The Objective
Victoria Carvajal

La economía en la era del 'shock' permanente

«Las subidas del precio de la energía, que no han hecho más que empezar, se dejarán sentir en todo el mundo»

Opinión
La economía en la era del ‘shock’ permanente

Ilustración creada con IA.

La guerra declarada por Estados Unidos e Israel a Irán, que ya se extiende por todo Oriente Próximo, amenaza con asestar un nuevo golpe a una economía mundial que desde hace años vive en permanente zozobra. Cuando empezaba a recuperar cierta estabilidad, gracias al control de la inflación y a las rebajas de los tipos de interés y a pesar de la disruptiva política arancelaria de Donald Trump, un nuevo shock amenaza con devolverla a la crisis. Si el conflicto se prolonga en la región que produce el 30% del petróleo y el 18% del gas natural consumidos en el mundo, las consecuencias serán aún más devastadoras que las que siguieron a la invasión rusa de Ucrania de 2022.

Entre otras cosas, porque el golpe tiene una expansión geográfica mayor. Si la agresión rusa afectó más severamente a Europa, que importaba el 80% de su gas al país agresor, esta vez el shock en la oferta afectará especialmente a Asia. La región, con China a la cabeza, consume en torno al 80% del crudo y del gas que se produce en Oriente Medio y corre un mayor riesgo de desabastecimiento. El impacto negativo que este escenario puede tener en las grandes y medianas potencias asiáticas, que representan cerca del 50% de la economía mundial frente al 15-17% que pesa Europa, tendrá inevitablemente una mayor repercusión global.

Pero esta vez la crisis afectará también a los grandes países exportadores de petróleo y gas que se enfrentan en la contienda. Tradicionales beneficiarios de las subidas de los precios de la energía cuando se produce una crisis de suministro, hoy se han visto obligados a detener parte de su producción ante la imposibilidad de almacenar el crudo y el gas que no pueden transportar debido a los ataques iraníes en el estrecho de Ormuz, el cuello de botella por el que pasa una parte sustancial del suministro energético mundial. La región es también una de las principales productoras de petroquímicos y fertilizantes del mundo.

Las subidas del precio de la energía, que no han hecho más que empezar, se dejarán sentir en todo el mundo, especialmente en las economías más dependientes de las importaciones de hidrocarburos. De nuevo la presión sobre la inflación obligará a los bancos centrales a restringir su política monetaria. Y de nuevo, esas subidas de los intereses frenarán el crecimiento económico. Desde el shock en la oferta que se produjo durante la salida de la crisis de la pandemia en 2021, con la interrupción de las cadenas de suministro globales, la estabilidad en los precios ha sido un objetivo esquivo.

A la crisis de la oferta le siguió la invasión rusa de Ucrania de 2022. Los precios de la energía se dispararon y la inflación se situó en las cotas más altas de los últimos 40 años. Cuando la restrictiva política monetaria de los bancos centrales consiguió doblegarla, aun a costa de impactar muy negativamente en el crecimiento, la agresiva política comercial de Donald Trump desestabilizó de nuevo los mercados por temor a una escalada en los precios de las exportaciones a Estados Unidos. Una vez que parecía haber digerido razonablemente los efectos de los aranceles, la economía mundial volvía a crecer de forma más equilibrada. Pero la operación Furia Épica contra Irán ha conseguido poner de nuevo todo patas arriba.

El ministro de Energía de Qatar aseguraba ayer en el Financial Times que el precio del petróleo podría elevarse hasta los 150 dólares (ayer el Brent de referencia en Europa cerró a 92,80 dólares tras acumular una subida del 28% desde que estalló la guerra) si el conflicto se prolonga dos o tres semanas más. Catar es el quinto productor de gas natural licuado en el mundo y el 18.º exportador de crudo. Pero nada sale hoy de sus pozos. Su producción está hoy suspendida al haberse interrumpido el tráfico de los cargueros en el estrecho de Ormuz. Los hidrocarburos, principalmente gas, representan el 60% del PIB del país árabe. Una cifra que sirve para hacerse una idea del potencial daño que puede tener el conflicto en las economías del Golfo.

El alcance del daño dependerá de la duración de la guerra. Estados Unidos e Israel han asegurado que necesitarán semanas para garantizar que el régimen de los ayatolás queda desactivado. Ambos países afirman haber establecido un control efectivo del espacio aéreo de Irán y que el arsenal de misiles balísticos iraní se ha visto muy mermado, al igual que gran parte de su armada y, muy posiblemente, de su programa nuclear. Además, un elevado número de líderes religiosos, políticos y militares han sido eliminados.

¿Cuánto aguantará el régimen iraní? Ese es el gran interrogante. ¿Quedará lo suficientemente debilitado como para rendirse y evitar un enfrentamiento civil?

Mientras tanto, Rusia y China se mantienen al margen del conflicto. Es una prueba de que esa alianza entre regímenes autoritarios llamada a transformar el orden mundial vigente desde la Segunda Guerra Mundial es más frágil de lo que parece. Y eso es una buena noticia. Lo vimos en Venezuela. Ahora, en Irán. Ese nuevo orden mundial que aspira a arrumbar a las democracias liberales sigue sin terminar de definirse. Pero de todas esas crisis emerge ya una certeza: hemos entrado en una era de shock económico permanente.

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