The Objective
Antonio Caño

Trump y sus misiles

«Los ayatolás merecen el bombardeo, pero el mundo civilizado no puede permitir la sustitución del derecho internacional por su voluntad»

Opinión
Trump y sus misiles

Ilustración generada con IA.

Hay que ser muy sectario y duro de corazón para no sumarse al júbilo expresado por algunos valientes en las calles de Irán por la desaparición del líder espiritual y otros altos dirigentes del régimen que somete a ese país, especialmente a sus mujeres, a una despiadada dictadura desde hace décadas. No es difícil sumergirse en la esperanza de que, sin el ayatolá Jamenei y sus secuaces, será posible un futuro mejor para ese pueblo y otros de Oriente Medio.

Sin embargo, la forma en que eso se ha producido nos obliga a contener de momento el entusiasmo y a preguntarnos si estamos realmente en camino de mejorar el mundo o, por el contrario, en riesgo de empeorarlo. Entiendo que todo este planteamiento les suene timorato e inútil a los iraníes que hoy creen ver por fin luz al final del túnel. Pero es imprescindible sobreponerse a esa lógica felicidad para tratar de entender el verdadero alcance de lo ocurrido.

El ataque a Irán es una decisión personal del presidente Donald Trump, que se comunicó al Congreso de Estados Unidos en una sesión secreta, pero que no fue objeto de debate y mucho menos de votación, como exige la Constitución norteamericana. En ningún momento se informó tampoco a los ciudadanos de Estados Unidos ni se compartió con la opinión pública de ese país cuáles eran las razones y los intereses que exigían conducirlo a esta nueva guerra. Se buscó una alianza con el país que más amenazado está por Irán y que pagó con su sangre el 7 de octubre de 2023 la estrategia expansionista iraní por medio de sus organizaciones afines, en ese caso Hamás. Pero, aparte de Israel, Washington ni siquiera ha hecho el esfuerzo de juntar una mínima coalición internacional que diera cierta legitimidad a su intervención. Los países árabes que criticaron posteriormente a Irán por las represalias ven sin duda con simpatía un ataque que debilita a su rival histórico, pero han sido meros observadores de los acontecimientos. Esos países árabes amigos de Washington, por cierto, no mejoran en gran cosa el récord de derechos humanos y democracia del propio Irán.

Esa es una de las pruebas de que Trump no ha lanzado misiles contra Irán para conseguir la democracia y que no es ese, desde luego, el norte de su política exterior. Como en el caso de Venezuela, de momento lo conseguido es la eliminación del máximo líder del régimen, pero igual que los herederos del chavismo siguen al frente en Caracas —con Delcy Rodríguez y su hermano como máximos representantes—, está aún por verse que el régimen de los ayatolás se desmorone como consecuencia de los bombardeos.

Incluso si eso ocurriera o las acciones militares norteamericanas dieran lugar a una mejora de las condiciones de vida en los países atacados, el método sería inaceptable desde toda lógica de convivencia internacional y respeto entre naciones, aun con sistemas políticos distintos. Insisto en que ni siquiera eso ha ocurrido aún. En Venezuela no hay un Gobierno democrático; lo que hay es un Gobierno que obedece a Trump. Y tal vez sea eso lo que en realidad busca el presidente norteamericano, y con lo que se conformará también en Irán.

«En Venezuela no hay un Gobierno democrático; lo que hay es un Gobierno que obedece a Trump»

Aceptando que el derecho internacional ha sido mil veces pisoteado antes de Trump y que las normas de las relaciones internacionales vigentes hasta ahora no han sido capaces de aliviar el sufrimiento de las poblaciones que soportan dictaduras y regímenes crueles en muchas regiones del planeta, no es posible aceptar que a partir de ahora ese sistema errático y frágil sea sustituido por la voluntad de Trump. Tratándose, además, de un personaje con tan pintoresca personalidad, cabría hablar, más que de su voluntad, de su capricho. No es aceptable que, en el resto del mundo, quienes se dicen demócratas se limiten a aplaudir a Trump —no hacen nada más ni Trump les concede la oportunidad de hacerlo— simplemente porque sus objetivos coyunturalmente coinciden. Deberían preguntarse qué harán cuando no sea así.

Trump no persigue la democracia. Lo dejó claro en Venezuela y lo repetirá en Irán. Si consigue instalar en Teherán un Gobierno que le sea fiel, con toda seguridad renunciará a exigir el respeto a la libertad y los derechos de sus ciudadanos. Trump persigue el poder y entiende que se consigue únicamente a través de la fuerza. Y no pretende crear una gran comunidad de naciones democráticas que sean aliadas de Estados Unidos, como se buscó en el pasado, no: quiere acumular poder y busca ganarse la confianza o el miedo de otros hombres fuertes de su mismo pelaje para hacerse respetar por China. Trump quiere sustituir la sociedad de naciones civilizadas por un club de matones a sus órdenes. Seguramente la ONU es una organización muerta, pero no creo que nadie en su sano juicio crea que el Consejo de la Paz creado por el presidente norteamericano sea el sustituto idóneo.

Es justo quejarse del fracaso del derecho internacional y de la parálisis de los países europeos a la hora de gestionar los conflictos mundiales. Pero eso no es suficiente para justificar la ley del más fuerte. No podemos sustituir la tradicional diplomacia internacional —lenta, difícil, frecuentemente ineficaz— por el pulgar de Trump, que señala hacia arriba o hacia abajo conforme a su criterio. Desde luego, es un método más sencillo y expedito: cualquiera que se le oponga ya sabe que está en el radar, pero el que le caiga simpático, como Putin o Mohamed Bin Salmán, puede dormir tranquilo por muy asesino que sea.

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