The Objective
Román Cendoya

«No a la guerra», una farsa

«Sánchez, al no contar con la aprobación del Congreso de los Diputados para el envío de la fragata, se salta la legalidad nacional como Trump se salta la internacional»

Opinión
«No a la guerra», una farsa

Imagen generada con IA.

Hasta el 68,2% de los españoles estaría en contra de la Guerra de Irán. Pocos me parecen. A mí me gustaría vivir en una sociedad en la que toda la población estuviera en contra de la guerra. Pero lejos de la utopía y el buenismo, aflora la realidad. ¿Es necesario actuar ante el asesinato de más de 30.000 jóvenes —la mayoría mujeres— por el régimen de los ayatolás? ¿Es necesario parar un programa de fabricación de bombas nucleares? La razón dice que sí. Aunque para los paniaguados sobrecogedores del régimen sanchista ese «genocidio» no merece ni una sola palabra. ¿Será porque el régimen asesino de los ayatolás es socio de Venezuela, Rusia y China?

«No a la guerra» responde al automatismo que provoca escuchar las palabras EEUU y, especialmente, Trump frente a la noticia de una intervención contra una dictadura. Se activa el modo antiimperialismo en los caviares subvencionados del cine, los periodistas sobrecogedores del régimen y los estrategas de la conservación del poder. Lo que está pasando en Irán y la región es muy grave. Pero es el resultado de una teocracia tiránica, asesina y torturadora que lleva décadas disfrutando del silencio cómplice de los supuestos progres. Aquellos que jamás condenaron el régimen o, lo que es peor, se financiaban de él, como en el caso de Podemos.

Nadie en el mundo con un mínimo de humanidad está celebrando la guerra. Pero en Irán, donde la sufren en primera persona, son muchos los que están ilusionados con la posibilidad, remota pero real, de que termine la pesadilla que no es el ataque de EEUU e Israel. La pesadilla es el régimen de los ayatolás. En Irán celebran entre bombas que pueda volver la libertad. Porque, hasta el ataque de Estados Unidos, el progresismo caviar no había hecho nada en décadas. Y mientras, las iraníes perdían la libertad personal y la juventud, cuando no la vida. Como Irán financiaba a Hamás y Hezbolá —los terroristas enemigos de Israel—, a los progres no les importaban las iraníes. 

El derecho internacional debe respetarse. Pero frente a los tiranos, ¿quién garantiza los derechos individuales? Contra las dictaduras de izquierda no hay nada que esperar de los presuntos progresistas. Así está Cuba y así estaba Venezuela. Hasta que intervino Trump, las cifras de Venezuela eran demoledoras. Hubo presos políticos, torturas y desapariciones. Adolescentes golpeados, perseguidos y detenidos. Estudiantes, opositores y periodistas asesinados y encarcelados. En cifras: 36.800 víctimas de tortura, 10.000 ejecuciones extrajudiciales, 18.305 presos políticos, más de 8.000.000 de desplazados y un 90 % del país sumido en la pobreza. Pero cuando ha intervenido EEUU es cuando aparecen los defensores de la soberanía, analistas de salón, filósofos del pacifismo selectivo, preguntando que por qué se meten ahora.

Se manifiestan porque les hunden el negocio. La tragedia humana servía para que los Zapateros, Monederos, Bonos… de España, Rusia, China, Irán y Cuba recibieran el dinero que, por sus negocios y complicidad con el régimen, usurpaban al pueblo venezolano. Se desgañitan por su negocio, apelando al derecho internacional y a la soberanía de los países. No me hablen de la violación de la soberanía de Venezuela o Irán cuando han sido sus regímenes los que hace décadas usurparon la soberanía a sus propios ciudadanos.

Si hablaran con los venezolanos exiliados que sueñan con volver, sabrían que, entre la soberanía con torturas de Maduro —en la que colaboraba Zapatero— o la intervención americana que les devuelve la esperanza, escogen la intervención. Porque la verdadera violación de la soberanía no es que te intervenga otro país, es, como escribió un venezolano, «que tu propio Gobierno te trate como a un enemigo sin ningún derecho fundamental». Y los jóvenes iraníes también optan por la esperanza que les traen las bombas de EEUU. Cuando podían expresarse en RRSS —con enorme riesgo individual— reclamaban la ayuda a un Occidente que siempre miró para otro lado.

El grito de «No a la guerra» de Pedro Sánchez es otra falsedad más del presidente que miente con toda sinceridad. Postureo político con fines electorales personales, ya que España está participando en la guerra, no por las bases que tienen los EEUU en nuestro país, sino porque ha enviado la fragata Cristóbal Colón (F-105) camino de Chipre, para acompañar a tropas internacionales que van a actuar en países del conflicto. Pero si se supone que la participación española es de paz, ¿cómo se entiende que la Fragata Colón sea el buque de guerra —no de paz— más moderno y avanzado de la Armada española? Está diseñada para la guerra antiaérea —no para la paz—. Destaca por la integración del sistema de combate Aegis y el radar AN/SPY-1D capaz de seguir más de 100 objetivos a distancias de hasta 300 km. Su equipamiento de guerra —no paz— son un lanzador vertical Mk. 41 de 48 celdas (SM-2, ESSM), misiles antibuque Harpoon, cañón de 127 mm, torpedos Mk-46 y un helicóptero SH-60B Seahawk. Y entre su dotación humana, desde luego, no incorpora a los demagogos vividores del postureo Greta Thunberg, Ada Colau, Ana Alcalde —’la Barbie de Gaza’—, Saturnino Mercader, Lucía Muñoz Dalda y los demás sectarios turistas de la presunta paz.

«La tragedia humana servía para que los Zapateros, Monederos, Bonos…  de España, Rusia, China, Irán y Cuba recibieran el dinero»

Lo grave del discurso del «No a la guerra» es que supone castigar a las empresas españolas y a los españoles con sanciones internacionales, por el interés egoísta de obtener rédito electoral. Sánchez, al no contar con la aprobación del Congreso de los Diputados para el envío de la fragata, se salta la legalidad nacional como Donald Trump se salta la legalidad internacional. Quizá los megalómanos narcisistas se parezcan entre sí mucho más de lo que creemos.

La diferencia es que con las ilegalidades de Trump —que no me gustan, pero no conozco otra forma de acabar con las tiranías— venezolanos e iraníes ven una luz al final del túnel por primera vez en décadas. Nadie en su sano juicio celebra la guerra. Pero ellos, los venezolanos con la intervención y los iraníes con los bombardeos, celebran la posibilidad de volver a ser países en los que poder recuperar vivir en libertad.

Con Sánchez no consiguen nada. Como con las feministas del régimen. Esas cuyos partidos rechazaron prohibir el burka, el hiyab, mientras alojan y encubren a agresores sexuales. Obedecen a su macho alfa y gritan «no a la guerra», en vez de defender y reivindicar a las jóvenes iraníes violadas, torturadas y asesinadas por reclamar su libertad y sus derechos. Evidentemente, el feminismo oficial, autoproclamado antifascista, es profundamente fascista y no defiende la igualdad de la mujer. Es postureo táctico y manipulación política.

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