Vox: el legado de Sánchez
«El presidente del Gobierno ha logrado inflar como un globo a un grupúsculo de peperos escindidos hasta convertirlo en una formidable fuerza política»

Ilustración generada mediante IA.
Durante casi ocho años, el presidente Pedro Sánchez se ha presentado ante la nación cual profeta que anuncia un apocalipsis, señalando con dedo tembloroso un espectro que nos acecha: la ultraderecha. «Viene el lobo», ha dicho una y mil veces, retratando a Vox no como un minipartido novato, sino como una turbamulta llegada de las sombras del pasado.
Tempus fugit, y aquí estamos en 2026. El lobo no solo ha entrado por la puerta, sino que se ha sentado en el salón y está tomando las medidas a los pasillos del poder, dispuesto a superar al Partido Socialista en un buen número de plazas españolas. Resulta que ocho años de machaconería alarmista son una táctica fabulosa, pero no para Pedro, sino para el lobo. Al teatralizar un estado de alerta nacional ante la peligrosa derechona, al dedicarle sesiones parlamentarias, posts en redes y entrevistas en sus medios afines, Sánchez ha logrado hacer lo que ningún voxista boquirroto siquiera ha rozado: inflar como un globo a un grupúsculo de peperos escindidos, hasta convertirlo en una formidable fuerza política.
Al fin y al cabo, Vox comenzó su andadura como una rama rota, arrancada del Partido Popular. En los comienzos era una cuadrilla de derechistas con ganas de protagonismo, todos con trayectorias acabadas o desconocidas, todos supuestamente furibundos con la «socialdemocracia» del PP. Muchos pululaban por los aledaños de Intereconomía, donde conspiraban en bares de butacas de cuero, dando puñetazos en las mesas y farfullando insultos contra «los progres». Durante años, aquello fue casi una atracción de feria, relegada a las radios y las teles del entorno de Julio Ariza, donde se escuchaban los unos a los otros, ensayando consignas rancias mientras intentaban copiar a la Alt-Right del Partido Republicano, rabiosamente moderna en comparación. No se lo creían ni ellos. Apenas habían pasado cuatro décadas desde que murió Franco y era impensable que una democracia europea amateur, que venía de ser una dictadura militar nacionalcatólica, cayera en el despropósito de montar un partido de ultraderecha.
Pero entonces el singular Pedro Sánchez se puso manos a la obra. El presidente que no ha ganado nunca unas elecciones —pactista con izquierdas tan volátiles como Podemos y las facciones indepes y posterroristas— decidió que la mejor defensa era un ataque de pánico. Necesitaba un contrapunto, una amenaza existencial para unir a la izquierda y mantener a la derecha fracturada. Tenía que convencer al pueblo español de que las luces de la democracia se apagarían para siempre si Vox lograba acercarse al interruptor.
Enhorabuena, Pedro. El mensaje ha llegado alto y claro hasta la última costanilla polvorienta del último pueblo. Los españoles llevan casi una década oyendo hablar de Vox y ahora quieren saber a qué viene tanto jaleo. Según las últimas encuestas, los ultraderechistas —de los que Sánchez nos iba a salvar heroicamente— ahora le pisan los talones al propio PSOE, ese abnegado partido que iba a frenar el avance del fascismo en Occidente. En las últimas elecciones locales, Vox ha duplicado sus escaños, dejando al PSOE con los peores resultados regionales del partido en la historia de la democracia.
«La estrategia del ‘No pasarán’ ha abierto una superautopista por donde Vox se pasea a cuerpo gentil»
En tanto que propugna el caos y la autodestrucción, el sanchismo ya es una obra dadaísta de consecuencias imprevistas. La estrategia del «No pasarán», diseñada para blindar al país contra la fachosfera, ha abierto una superautopista por donde Vox se pasea a cuerpo gentil. Estamos en la era digital, en un planeta con 7.000 millones de móviles, donde cualquiera que conozca las redes sociales sabe que la publicidad negativa bien manejada es tan eficaz como la propaganda tradicional (y a menudo funciona mejor). Al enfocar el debate nacional sobre Vox, Sánchez les ha regalado los micrófonos, el protagonismo (y el poderoso argumento del victimismo).
Entre tanto, los partidos de la izquierda, los grandes y los pequeños, que iban a salir empoderados de esta cruzada sanchista, van encogiendo como jerséis de lana en agua caliente. Podemos prácticamente ha desaparecido de los parlamentos regionales y Sumar pierde votos a chorros. No parecen capaces de abordar los problemas de la ciudadanía, que Vox diagnostica con una claridad brutal: la corrupción sistémica, la elefantiasis institucional, la inmigración mal gestionada, la ansiedad económica. Los partidos tradicionales, tanto de la izquierda clásica como de la derecha clásica, también los han ignorado durante décadas. Por omisión, hoy los ultras marcan la agenda.
Ahora nos espera el segundo acto de la «regeneración» prometida en 2015, que vació el centro político y forzó ideológicamente a un país moderado a centrifugarse hacia los márgenes. Tras haber sufrido ya las trampas de los partidos «emergentes» de extrema izquierda, España se prepara ahora para descubrir si la derecha novísima demuestra ser también, como parece probable, otra tropa de cazadores de sueldos públicos. La labor de gobernar —equilibrar presupuestos, gestionar burocracias, navegar la UE— requiere perfiles diametralmente opuestos a los de unos broncas que diagnostican fallos desde la oposición. Lo hemos comprobado ya con la ultraizquierda. Los españoles que acudan a votar a Vox con la esperanza de una revolución podrían descubrir enseguida que la política requiere algo más que discursos frenéticos o insultos ocurrentes en redes.
En la fábula de Esopo, nadie cree al mentiroso Pedro, que repite todas las noches que viene el lobo. Pero dos siglos y medio después ya sabemos, porque nos lo dijo Twain, que la realidad es más inverosímil que la ficción. Esta es la única vez en su vida que Pedro Sánchez ha dicho la verdad. El lobo ha venido. El lobo Vox ya está aquí. Nos lo ha metido en el salón quien juraba y perjuraba no dejarlo entrar jamás. A punto de marcharse por fin, el legado que nos deja Pedro Sánchez es Vox.