha ocurrido también con esas declaraciones duras de Abascal calificando de «ofensa» y «error» el documento marco lanzado por el propio Alberto Núñez Feijóo, para sentar las bases de las negociaciones en Extremadura, Aragón y todos aquellos territorios donde puedan darse futuros pactos entre ambas formaciones. Conocían en Vox el documento del PP antes de hacerlo público. Le dio igual las importantes concesiones del programa a Vox, Abascal quería marcar terreno, y lo hizo con prepotencia y con un falso victimismo.

Cree Abascal que los buenos resultados de Vox en las dos últimas citas electorales autonómicas y las que se repiten sondeo tras sondeo a nivel nacional le permiten dibujar nuevos escenarios y ambiciones. Está convencido de que puede exigir lo que quiera al PP. Y no quiere que nadie en Vox lo cuestione. Una deriva cesarista dirigida con mano de hierro y orden de silencio cerrado para todos los cargos del partido. Sin miramientos, aunque algunos hayan sido compañeros de aventura desde los inicios. Nunca fue Vox un ejemplo de democracia interna o de libertad de opinión o duda, ahora está claro que es muy difícil que lo pueda ser nunca.

Purga es la definición más exacta del proceso abierto por Abascal, y su núcleo duro, contra el que disienta en algo, en lo que sea. Así se suceden los acosos a gente hasta ahora muy cercana. En el ayuntamiento de Madrid para que deje la portavocía del grupo municipal Javier Ortega Smith, uno de los fundadores del partido, exsecretario general y exvicepresidente. En Murcia contra José Ángel Antelo, al que han presionado, también sin éxito.

Con portazo se fue hace unos años la que fuera portavoz en el Congreso y luego candidata en Andalucía, Macarena Olona. Con acusaciones de machismo a su destitución lo hizo Rocío Monasterio, la exlíder de Vox en la Comunidad de Madrid. Aseguró que fue obligada a salir del partido por ser la esposa de uno de los fundadores, Iván Espinosa de los Monteros, que meses antes alegó motivos personales en una salida que todos en Vox sabían que venía provocado por su desplazamiento del núcleo duro de Abascal.

Esto que vive Vox no es nuevo, lo hemos visto ya antes. Ha pasado más de una década desde la aparición de aquellos nuevos partidos que venían a romper con un bipartidismo que mostraba claros signos de cansancio. Podemos, Ciudadanos y Vox se presentaron como alternativas a los dos grandes partidos. Tanto Podemos como Vox planteaban posiciones más extremas, mientras que Ciudadanos se presentaba como la solución central que evitaría a los dos grandes seguir dependiendo de partidos nacionalistas e independentistas para formar mayorías. Y lo hicieron. Fueron capaces de ser socios a la vez de los socialistas en Andalucía y de los populares en la Comunidad de Madrid.

Eran aire nuevo, gente joven, y giraban en torno a liderazgos muy personalistas rodeados de equipos pequeños y compactos muy leales y una militancia nueva entusiasta y también algo ingenua. Pablo Iglesias con Podemos o Albert Rivera con Ciudadanos consiguieron en poco tiempo un crecimiento electoral tan grande que se convirtieron en árbitros fundamentales del tablero político. Los dos crecieron electoralmente tanto que sus líderes, más que asaltar el mundo, pensaron que ellos ya eran el mundo. Iglesias soñó con un sorpasso al PSOE que nunca obtuvo, aunque casi lo roza. Lo que sí logró fue en ser clave para entrar en un gobierno de coalición. Luego ya es historia: Iglesias huyó de la vicepresidencia para ser apaleado por Isabel Ayuso en las autonómicas de Madrid y ha acabado dirigiendo en la sombra el partido desde su retiro hostelero y su canal televisivo en Movistar.

Rivera pasó del intento fallido de su pacto de gobierno con Sánchez a soñar, como lo definió Manuel Valls, con «ser el Napoleón de toda la derecha», incluida el PP. Una deriva acompañada de bandazos sin sentido que le llevaron al hundimiento electoral y finalmente a la dimisión. En ambos casos hubo un proceso cesarista en donde sus equipos más cercanos se fueron disgregando por divergencias que finalizaban en la salida del partido o incluso el abandono de la política.

«Tanto Podemos como Vox planteaban posiciones más extremas, mientras que Ciudadanos se presentaba como la solución central»

Podemos apenas sobrevive ahora con un puñado de diputados mientras sigue en su lucha cainita de unificación por aplastamiento con el resto de pequeños grupúsculos de la izquierda de la izquierda, es decir, de la extrema izquierda. Peor le fue a Ciudadanos que, en palabras de Groucho Marx, «surgiendo de la nada alcanzaron las más altas cotas de la miseria» hasta llegar a la desaparición.

Mientras tanto, Vox, el representante de la extrema derecha, tuvo un crecimiento más lento que el que tuvieron Podemos y Ciudadanos, pero más sostenido. El proyecto de Vox también giraba en torno a un líder personalista y también Abascal aparecía siempre rodeado de un pequeño equipo compacto de leales entusiastas con distintos perfiles que le complementaban.

Vox ha crecido en estos ocho años. Ha encontrado una parte de ese crecimiento en sus planteamientos de extrema derecha sobre inmigración, igualdad, cambio climático o memoria histórica. Y sobre todo ha sido el destino de un electorado cada vez más radicalizado en su oposición a los acuerdos de Sánchez con independentistas. Votantes del PP migraban a posiciones más extremas aterrizando en Vox. Una migración que también se ha producido en las últimas elecciones incluso desde las propias filas del PSOE por cansancio y castigo ante los continuos escándalos de corrupción. 

Sánchez y Abascal han sabido retroalimentarse de manera natural, y también más de una vez de forma buscada, a la hora de taponar el crecimiento de Feijóo. PSOE y Vox tienen en común que son dos partidos en los que nadie se atreve ya a decir una sola palabra crítica contra el líder. Desaparecida y callada toda voz disonante en Ferraz, tampoco tiene Abascal a nadie que le discuta nada. Uno viene de ocho años de desgaste por desgobierno y corrupción, el otro viene de varios años huyendo de las tareas de gobierno allá donde podría haberlo gestionado. Se encuentra más cómodo fuera de los gobiernos, en tareas de desgaste.

Que tenga cuidado Abascal porque algunos sondeos en Castilla y León avanzan por primera vez pequeños retrocesos y estancamientos. Que tenga cuidado porque ya hemos visto lo que pasó con partidos de cesarismo desbordado que impiden la más ligera crítica o duda. Su forma de pactar y luego salirse de los gobiernos autonómicos de momento no ha sido todavía castigada en las urnas. Hay un votante de Vox que exige dureza en todo, pero hay otro que llegaba y que puede dejar de hacerlo viendo tanta prepotencia y tanta purga de Abascal. Ojo pues, que pronto veremos en las urnas de Castilla y León si es Vox todo lo que reluce.

Publicidad