Os voy a contar cuál es el lado correcto de la historia
«El posicionamiento del Gobierno nos perjudica porque nos aísla aún más de nuestros aliados naturales»

Ilustración de Alejandra Svriz
Últimamente, desde todos los frentes, nos bombardean, nunca mejor dicho, con la expresión «el lado correcto de la historia» que, aunque no es nueva en absoluto, ha alcanzado con los últimos conflictos bélicos un indiscriminado vigor. La expresión tal y como la conocemos procede del campo (minado) de la izquierda, pero ha adquirido, cultura woke mediante, un uso generalizado, hasta el punto de ser adoptada también por el imaginario de derechas, que hasta ahora la había utilizado mayormente de forma irónica.
Para la derecha, situarse en el lado correcto de la historia vendría a significar en estos momentos posicionarse sin mayores replanteamientos críticos al lado de las potencias occidentales en sus recientes ataques a las diversas formas de tiranías que se estaban perpetuando bajo la inoperancia y la pasividad de las normas internaciones. Para la izquierda, por el contrario, supone adoptar una postura moral que se opone por sistema al uso de la fuerza y que apela al derecho internacional a menudo como un subterfugio de su antiamericanismo secular y su alineación de facto con las dictaduras atacadas.
Lo primero que hay que decir sobre la expresión «lado correcto de la historia» es que es que, más que cualquier otra cosa, es un sinsentido que nace del mito que crea Hegel (y que luego continúa Marx, que es el que lo instaura en nuestro tiempo) con su filosofía de la historia, según la cual esta avanza de forma progresivamente lineal (el mito del Progreso) hacia un ideal final de libertad y emancipación de la humanidad. Cuando Francis Fukuyama, tras la caída del comunismo, proclama un tanto ingenuamente el fin de la historia, no está haciendo otra cosa que darle cobertura a este mito, que, como estamos viendo, ha sido la propia historia la que se ha encargado de desmontar.
Ahora bien, desde una perspectiva hegeliana, el lado correcto de la historia es aquel sancionado por la victoria. Hegel creyó que en su tiempo estaba representado por Napoleón, símbolo a caballo de la universalización de la razón y la ciudadanía universal. Ello implica, sin embargo, que es difícil saber a priori cuál es el lado correcto de la historia, toda vez que este se impone finalmente por el uso de la guerra, partera de todo nuevo orden a través de la astucia de la razón. Hegel dirá que la lechuza de Minerva, es decir, la comprensión de la historia, emprende siempre el vuelo en el crepúsculo, o lo que es lo mismo, una vez que los acontecimientos ya se han producido. Así pues, para el idealista alemán, el lado correcto de la historia está siempre al lado de los que ganan, ya que estos lo han hecho gracias a la razón. Como vemos, todo un mito.
No obstante, el marxismo, que a partir de la caída del Muro de Berlín (y también mucho antes) no da pie con bola, supo darle a la expresión una dimensión moral, que, como ya nos enseñara Nietzsche, es la forma a través de la cual los perdedores aspiran a debilitar a los fuertes. Así pues, el lado correcto de la historia pasa a convertirse, por definición, en aquel que está contra quien ostenta el poder y, en coherencia con ello, en el que luchan todas las fuerzas que se enfrentan con él, las cuales pasan a ser aliados y amigos. Ello nos permite comprender las connivencias de la izquierda con regímenes políticos tan aberrantes como los que están siendo objetivos de los ataques de Estados Unidos e Israel. En este contexto, la apelación al derecho internacional, que es un ente deseable, pero, al menos en esta fase de la humanidad, carente de toda efectividad, no es más que un pretexto para la perpetuación del inmovilismo y la inoperatividad, según nos demuestran los setenta años que el pueblo cubano lleva soportando una tiranía que, literalmente, lo está masacrando.
Pues bien, llegados a este punto, permítanme que, con toda humildad, plantee una posibilidad de darle un sentido positivo (y efectivo) a la expresión estar «en el lado correcto de la historia». En las circunstancias actuales, y desmontado ya el mito, según hemos visto, de la existencia de un curso inexorable de la historia universal, el único alcance realmente válido que, en mi opinión, podría tener dicha expresión debería derivarse de una comprensión de la misma en clave estrictamente nacional. Es decir, situarse en el lado correcto de la historia no debería significar otra cosa que hacerlo dentro de aquellas coordenadas geopolíticas internacionales que puedan beneficiar a mi país, mientras que situarse en el lado incorrecto implica hacer precisamente lo contrario.
Si esto es así, es decir, si descartamos proclamaciones maximalistas, que son siempre el producto de alguna ideología, ¿cómo habría que juzgar las decisiones de Pedro Sánchez en relación a los acontecimientos bélicos que se están produciendo? ¿Nos benefician estas decisiones como país, nos hacen más fuertes y seguros, nos otorgan más relevancia en la escena internacional? Pongámonos, incluso, en el plano moral que, según hemos dicho, es presuntamente el propio de la izquierda: ¿Ha adoptado España una posición defendible desde un punto de vista moral al erigirse como uno de los principales opositores a las acciones de Trump?
«¿No hubiera sido lo mejor para España situarse en el lado correcto de la historia, que es el que representan EEUU e Israel si atendemos a nuestros intereses?»
Con poco que analicemos las piezas que hay en el tablero de juego, llegaremos a la conclusión de que no solo no hay ni un solo aspecto en el posicionamiento de España que nos beneficie, sino que, por el contrario, tan solo puede causarnos perjuicios. Como toda disposición adoptada por Pedro Sánchez, el único beneficiado es él, cuyo lema debería ser Fiat Petrus, et pereat mundus. El posicionamiento del Gobierno nos perjudica, en primer lugar, porque nos aísla aún más de nuestros aliados naturales, al tiempo que va reforzando nuestra creciente imagen de sociedad tercermundista alineada de forma voluntaria con las potencias más antidemocráticas.
De hecho, se podía haber adoptado la misma decisión, pero sin tantas alharacas, pero ello, aunque nos hubiera beneficiado como país, habría perjudicado a Pedro Sánchez, que pretende usar la situación para aglutinar a unas huestes desperdigadas a causa de la corrupción y la afición al putiferio. Y esto nos lleva al plano moral. ¿Resulta aceptable pervertir la presunta bondad de las apelaciones a la no-violencia y al derecho internacional única y exclusivamente por razones de un oportunísimo electoral que incide, además, en un menoscabo objetivo de los intereses de la nación?
Porque hay un último elemento que es tal vez el más decisivo para saber si nos encontramos o no en el lado correcto de la historia. Abajo tenemos un país que, no nos engañemos ya más, es claramente nuestro enemigo, y que está esperando la ocasión más propicia para darle un zarpazo a las dos ciudades españolas en el norte de África. Ese país, que, en virtud de sus intereses, se está colocando muy bien en el lado correcto de la historia, se ha alineado sin fisuras con los Estados Unidos, porque sabe que, llegado el caso, los débiles pueden necesitar la ayuda de los fuertes. Precisamente porque la política exterior española supo esto en otros tiempos, se consiguió que Estados Unidos ayudara a desactivar el conflicto de la isla de Perejil sin necesidad de disparar un solo tiro.
Pero precisamente porque, en virtud del tacticismo puramente narcisista del presidente de Gobierno, hemos dejado de saberlo, Marruecos ha podido comerse un enorme territorio que no le pertenece, y mientras ese país se va haciendo cada vez más fuerte, nosotros, perseverando en el lado incorrecto de la historia, nos vamos haciendo cada vez más débiles. Teniendo en cuenta esta situación, ¿no hubiera sido lo mejor para España situarse en el lado correcto de la historia, que es el que representan Estados Unidos e Israel si atendemos a nuestros propios intereses? Y ya, si nos ponemos un poco estupendos, por la pura alegría moral también de quitarse unas cuantas dictaduras del mapa.