No siempre se suma, a menudo se resta
«El espacio político a la izquierda del PSOE no ha hecho más que fundarse y refundarse, más por personalismo y ansia de poder que por motivos ideológicos»

Ilustración de Alejandra Svriz
Rufián, el independentista, que venía al Parlamento español por una breve temporada, ya que, según él, el procés, ese golpe de Estado que ya se estaba preparando, iba a triunfar en poco más de un año, se ha quedado en Madrid ocho años, y parece que le gusta más que Barcelona; por eso está buscando nuevo asentamiento, ya que, según dicen, ha caído en desgracia en su formación política. Se plantea ir a predicar provincia por provincia, incluso a Algeciras. Anunciando la llegada del Apocalipsis. Se erige en el apóstol de una cruzada contra las hordas reaccionarias y fascistas.
Bien es verdad que, puestos a buscar métodos fascistas, hay que dirigirse a Cataluña. Nadie más cercano a la ultraderecha y al fascismo que los que dan un golpe de Estado para separar a los ricos de los pobres, y además continúan afirmando que piensan repetirlo. El Rufián que ahora pretende erigirse en líder de la izquierda española es el mismo que, en el momento crítico en que Puigdemont dudaba de si declarar la independencia o convocar elecciones, lanzó un tuit citando las 155 monedas de plata, queriendo calificar de botifler al presidente de la Generalitat.
No parece que pueda tener mucho atractivo electoral en el resto de España quien defiende claramente una postura de privilegio para las regiones más ricas y un sistema de financiación que beneficia a Cataluña en contra de las comunidades menos favorecidas. En su postura supremacista, Rufián, al igual que su padre adoptivo, Oriol Junqueras, toma por idiotas al resto de los españoles y nos quiere hacer creer que el nuevo sistema de financiación beneficia a todas las comunidades. Pone un ejemplo muy simple: nadie rechazaría una bajada de su hipoteca por el hecho de que a los otros se les reduzca más. Se olvida de un dato fundamental y es que, en este caso, todos somos accionistas de ese banco.
El proyecto de Rufián no es tan tonto como parece: unir toda la izquierda que se encuentra más allá del PSOE, pero sin que se hagan la competencia; que cada uno se presente en la provincia en que tenga mayoría, con renuncia de todos los demás. Claramente, las cuatro provincias catalanas se reservarían para Esquerra. En contraprestación, esta formación no se presentaría en ninguna otra provincia española, lo que es una boutade porque eso no representa ninguna renuncia para ella, como tampoco tiene ningún coste para Más Madrid no presentarse en Cataluña, pero ¿y la izquierda nacional e IU?
Pocos días después de la fulgurante aparición de Rufián, les tocó el turno a las cuatro organizaciones, que ya no se sabe si son cuatro, tres o una: Comunes, Más Madrid, Sumar e IU. Las dos primeras se limitan a Cataluña y a Madrid; Sumar, se desconoce lo que es, e IU es la única que tiene historia y una estructura territorial nacional, pero que desde hace mucho tiempo está en franca decadencia. Lo han planteado como una refundación. Aunque desde principios de siglo en que IU entró en declive, el espacio político que se encuentra a la izquierda del PSOE no ha hecho más que fundarse y refundarse, agruparse y desagruparse, agitarse como un caleidoscopio. Hay que reconocer que esa agitación ha obedecido mucho más al personalismo y al ansia por el poder que a motivos ideológicos.
«Si pretenden que lo de la refundación sea creíble, lo primero que tienen que hacer es abandonar el gobierno Frankenstein»
La unión no siempre suma. Hay varias alianzas que contagian. La unión con el PSOE, en el peor momento de este, después de considerarlo formando parte de la casta, y no digamos el coqueteo con el independentismo, que ya eran golpistas, y con los filoetarras por el único motivo de llegar al gobierno, no ha podido por menos que extender su descrédito y la pérdida de apoyo electoral. Si pretenden que lo de la refundación sea creíble, lo primero que tienen que hacer es abandonar el gobierno Frankenstein. No se puede pedir a los votantes de Extremadura, Galicia, Castilla, Aragón, etc., que vean con buenos ojos los beneficios y prebendas que se otorgan al País Vasco y a Cataluña en detrimento del resto.
No siempre los resultados electorales dependen de los cálculos matemáticos. A menudo, las alianzas restan más que suman. En el año 2000 fui testigo de excepción. El PSOE, que andaba en momentos bajos con Almunia, se fijó en que en 35 provincias, IU no obtenía representación y pensó que pactando listas comunes podía hacerse con los últimos escaños a repartir, a cambio de dar unos pocos puestos de salida a la otra formación. IU desde luego no aceptó, pero sucumbió a la tentación de hacer un acuerdo programático de mínimos y presentarse conjuntamente en algunas listas al Senado. Participé en esa negociación en nombre de IU, fui uno de los tres miembros de su delegación. A pesar de ello, y de ser un acuerdo de mínimos muy mínimos, siempre fui escéptico sobre el resultado. Me encontraba con amigos que me decían que no votarían a IU si se pactaba con el PSOE. Los hechos confirmaron los temores. Los dos partidos de izquierdas sacaron pésimos resultados, y Aznar consiguió mayoría absoluta.
Estos hechos coincidieron con uno de los infartos que sufrió Julio Anguita, que, tal como había anunciado previamente, no se presentó a la reelección de coordinador, lo que me dio ocasión a abandonar la política activa, que tan solo había sido un breve paréntesis, motivado exclusivamente por un compromiso personal con Julio. No obstante, seguí con sumo interés el camino y la evolución de la izquierda, especialmente porque coincidió con otro acontecimiento, la Moneda Única, que siempre creí que limitaba y obstaculizaba una política de izquierdas y que se necesitaba mucha sutileza y conocimientos para aprovechar el estrecho margen que las nuevas circunstancias permitían, lo que desde luego los nuevos protagonistas no tenían. IU entró en una etapa de languidez y el PSOE con el zapaterismo se transformó ya en otra cosa distinta del socialismo, continuó la misma política económica que Aznar y se refugió en doctrinas identitarias, especialmente en el nacionalismo.
Tras la entrada en el euro, y en buena medida en España como su consecuencia, llegaron la crisis, los recortes, la devaluación interna y el surgimiento de la contestación y de la indignación. El 15-M fue un movimiento espontáneo, al margen de los partidos políticos, a los que, junto con los empresarios y otros poderes económicos, situaban en la casta. No obstante, de entre sus filas y aprovechando su aparente fuerza y popularidad, un grupo proyectó lanzarse a la política. En un principio, solo pretendían algunos puestos en las listas de IU a las elecciones europeas del 2014. La negativa de esta formación política condujo a que se constituyese una plataforma electoral bajo el nombre de Podemos. Su éxito fue sorprendente: cinco europarlamentarios, casi los mismos que la llamada izquierda plural, formada por una alianza de formaciones encabezadas por IU que obtuvieron seis eurodiputados, donde se demuestra una vez más que la división puede producir mejores resultados que la unidad. No parece probable que si hubiesen ido en una única lista hubiesen conseguido 11 eurodiputados.
«En las elecciones generales de 2015, Podemos obtuvo más de cinco millones de votos, muy cerca de los que consiguió el PSOE»
En las elecciones generales de 2015, Podemos obtuvo más de cinco millones de votos, muy cerca de los que consiguió el PSOE. Su entrada con fuerza en ese espacio político al que nos estamos refiriendo estuvo acompañada de dos circunstancias que me parecen significativas. La primera, la urgencia, al igual que Sánchez, por llegar al poder, pactando con quien fuese necesario, incluso con el mismo PSOE, lo que, unido a su impericia, les ha conducido al declive actual.
La segunda, las reyertas internas y los personalismos que han ocasionado que, junto a las coyundas espurias anteriores, se produjesen luchas y fracciones. Quizás la primera traición fue la de Errejón constituyendo Más Madrid; después, la de Sumar con Yolanda Díaz.
El 8 de septiembre de 2022, publiqué un artículo en republica.com digital en el que entonces escribía, titulado Sumar o restar (se puede leer en www.martinseco.es) en el que comentaba escépticamente el proyecto de Yolanda Díaz. La primera vez que lo presentó en sociedad lo hizo sin ninguna presencia de Podemos, como no fuese la catalana, y escoltada por la sola compañía de mujeres y no precisamente de lo más selecto: Colau, Oltra, Mónica García.
La segunda vez, en el Matadero de Madrid y ya con nombre propio para su plataforma, espacio o lo que demonios fuese. Lo llamó Sumar, aunque más bien parece que de lo que se trataba era de restar, ya que pidió expresamente que no asistiese ninguno de los líderes de los partidos políticos. Quiso que la dejasen sola. Mal comienzo para quien pretendía aunar a esas mismas formaciones políticas. Proclamó que lo suyo no iba de partidos ni de siglas, sino de la sociedad. Lo denominó «movimiento ciudadano». A mí me sonaba a movimiento nacional.
«Una verdadera refundación precisa adoptar un discurso creíble y no asaltar los cielos»
Ahora, ante la nueva reestructuración, reorganización, refundación, como se la quiera llamar, Yolanda Díaz afirma que el tema es de la gente. Bien es verdad que, teniendo en cuenta las últimas encuestas, no parece que la gente esté demasiado con ella, hasta el punto de que ha anunciado que no presentaría las próximas elecciones generales; sin embargo, por el momento no tiene intención de abandonar el Gobierno. Más Madrid —aunque, como se sabe, su ámbito es reducido— ha registrado el nombre de Nuevo Frente Amplio para sustituir al de Sumar, dicen que importado de Uruguay. Lo malo es que de nuevo tiene poco. Y, sobre todo, qué mal estamos si tenemos que recurrir a América Latina. También el de Frente Popular, y algún otro. Quizás piensan que lo importante son las siglas
Oyendo los distintos relatos, uno piensa que el de Antonio Maíllo es el más coherente. Da la impresión de que lo que pretende es la refundación de IU. Solo que las segundas partes nunca fueron buenas. Marx afirmaba que la historia se repetía la segunda vez como farsa. Son muchos los obstáculos que convierten la tarea en imposible. Es inviable si no se cambia de protagonistas. No basta con Yolanda Díaz. Y más inviable aún sin abandonar un gobierno Frankenstein, y conservando determinadas amistades como golpistas y filoetarras. Resulta contradictorio afirmar que Oriol Junqueras y Otegi están en su misma orilla.
Por otra parte, una verdadera refundación precisa adoptar un discurso creíble y no asaltar los cielos. Es preciso tener en cuenta las circunstancias existentes y que limitan las posibilidades de actuación, tanto más cuanto que la realidad, queramos o no, se mueve en la globalización, en la Unión Europea y finalmente, en la moneda única, con lo que muchas medidas que se plantean como progresistas pueden tener un efecto contrario al que teóricamente se persigue.
En la tradición de la izquierda se distinguía entre programa máximo (u objetivo final) y programa mínimo (u objetivo posible e inmediato). Confundir ambos marcos puede tener un efecto muy negativo. La IU de hace 30 años, (cuando el PSOE giraba ya hacia el socialiberalismo), con independencia del pensamiento de sus miembros (partidos o personas), nunca sobrepasó el discurso socialdemócrata. Incluso se quedaba cercana al PSOE si se imponían las tesis de Iniciativa per Catalunya.
Un buen amigo mío, de la corriente Izquierda Socialista y que era entonces diputado por el PSOE, solía decirme que cuando Julio Anguita subía a la tribuna le parecía estar escuchando el genuino discurso socialdemócrata.