The Objective
Nicolás Redondo Terreros

Política exterior, sin demagogia

«El Irán de los ayatolás no ha respetado nunca el principio westfaliano de soberanía y, durante décadas, ha extendido sus siniestros tentáculos por todo Occidente»

Opinión
Política exterior, sin demagogia

Ilustración generada mediante IA.

Pareciera que los refulgentes reflejos del fuego provocados por las bombas nos impidieran mirar más allá, subyugados por la atracción que supone contemplar la destrucción total. Olvidamos las masacres de los ayatolás, las acciones terroristas en países occidentales inspirados por Irán. Parece que no recordamos los grupos terroristas financiados por Irán, que han ocupado Líbano y Gaza. También echamos en saco roto que han sido el apoyo imprescindible a regímenes autoritarios como el de Venezuela.

Irán no ha sido solo una dictadura; el Irán de los ayatolás no ha respetado nunca el principio westfaliano de soberanía y, durante décadas, ha extendido sus siniestros tentáculos por todo el mundo occidental: apoyo a dictaduras, financiación de partidos políticos o plataformas audiovisuales contrarias al sistema de libertades occidental. En España tenemos el ejemplo de Pablo Iglesias Turrión, gran beneficiado con el apoyo financiero iraní, que mientras apoyaba el feminismo más radical y los derechos de quienes exigían libertad sexual en España, callaba, cómplice, cuando los fanáticos zelotes iraníes asesinaban a mujeres por su indumentaria o a los homosexuales iraníes. ¿Dónde estaban entonces aquellos que hoy se indignan con la guerra como si fueran los únicos campeones del pacifismo? 

Una mezcla de culpa criminal, de oportunismo político, de ignorancia histórica y política, pero también la honrada determinación de muchos en contra de las guerras, hace que la mayoría de los análisis se centren en marcos en los que poco podemos hacer o decir, olvidando desde luego las grandes líneas de la política internacional, que están sufriendo hoy en día graves transformaciones. Pero más allá de las interpretaciones de unos y de otros, intentaré contemplar los acontecimientos desde otra perspectiva, menos coyuntural.

E.H. Carr, historiador británico, publicó su libro La crisis de los veinte años unas semanas antes del inicio de la II Guerra Mundial. El libro se ha convertido en un clásico entre los que tienen una interpretación realista de las relaciones internacionales. Por ejemplo, vemos en esta reflexión que la Sociedad de Naciones nació del Tratado de Versalles en un momento en que se impusieron a Alemania fuertes sanciones, con un fuerte componente vengativo por las responsabilidades que contrajo en el inicio y en el desarrollo de la I Guerra Mundial. Esta organización internacional nació del lado vencedor y no ejerció ninguna crítica hacia la que denominó Keynes la «paz cartaginesa». 

Podríamos decir que las convenciones internacionales, que nacen en cierta medida como expiación de nuestra soberbia cuando finalizan grandes conflictos, tienen en general un tiempo de máxima eficacia, un periodo de languidez y un final. La Paz de Westfalia de 1648 tal vez sea el pacto más trascendente, el que supuso un cambio más radical de los firmados en Europa, que durante siglos ha sido el escenario principal de la Historia. Este tratado acabó con la Guerra de los Treinta años y la de los Ochenta, mantenida por España en los Países Bajos, consolidando la soberanía nacional de los Estados y confirmando la supremacía de Francia en el continente, en detrimento del poderoso Imperio español; de la misma forma, se puede considerar que puso punto final al dominio cultural, espiritual y político de Roma. Napoleón hizo añicos aquel pacto invadiendo toda Europa y, tras su derrota definitiva, se celebró la Conferencia de Viena, dando carta de naturaleza como grandes potencias europeas a Rusia, Austria, y reafirmando a Prusia en 1814, siempre considerada como un peligro por los franceses.

Con guerras en el continente, que definían la influencia de la conferencia de Viena, al fin Europa se vio envuelta en la I Gran Guerra Mundial. Concluida la guerra, que literalmente arrasó Europa con la ayuda de la intervención americana, se firmó el Tratado de Versalles y la creación de la Sociedad de Naciones, inspirada por Woodrow Wilson y su idea disruptiva de la autodeterminación, que ponía fin, en cierta medida, al colonialismo europeo. La primitiva ONU fue, desde sus primeros pasos y, claramente, desde el acceso de Hitler a la cancillería alemana, una organización ineficaz e inútil para encuadrar y asimilar los nuevos fenómenos totalitarios representados por el comunismo soviético y el nacionalsocialismo alemán. El resultado inevitable fue la II Guerra Mundial. 

«Nos encontramos con la posibilidad de que se verifique lo que se denomina como trampa de Tucídides»

Después de la II Guerra, terrible arquetipo de la inhumanidad del ser humano, apareció la actual ONU, inspirada en la necesidad de que no volvieran a suceder nunca más las atrocidades de los años cuarenta. Su vigencia, con limitaciones, se puede considerar una historia que ha aunado tanto éxitos de consideración como fracasos notables. La tendencia a abarcar ámbitos que sobrepasaban la relación entre los Estados y la nueva tensión entre China y EEUU han abierto sin duda una quiebra en su autoridad moral. Tengo la impresión de que hoy EEUU siente de verdad amenazada su supremacía por parte de China. La URSS nunca compitió con los americanos en campos distintos al militar; tecnológica y económicamente, EEUU siempre mantuvo su supremacía. Hoy vemos que no se repite la situación; puede parecer que la importancia militar estadounidense no ha decaído, pero el aumento de la influencia de China en ámbitos como el tecnológico y en general el económico, basados en una evidente falta de libertad y de derechos individuales, confirma esa impresión amenazante. 

En esta situación nos encontramos con la posibilidad de que se verifique lo que se denomina como trampa de Tucídides, al razonar el historiador griego, cuatro siglos antes de nuestra era (hace más de 2400 años), sobre las causas de la conocida Guerra del Peloponeso, diciendo: «La causa más real, aunque la menos manifestada de palabra, creo que fue el hecho de que los atenienses con su engrandecimiento inspiraron temor a los lacedemonios y les forzaron a la guerra…» Ahora toman la afirmación de Graham Allison como una regla inalterable; sin embargo, hoy es más posible que nunca quebrar el pesimismo de esa referencia histórica, porque existen o se pueden crear mecanismos internacionales que garanticen una coexistencia pacífica. Pero esa posibilidad, que yo deseo, no se conseguirá con el buenísimo que ignora los cambios inevitables que impone esta situación: estamos ante una realidad internacional que languidece; el apresurado Macron hablaría de «muerte cerebral», y un futuro que no ha aparecido entre las tinieblas de lo desconocido.

Trump es un personaje atrabiliario, que no se puede querer si no eres un votante suyo, pero tengamos en cuenta que Biden no cambió nada de lo que hizo en política exterior, y posiblemente el próximo presidente, aunque fuera demócrata, y si no es como el alcalde de Nueva York, cambiará pocos de los aspectos más nucleares de su política en este segundo mandato. Nosotros, trascendiendo los cánticos pacifistas, deberíamos evitar lo que ha sido habitual durante dos siglos en la política internacional: no ser, no estar. Debemos estar con Francia, Gran Bretaña, Alemania e Italia y, dentro de lo que cabe, sobre todo con EEUU, administrando mandatos peculiares y presidentes que no sean asimilables al gobierno de turno. Tenemos la misma necesidad que el resto de los países mencionados y más bazas que la mayoría… Sería una pena que siguiéramos dedicados a consumirnos en nuestras propias miserias domésticas.

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