The Objective
César Calderón

Al anochecer del 12 de abril, mira hacia Hungría

«Si Orbán cae en las elecciones, el castillo de naipes de la ultraderecha española descubrirá que las deudas con los autócratas siempre se terminan pagando»

Opinión
Al anochecer del 12 de abril, mira hacia Hungría

Ilustración de Alejandra Svriz

Lo que se va a ventilar en las próximas elecciones húngaras del 12 de abril no es una simple alternancia de siglas en un país alejado del centro de decisiones de la UE, sino un nuevo capítulo de la gran batalla que el modelo social y democrático europeo, ese que ha convertido nuestro continente en el mayor espacio de libertad, justicia, tolerancia y calidad de vida del mundo, va a disputar frente a uno de los sicarios del nacionalpopulismo.  

Con Orbán hundido en las encuestas, el telón está a punto de levantarse, amenazando con revelar las redes de influencia de Putin y Trump en el continente. Un entramado dedicado a alimentar a la extrema derecha de toda Europa con un objetivo nítido: desmantelar la Unión desde dentro.

Durante muchos años, demasiados, Viktor Orbán, además de la marioneta de Putin y el títere de Trump, ha sido el referente ideológico, cultural y sobre todo logístico de esa ultraderecha populista que aspira a desmantelar la democracia liberal desde dentro, además de su principal financiador. 

Afortunadamente, la política, que es una disciplina implacable con los excesos, nos devuelve hoy una fotografía demoscópica que debería encender todas las alarmas, no solo en el cuartel general de Orban, sino también en las sedes de todos los partidos europeos que se han beneficiado de su pegajosa generosidad. Incluido uno español que estoy seguro de que ustedes ya se imaginan.

Hoy la hegemonía de Fidesz, que parecía grabada en piedra, presenta grietas de carácter estructural. La emergencia de Péter Magyar y su Tisza Párt (la derechita cobarde húngara) no es un fenómeno meteorológico, sino la respuesta de una sociedad saturada por la institucionalización de la corrupción —Hungría es hoy el furgón de cola de la transparencia en la Unión— y por un control mediático que ha terminado por asfixiar el pluralismo. Los datos son elocuentes: el Tisza Párt lidera con un 42% sobre el censo total, escalando hasta el 51% entre los votantes decididos, mientras que el aparato de Orbán queda relegado a un 38% que sabe a derrota final. Es el fin de un ciclo donde el adversario ya no viene de una izquierda desahuciada —reducida a un marginal 2%—, sino de una derecha que reclama una regeneración proeuropea.

«El tránsito hacia la normalidad democrática en Budapest no será sencillo. Orbán ha blindado el Estado con ‘leyes fundamentales’»

Sin embargo, el tránsito hacia la normalidad democrática en Budapest no será sencillo. Orbán no solo ha gobernado; ha blindado el Estado mediante una arquitectura de «leyes fundamentales del movimiento» que exige una mayoría de dos tercios para ser removida. Sin alcanzar los 133 escaños críticos, cualquier alternativa se encontrará con un «Estado profundo» orbanista en la Fiscalía y el Tribunal Constitucional, diseñado para bloquear la acción de cualquier gobierno que quiera ejecutar cambios de calado. El último refugio de un mandatario que, aislado en Bruselas, ha fiado su supervivencia al petróleo de Vladímir Putin y al aliento retórico de un Donald Trump que ve en Hungría su avanzadilla en el continente.

Pero la onda expansiva de esta crisis de legitimidad no se queda en Hungría, cruza Europa y golpea directamente, entre otras, a España.

Conviene analizar con frialdad la subordinación financiera que vincula a Santiago Abascal con Orbán ya que Vox ha consolidado una dependencia absoluta del MBH Bank, una entidad bajo el control del círculo de confianza del primer ministro húngaro, con una deuda acumulada que asciende a 13,5 millones de euros.

«El ocaso del ‘modelo húngaro’ descubre las contradicciones de una internacional populista que se autodefine como patriota»

En un ejercicio pleno de ironía política, los supuestos patriotas han terminado hipotecando su viabilidad económica y política a una potencia extranjera.

La posible caída de Orbán no es, por tanto, un asunto ajeno para la política española. Una alternancia en Hungría traería aparejada, casi con total seguridad, una auditoría de las instituciones financieras estatales y paraestatales, en la que, si se demostrara que los fondos que han sufragado las campañas de Vox provienen, directa o indirectamente, de las arcas públicas húngaras (o rusas), la formación española se enfrentaría, como mínimo, a un conflicto legal de primera magnitud con el Tribunal de Cuentas, dada la prohibición taxativa de financiación de partidos españoles desde gobiernos extranjeros.

En puridad, el ocaso del «modelo húngaro» deja al descubierto la fragilidad y las contradicciones de una internacional populista que se autodefine como patriota, pero que está a sueldo de un señor de Budapest que además es el portavoz del nuevo zar de todas las Rusias, de tal forma que si el avalista de Budapest cae, el castillo de naipes de la ultraderecha descubrirá que las deudas con los autócratas siempre se terminan pagando.

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