The Objective
Javier Rioyo

Borges, Zapatero y otras ficciones

«La infamia se puede disimular, disfrazar, pero la idiotez es muy difícil de ocultar. Además de una imperdonable impertinencia contra Borges y sus dones»

Opinión
Borges, Zapatero y otras ficciones

Ilustración generada mediante IA.

«La vida es una historia contada por un idiota,

llena de ruido y de furia y que no significa nada»

Shakespeare

Zapatero nos parece ahora sacado de una ficción de realismo sucio, reflejado en muchos espejos, distintas representaciones, algunas infamias y demasiado poder. Ahora tiene la imagen un mal actor que se hace llamar Zapatero por parte de madre, Rodríguez por parte de padre, José Luis de bautismo y comunión. Lejos, muy lejos, de aquel mote de Bambi. Hace tiempo me recuerda a aquella cara de carrillos sonrientes del mayordomo de Netol. Siempre listo para limpiar y pulir, intentando no perder la sonrisa ni dejar de interpretar una suerte de aspecto con voluntad de servidor. Pero las cejas cambian, la risa se muda, la furia asoma cuando hay cosas que no se pueden explicar. Nuestro netol leonés, hace tiempo dedicado a la humanitaria tarea de limpiar el pasado de Delcy, Maduro, Bildu, los mares de China, las playas del Caribe, las arenas del Sáhara, la ética de los ayatolás o las señales de Alá que hagan falta, se le notan las costuras y la pasta. Tiene mucho que pulir en su propia defensa. En sus prosas prescindibles y generosamente remuneradas. Mucho que mejorar en su intento de acercarse al mundo de Jorge Luis Borges.

Los castellanoleoneses ya no parecen ávidos de sus palabras armadas de pacifismo, su neohipismo antibélico, su compañía en campaña electoral. Dudo que su ser entregado en salvar a la comunidad castellanoleonesa de sus muchas necesidades con el recuperado eslogan «no a la guerra» —que no le funcionó mal en el pasado— pase de Irak a Irán y no pase nada. Sus exitosas, generosas y bien remuneradas intervenciones no tienen ya el mismo público. Este renovado papel como líder de una izquierda empeñada en seguir mirando hacia atrás con ira ya no suma tanto.

Hay realidades que superan toda ficción. Imposturas que deberían tener un hueco en alguna ampliación de otra historia universal, y provinciana, de la infamia. Este señor, este deportista, galgo corredor de la sierra madrileña, lejos de Babia, acólito de Borges, que puede prometer y promete que nunca traicionará a su venerado maestro, pero ya no cuela, ni usando el nombre de nuestro querido escritor de Buenos Aires. ¿Qué ha hecho Borges para merecer ese seguidor? ¿Acaso tiene la culpa de tener lectores y publicistas del talante y el nivel de Zapatero? Creo que no es responsable.

Borges no se leía. Pero tampoco hay que fiarse demasiado de lo que dijo o de lo que escribió. Le gustaba engañar. Le gustaban los espejos, los laberintos, los tigres y algunos escritores. No tenía confianza en sus lectores, mucho menos en sus aduladores. Una vez el novelista Robbe-Grillet le confesó la fundamental importancia e influencia que sobre él habían ejercido sus libros; sin disimular, pero con esa ironía educada, Borges le contestó: «Caramba, no me descorazone». No se me ocurre qué le podría haber contestado a este político metido a lobista —consultor/mediador o lo que sea que haga— si se entera de que no se conformó con escribir un prólogo a sus ficciones, sino que le dedicó todo un libro de fan fatal, de apasionado seguidor, admirador sin fisuras que tituló con pomposa declaración de amores incondicionales: No voy a traicionar a Borges. ¡Menos mal! Ya nos podemos quedar tranquilos, todo se puede entender mejor.

Nada dice de traicionar al resto de la humanidad, a quien sea y cuando haga falta. Pero a su santo laico, a su compadre Borges, ¡nunca, jamás! Si con Robbe-Grillet de seguidor Borges se descorazonaba, con Zapatero yo creo que podría seguir el ejemplo de los ciudadanos de una ciudad griega a los que se les proporcionaba gratis la cicuta cuando exponían adecuadamente las razones por las que se querían suicidar. Yo me imagino a Borges corriendo a por su dosis de cicuta después de haber leído a ese su seguidor tan incondicional. Nuestro hombre de Buenos Aires ya dejó escrito que eso de «suicidarse es de lo más sensato y más calmoso que pueda hacerse. Una prueba de serenidad». Otra ficción borgeana. Como las muchas invitaciones al suicidio que escribió Cioran. Ambos fueron dos gustadores de la vida por más que tuvieran razones para despreciar a los humanos, incluso a sí mismos. Dos descreídos que nos enseñaron a no creer, dudar y leer.

«Borges consideraba que los políticos eran la gente menos admirable de cada país»

«Me sé del todo indigno de opinar en materia política, pero tal vez me sea perdonado añadir que descreo de la democracia, ese curioso abuso de la estadística». No estoy seguro de que le perdonaran. No lo hicieron los suecos. Tampoco creo que lo hagan los políticos: «Sé, harto bien, que los políticos son hombres que han contraído el hábito de prometer, el hábito de sonreír, el hábito de sobornar, el hábito de estar de acuerdo con cualquier auditorio y el hábito de la profusa popularidad». Claro que lo escribió antes de que Zapatero se le declarara. No difieren en todo, comparten un voluble aprecio por algunos tipos de gobierno: «Una dictadura no me parece censurable. A simple vista, parece que cortar la libertad está mal, pero la libertad se presta a tantos abusos: hay libertades que constituyen una forma de impertinencia», así dejó dicho el escritor argentino, aunque ahora pueda ser asumido en plan leninista, podemita, zapaterista o así.

Al final de su vida, rectificó, matizó algunas de sus libres provocaciones, de sus pensamientos contra las mayorías. Este anarquista espenceriano e individualista que fue Borges, consideraba que los políticos eran la gente menos admirable de cada país, que siempre hablan a la busca de electores, que no son sinceros ni cuando se pronuncian contra la guerra, que hacen lo que sea para mantenerse en el poder. No confiaba en el maquillado lenguaje de los políticos. Y si eran peronistas, aún menos: «A esos graves (graves, no serios) manipuladores de abstracciones prefiero el hombre de la calle, que habla de hijos de perra y de sinvergüenzas; ese hombre, en un lenguaje rudimental, está afirmando, para quienes quieran oírlo, que en el universo hay dos hechos elementales, que son el bien y el mal o, como dijeron los persas, la luz y la tiniebla o, como dicen otros, Dios y el Demonio».

Desde luego, nuestro Dios no es el mismo que el de los ayatolás, ni nuestro Demonio; no creo en uno ni en otro, pero sí respeto, aunque conozco cuál es el lado de mi civilización. Somos romanos y judeocristianos, españoles y europeos, que no quieren guerras ni invasiones, que pretenden la paz y a veces tienen que preparar la guerra. No soy de Trump ni de Netanyahu, ni de los populistas de cualquier condición. He leído, estudiado y reflexionado sobre las guerras. Algunas nos hicieron más libres. Otras, como nuestra incivilizada guerra, nos hicieron un daño, nos produjeron dolor y devastación, separación y enfrentamiento, que 80 años después algunos pretenden resucitar de manera torticera, con falso relato y un disfraz de pacifismo. Todos perdimos. Lo sé muy bien y de manera cercana y no me hace falta sacar al padre, ni resucitar abuelos. Los populismos hacen lo que sea, levantan muros, ondean banderas, reproducen consignas y quieren seguir en sus intenciones.

Es posible que no todos sean como aquellos seguidores del dictador argentino, tan querido por muchos, tan maniobrero y manipulador como lo fue Perón, amigo de otros muy cercanos y todavía referencia para una incomprensible izquierda de ambos lados. Había que comprender a sus seguidores, a sus diputados, a sus descamisados. Recuerda Borges: «Los diputados peronistas se disculpaban diciendo que eran peronistas para robar, no porque les pareciera bien el régimen». Cualquier parecido con la realidad no es casual. No tenemos que dejarnos engañar por discursos fáciles, impostados, demagógicos.

«Aquellos que fueron los salvadores del fascismo no están ahora en el lado oscuro, ni contra la libertad»

Debemos mantener nuestra descreencia en tantos, frente a tontos y allegados. Creemos en Cervantes, en Fray Luis, en Quevedo, en Cansinos Assens o en Fernando Quiñones. Ellos, más el romancero, San Juan de la Cruz y pocos más de los nuestros fueron en los que sí creía Borges. Creía en el toro y no en el toreo. Ni el vino ni la tauromaquia le eran asuntos cercanos, pero sí creyó en Quiñones, al que de nada conocía y que premió en compañía de Eduardo Mallea y Bioy Casares. Sus cuentos de los vientos del sur, sus relatos de vino y toros, su escritura, le hicieron reflexionar sobre el único tema: el hombre. El hombre es el tema, ya sea en Conrad y sus relatos por siete mares, ya sea en Proust y su sedentaria narración. El verdadero tema es el hombre, el resto es símbolo o adjetivo. En Borges, en Quiñones, estarán siempre «el hombre, su índole y su destino».

Vengo de Chiclana de la Frontera, de la fundación Quiñones de la mano de Juan José Téllez, de las cercanías de Gibraltar y de Rota, esas zonas calientes de nuestro pasado, nuestro presente y espero que sean de nuestro futuro en paz, sin hipismo facilón, con buen vino y buenos aromas para los que gusten de esos humos. Conviviendo con esas banderas diferentes para demostrar que aquellos que fueron los salvadores del fascismo no están ahora en el lado oscuro, ni contra la libertad, el Occidente, Europa ni España. Nos seguiremos sintiendo cerca de Melville, Whitman, Allan Poe o Henry James. Cerca de Chesterton, Eliot y Shakespeare. De Cansinos, de Quiñones, de Borges y sus lecturas. No de algunos de sus lectores.

La realidad delata algunos discursos, algunos títulos. La infamia se puede disimular, disfrazar, pero la idiotez es muy difícil de ocultar. Además de una imperdonable impertinencia contra Borges y sus dones. Estuvo enamorado de Katharine Hepburn, lo que no le acerca a creer en Susan Sarandon. Ni siquiera en Zapatero. Sigamos soñando. Somos de la misma materia con que se hacen nuestros sueños.

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