La guerra de Sánchez
«Aspira a convertir la guerra en un acontecimiento inesperado capaz de frenar el deterioro de su popularidad y reactivar a una izquierda desmovilizada»

Ilustración de Alejandra Svriz
En España, hasta hace muy poco, la conversación pública giraba en torno a asuntos bastante menos épicos que una guerra en Oriente Próximo: giraba en torno a la corrupción. El problema para el Gobierno no era solo la abundancia y gravedad de los casos, sino la atmósfera que empezaba a respirarse: la sensación cada vez más extendida de que la degradación institucional ya no era un debate de juristas o politólogos, sino algo que comenzaba a notarse, y con fuerza, en la vida cotidiana.
El accidente de Adamuz no fue una tragedia puntual, sino la constatación de la decrepitud del sistema ferroviario; el gran apagón de 2025 dejó al descubierto un sistema eléctrico al borde del colapso por culpa del exceso de fuentes renovables por intereses propagandísticos; y el estado alarmante de 34.000 kilómetros de carreteras dejaba al descubierto la falta de recursos. De fondo, la árida aritmética de nuestro bienestar: un gasto público donde más de seis de cada diez euros son devorados por nóminas públicas, las pensiones, sin dejar apenas margen para sostener infraestructuras, modernizar servicios o afrontar inversiones estratégicas.
Lejos de mostrar algún propósito de enmienda, el Gobierno dedicaba todas sus energías a confeccionar y difundir relatos donde la verdad se presentaba como mentira y la mentira como verdad. Todo eran bulos. España iba bien. El ferrocarril vivía el mejor momento de su historia. El sistema eléctrico no solo funcionaba a la perfección, era el más verde y sostenible del planeta. Las carreteras quizá tenían algunos desperfectos, pero por culpa de las intensas lluvias; nunca antes se había invertido tanto en su mantenimiento. Y la corrupción era una conspiración de la ultraderecha.
Pero pese a todos sus esfuerzos, el PSOE comenzaba a acusar el desgaste. Conservaba todavía un suelo electoral porque la arquitectura clientelar del Estado de bienestar sigue siendo una poderosa red de contención, pero la tendencia empezaba a volverse inequívoca. Elección autonómica tras elección autonómica, el Partido Socialista aparecía como el gran perdedor. No era todavía un colapso, pero sí una pendiente pronunciada.
Y justo cuando la caída empezaba a acelerarse, estalló la guerra.
Una fábula moral
La ofensiva militar contra el régimen iraní no contaba con el respaldo del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas ni con una legitimación multilateral formal. Sin embargo, la operación fue acumulando apoyos: Estados Unidos e Israel iniciaron la ofensiva, pero pronto comenzaron a alinearse otras potencias occidentales, incluso países de la propia región en conflicto, que observan los acontecimientos desde una lógica mucho más realista que la que domina los debates europeos.
Como advertía Raymond Aron, el derecho internacional existe, pero lo cierto es que no hay policía internacional que lo haga cumplir, de manera que los Estados se mueven inevitablemente en un mundo donde las normas conviven con la fuerza y donde la prudencia y el pragmatismo pesan más que las declaraciones rimbombantes. En ese contexto, lo lógico habría sido que España adoptara una postura realista: un apoyo prudente a sus aliados, con las reservas diplomáticas oportunas. Nada entusiasta, pero tampoco rupturista. George Kennan, uno de los grandes inspiradores de la estrategia occidental durante la Guerra Fría, describía ese tipo de decisiones como el arte de actuar no según lo que sería idealmente deseable, sino según lo que es posible en un mundo imperfecto.
Pero a Pedro Sánchez los consejos de Kennan y Aron no solo le son desconocidos, chocan frontalmente con su principal y único objetivo: mantenerse en el poder. No vio en la crisis de Irán un dilema estratégico. Vio una oportunidad. En lugar de situarse en la lógica de las alianzas, trasladó el debate a un terreno infinitamente más prometedor desde el punto de vista electoral, el terreno moral. El esquema es simple: la guerra es el mal, la paz es el bien. Quien se opone a la guerra se sitúa automáticamente del lado del bien y quien la justifica o simplemente la asume, en el lado del mal. Todo lo demás, los equilibrios regionales, los compromisos internacionales, la seguridad energética, la protección mutua, desaparece. La política internacional queda reducida a una fábula moral. Y en esa fábula, Sánchez puede presentarse como el adalid de la paz frente a una oposición situada en el lado belicista.
Ese relato de buenos y malos necesitaba, sin embargo, algo más que una impostada declaración de principios. Necesitaba visibilidad. Necesitaba un propelente capaz de proyectarlo más allá del irrelevante circuito doméstico y colocarlo en la órbita internacional. Sánchez lo encontró en el veto al uso de las bases de Rota y Morón. La decisión buscaba con toda intención provocar una reacción. Y la reacción llegó. Donald Trump respondió señalando a España y colocando al Gobierno español en el centro de la polémica de la guerra. El primer objetivo estaba cumplido: Sánchez había logrado lo que necesitaba, colarse en el escenario del conflicto y presentarse ante la opinión pública como el líder que se enfrenta a la lógica de la guerra impulsada por Washington. Que luego rectifique en el plano operativo, no borrará las declaraciones grandilocuentes y acusatorias, ni restañará el daño reputacional de España, ni restablecerá la confianza con nuestros aliados. El discurso moralista de Sánchez, aun hipócrita, seguirá. Los gestos pesan tanto o más que los actos.
La falsa soberanía
La justificación oficial apela a la legalidad internacional. Pero ese argumento jurídico cumple una segunda función política. No solo refuerza el marco moral que estructura el relato (la guerra es el mal, la paz es el bien), sino que se apropia un valor de enorme potencia simbólica: la soberanía.
Al imponer la jurisdicción nacional sobre el uso de las bases, Sánchez convierte una decisión de cálculo político personal en un impostado gesto de afirmación patriótica. Frente a las presiones exteriores, finge hacer valer la soberanía de España. Esta nueva mentira se sustancia en dos preguntas tramposas: ¿quién es ahora el verdadero patriota?, ¿el que acepta sin más las exigencias de potencias extranjeras o el que defiende la jurisdicción nacional?
Con Sánchez nada es imposible. Durante décadas, el patriotismo ha sido un concepto ideológicamente sospechoso para buena parte de la izquierda española, que con frecuencia lo ha asociado a pulsiones reaccionarias, cuando no directamente con xenofobia o racismo. Pero ahora es Sánchez, el gran guía del progresismo, quien hace ostentación de él.
¿Pero qué patriotismo abandera Sánchez realmente? Porque la soberanía no es un derecho metafísico del poder político ni una propiedad del Gobierno de turno; es una función, un instrumento al servicio de la comunidad política y de su seguridad, su prosperidad y su libertad. El patriotismo no consiste en agitar la bandera, sino en proteger los intereses reales de los españoles. Un país no es más soberano cuanto más se aísla: es más soberano cuanto más relevante, confiable y necesario se vuelve dentro del sistema de alianzas del que depende su seguridad.
«El patriotismo no consiste en agitar la bandera, sino en proteger los intereses reales de los españoles»
La estrategia recuerda inevitablemente a otro momento de la política española: el «No a la guerra» que impulsó José Luis Rodríguez Zapatero en 2003. Aquella movilización, también falsamente moral, terminó convirtiéndose en una poderosa herramienta electoral para la izquierda. La victoria socialista de 2004 se debió menos a una caída del voto de la derecha que a la movilización masiva de un electorado progresista que hasta entonces se había mantenido pasivo. Sánchez parece aspirar a reproducir, adaptado al presente, ese mismo mecanismo, convertir la guerra en su propio cisne negro político, un acontecimiento inesperado capaz de frenar el deterioro de su popularidad y reactivar a una izquierda profundamente desmovilizada por los escándalos de corrupción y las mentiras presentadas como meros cambios de opinión.
La operación ya ha logrado un primer objetivo: la corrupción ha desaparecido del centro del debate público. Los casos judicializados que hace apenas una semana copaban titulares y tertulias han pasado a un discreto segundo plano. Han sido reemplazados por un marco narrativo mucho más simple y emocional: estar a favor de la guerra o estar en contra, estar del lado del bien o del lado del mal. Sánchez frente a Trump. Frodo frente a Sauron.
El cinturón de acero
Un cuento de héroes y villanos cuyo primer episodio Sánchez ha capitalizado mediante una declaración institucional, un monólogo sin posibilidad de réplica, en vez de una comparecencia en el Parlamento, que sería el lugar natural para explicar una decisión de tal alcance, porque allí tendría que responder preguntas, desvelar los motivos reales de su postura y justificar algo que resulta difícil de justificar: los costes que esta estrategia personal puede tener para España. No solo por la reacción de Washington, sino también y sobre todo por la de nuestros propios socios europeos.
Bastó escuchar su declaración para comprender hasta qué punto Sánchez pretende reducir este conflicto a una suerte de catecismo moral. No habló como un jefe de Gobierno que valora riesgos, intereses y alianzas, sino como una especie de predicador que divide el mundo entre quienes están con la paz y quienes están con la guerra. Quizá el artificio le resulte provechoso, pero es profundamente tramposo.
«Su lógica política es que cuanto peor sea el panorama, más oportunidades de retener el poder, aunque solo sea un día más»
Nadie en Europa defiende la guerra como un bien en sí mismo; la verdadera cuestión es si, en determinadas circunstancias, el uso de la fuerza puede ser necesario para conjurar un peligro mayor. Sánchez obvia ese dilema reduciendo el debate a una oposición infantil entre paz y guerra. De ese modo no necesita explicar nada, no necesita rendir cuentas por sus decisiones: le basta colocarse del lado de la paz para ser incuestionable y atribuir a sus adversarios el papel de belicistas.
Hay algo profundamente inquietante en el sanchismo. Y es que, para sobrevivir políticamente, necesita tensión permanente, necesita crisis, necesita confrontación, necesita dramas… necesita incluso guerra, el más indeseable de todos los conflictos. Su lógica política es que cuanto peor sea el panorama, más oportunidades de retener el poder, aunque solo sea un día más.
España ha quedado atrapada en esa lógica tremenda. Encerrada en el cinturón de acero de la voluntad de poder de un solo hombre. Sus deseos pasan a ser los del país, presentándose como «abrumadoramente mayoritarios», aunque nadie haya preguntado a los ciudadanos si desean seguirle en su deriva.