The Objective
Jorge Vilches

De dónde salen nuestros líderes

«Cuando importa más el espectáculo que la ética y un insulto tiene más peso que un argumento racional, es lógico que la clase política se nutra de estrellas de las redes»

Opinión
De dónde salen nuestros líderes

Ilustración generada mediante IA.

Quizá sea el gran error de nuestra democracia. Me refiero a cómo reclutamos a nuestros dirigentes, a la clase política que gobierna el Estado. El asunto es decisivo porque es el grupo que tranquiliza o polariza, que se centra en la gobernanza o que prefiere pasar su tiempo pensando en dar un zasca al adversario. Lo digo porque hemos conocido que el PP tenía un asesor en Bruselas que se pasa a Vox porque en Génova no le garantizaban un escaño, y que Sumar busca para sus candidaturas a personas con impacto en las redes sociales.

La respuesta del PP a la marcha del asesor ha sido tan irónica como inquietante: el tipo llevaba tiempo sin trabajar antes de cesar en su puesto. Esto significa que se mantenía con dinero público a un individuo que no cumplía sus funciones. Este despilfarro no es malversación por la simple razón de que no está contemplado en el Código Penal. No obstante, el caso resulta una estafa para los contribuyentes a los que dice proteger el PP, diciendo que con Sánchez vivimos un «infierno fiscal».

Tampoco los populares pueden decir que no conocieran al personaje porque llevaba 14 años en sus filas y era dirigente de las juventudes del partido. Es más, que estuviera en Nuevas Generaciones señala que esta organización no sirve como motor de reclutamiento. De hecho, si el pollo hubiera sido más inteligente, con poco que hubiera trabajado quedándose en la sombra, habría tenido un cargo público para toda la vida como diputado, concejal o vaya usted a saber qué. Lo peor es la pregunta que queda sin respuesta: ¿Cuántos hay así en todos los partidos?

Luego viene la chufla patética de Sumar. La organización de extrema izquierda se fue de X porque consideraba que Elon Musk era un «nazi». Parecía un gesto que conseguiría un gran aplauso de sus feligreses, pero lo que logró fue renunciar a una plataforma que actúa como un medio de comunicación y propaganda muy influyente. El PSOE, como siempre, fue más listo: criticó a Musk y a los «tecnoligarcas» —en palabras de Sánchez—, pero usa las redes profusamente. El resultado de la maniobra de Sumar llevó el sello de Yolanda Díaz: un fracaso absoluto.

La gran solución de los que liquidaron a la vicepresidenta comunista es fichar gente conocida en las redes. La salida nos cuenta que algunas lumbreras de Sumar han pensado que es importante ganar votos como sea, no vaya a ser que tengan que ponerse a trabajar fuera de la política. Así, personajes estrafalarios de X que reúnen seguidores por su perfil agresivo, podrían llegar a tener un cargo público. No importa que carezcan de formación o experiencia en el gobierno. Lo relevante es que muevan al votante y metan ruido para tener repercusión.

«La política se convierte en un show de televisión y de redes, donde las artes escénicas cuentan más que la economía o el derecho»

Si lo del PP con el asesor bruselense es de la vieja política, lo de Sumar pertenece a la nueva. En un tiempo donde importa más el espectáculo que la responsabilidad y ética de los fundamentos, y cuando un insulto tiene más peso que un argumento racional, es lógico que la clase política se nutra de estrellas de las redes. Lo vemos a diario: un influencer tiene más autoridad para más cantidad de gente que cualquier filósofo, aporta más lemas y emociones que un ensayista ecuánime, y moviliza partidarios con más facilidad que muchos dirigentes.

La política se convierte de esta manera en un show de televisión y de redes sociales, donde las artes escénicas cuentan más que la ciencia política, la economía o el derecho. Es lógico, en consecuencia, que la sentimentalidad y las identidades emocionales sean determinantes en la vida política actual. Solo así forjamos entre todos una clase política que no sabe gobernar, ni comprende la responsabilidad del cargo público, ni puede concebir el sentido de Estado. Es por esto que muchos carecen de escrúpulos y pretenden seguir en poder pagando el precio que sea preciso.

El efecto de tener una clase política degradada es que peligra la democracia, como ocurre hoy. El fenómeno ha desmentido a Christopher Lasch. No nos han traicionado unas élites formadas en universidades de referencia, cuyo alejamiento de la sociedad ha provocado una reacción populista. Al revés. Son élites formadas en los medios que tienen formato populista, como las redes sociales, y que pueblan las tertulias televisivas por indicación de un partido para soltar el argumentario. Son ellos quienes alimentan el populismo contra el enemigo político. Ya pasó en el origen de Podemos, que eran estrellas mediáticas, y se quiere repetir ahora. Son las nuevas formas de la política las que nos definen, mientras las viejas todavía nos avergüenzan.

Publicidad