The Objective
Daniel Capó

La memoria del bien

«Sin el papel de la Corona, la consolidación de la democracia en España hubiera sido mucho más difícil. El rey encarna la continuidad como ninguna otra institución»

Opinión
La memoria del bien

Ilustración generada mediante IA.

Murió Tejero el mismo día en que descubríamos que los papeles clasificados del 23-F reivindicaban la figura del rey Juan Carlos. No había ningún secreto que ocultar, sino la actitud ejemplar de quien puso su autoridad al servicio de un país que no quería ser traicionado por sus élites. Hoy se ha hecho habitual arremeter contra el rey emérito con los argumentos más dispares, unos más razonables que otros. El objetivo no es la Corona, sino lo que ella ayudó a construir en un periodo crítico de nuestra historia.

Si bien es cierto que se cometieron muchos errores, olvidamos, sin embargo, con demasiada facilidad que ninguna cultura se sostiene exclusivamente sobre la memoria del agravio. Un país puede sobrevivir al conflicto —ineludible por otra parte—, pero no a la ingratitud estructural que niega la herencia recibida.

Me explico: la memoria del sufrimiento es una condición necesaria de la justicia. Apunta a lo olvidado, da testimonio del dolor y denuncia la injusticia. Una de las tareas más nobles de la literatura consiste precisamente en recuperar la voz de los excluidos. La pintura, el cine o la fotografía nos permiten asomarnos a mundos desconocidos para nosotros y así adquirir mayor conciencia de los fustes torcidos de la humanidad. Ernst Jünger, que había participado en las dos guerras mundiales, empezó su famosa alocución en Verdún afirmando: «Me inclino ante los caídos».

El filósofo español Reyes Mate ha escrito páginas luminosas donde reflexiona sobre el papel de la memoria histórica en la construcción de una sociedad más justa y democrática. No se puede pensar como si la barbarie no conviviera con nosotros. Pero el mal no nos explica; o, al menos, no nos explica del todo. Una familia, una comunidad o un país se mantienen unidos por lo que han recibido y que reconocen colectivamente como valioso. Me gusta llamar a esta herencia nuestra «memoria del bien».

«La Transición española, con todos sus defectos, es memoria del bien»

La Transición española, con todos sus defectos, es memoria del bien. La Constitución del 78, el parlamentarismo, la democracia, la recuperación de los derechos y deberes, las instituciones, el Estado del bienestar, el ingreso en la Unión Europea y en la Alianza Atlántica, el despliegue de bibliotecas públicas, hospitales y escuelas, de infraestructuras y parques nacionales… todo ello y mucho más es parte de este legado. Sin embargo, hemos heredado también la corrupción política y la escasez de viviendas, el endeudamiento y la desindustrialización, el exceso de burocracia y el deterioro de infraestructuras por falta de mantenimiento, además de una degradación de las instituciones públicas.

La memoria del bien no niega el mal, pero sí asume que nunca empezamos de cero, que —al igual que han hecho nuestros padres— también hemos sido cuidados, educados, sostenidos por instituciones imperfectas, por tradiciones ambivalentes y por personas concretas que distaban mucho de ser ideales y que, no obstante, nos transmitieron una realidad valiosa sobre la cual ha sido posible construir. Sin ese mínimo de gratitud, la memoria se encierra en sí misma y reivindica sólo lo que se nos debe. ¿Dónde queda ahí la grandeza del hombre?, ¿dónde su responsabilidad?

El pasado no es perfecto, pero nada duradero puede edificarse desde la negación sistemática de lo recibido. Estos días han servido para recordarnos que, sin el papel de la Corona, la consolidación de la democracia en España hubiera sido mucho más difícil. Y también nos han enseñado que el rey encarna la continuidad de un modo que ninguna otra institución es capaz de hacerlo. Ambas memorias juntas apelan a una responsabilidad adulta. Hoy leemos estos papeles del 23-F como parte de nuestra historia común. Y constituyen un motivo de gratitud.

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