The Objective
Cristina Casabón

No a la guerra y otras utopías

«Si esta Guerra Fría con los americanos se resuelve, será una paz mentirosa, fingida, escenificada, una venganza aplazada que pagaremos todos»

Opinión
No a la guerra y otras utopías

Imagen generada con IA.

Ahora la gente que se manifiesta contra la guerra no sabe que lleva la guerra dentro. Por el hecho de manifestarse bajo la política de ficción del «No a la guerra» de Sánchez, ya están en guerra. Y ya se habla de reunificar a toda la izquierda, de cambio en el clima de opinión en el PSOE… El propio presidente nos llama compatriotas, como si usted y yo, con nuestra oposición a la guerra, fuéramos a corregir en medio grado el rumbo natural de la historia en Oriente Próximo. 

Estos días se han prestado a todo este barullo los feminismos; en sus rostros se apreciaba la lividez sacrosanta de la guerra. Bajo este pretendido pacifismo, quieren una guerra contra el señor Trump para ganar las elecciones venideras y tapar el hedor de la corrupción del Gobierno. La política internacional (o lo que sea esto) es, en este punto, el único flotador; además, la propaganda tiene una cosa que los viejos maestros del oficio conocían bien: uno acaba creyéndosela. O, mejor todavía, continúan repitiéndola como loros porque sienten que su prestigio depende de que esos hechos que Sánchez pregona sean verdad.

En realidad, el capítulo segundo ha mostrado la gran mentira. Este «No a la guerra» ha sido algo así como el «No a la OTAN» de Felipe González, aquel eslogan juvenil que, como ahora, terminó administrando bases militares norteamericanas con toda normalidad. La historia del belicismo español tiene esa ironía: los eslóganes suelen ser lo contrario de la realidad que luego gestionan. 

Creo que la mayoría de la izquierda se quedará con el relato, con la escena doméstica: Sánchez enfrentándose a Trump, el pequeño desafiando al gigante. Y esa escena produce un cierto orgullo patriota, sobre todo cada vez que la prensa anglosajona habla del presidente. Los expertos en «repercusión» de la Moncloa tienen el cometido de hacer de Sánchez una estrella de rock y conocen bien los complejos del español frente al dominio cultural anglosajón. 

Pero basta escuchar a Trump para bajar rápidamente de la nube: «Podríamos utilizar sus bases si quisiéramos. Podemos volar hasta allí y utilizarlas. Nadie nos va a decir que no las utilicemos». Si esta Guerra Fría con los americanos se resuelve, será una paz mentirosa, fingida, escenificada, una venganza aplazada que pagaremos todos con nuestro bolsillo, cuando nos lleguen las facturas del gasto energético. 

«La propaganda tiene una cosa que los viejos maestros del oficio conocían bien: uno acaba creyéndosela»

Ahora muchos creyentes insisten en que la inmensa mayoría de los españoles están «contra la guerra». La prueba —parece ser— es una encuesta publicada por El País con una muestra de 500 personas. Ni un teatro lleno. La encuesta era como un cuadro de historia que borra a la historia real, que no muestra grandezas pasadas, sino ruinas inmediatas, desmentidas a las pocas horas de ser anunciadas. 

Por si este irracionalismo fuera poco, a los del «No a la guerra» se les nota el irracionalismo inverso de la paz, que les lleva a denunciar al señor de la Casa Blanca, olvidando al señor de las uñas negras, el ayatolá con cara de brujo. De hecho, estos días nuestros periódicos debieran despacharlos con hielo, como el whisky, porque vienen ardientes de todo lo que sea meterse con Donald Trump. 

Leo, por otro lado, que la nueva arquitectura de defensa europea empieza a tomar forma, y curiosamente no se está escribiendo con España. Los analistas del Atlantic Council atribuyen este aislamiento de los vecinos europeos a la dependencia de Pedro Sánchez de su política doméstica. 

Por todo esto, lo que más teme una no son las bombas en torno a nuestras ciudades, sino las magníficas, ingenuas e infantiles pancartas y eslóganes, tan infantiles como escribirle una carta a Papá Noel. Ese jugar a ser Gandhi para luego hacer lo contrario que se dice por debajo de la mesa, que nos está llevando a ser marginados por los europeos, y enemistándonos con los americanos. Claro que así se venden más periódicos, se gana uno más popularidad internacional entre los bots turcos y todo eso. Urge, por tanto, la utopía. 

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