Trump y Dante Alighieri
«El ‘No a la guerra’ es una reacción impostada. La realidad es que EEUU utiliza las bases cuando quiere, y Europa no tiene en cuenta los revoltijos morales hispánicos»

Ilustración de Alejandra Svriz
Dante Alighieri, quizá el primer escritor moderno, vivió una Italia absolutamente convulsa, esa que en la Edad Media vio luchar a güelfos y gibelinos. El conflicto tenía como trasfondo la batalla entre el papado, que era apoyado por los güelfos, y el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, sostenido por los gibelinos. Aquella guerra suponía, por tanto, la pelea entre los dos poderes universales que pugnaban por hacerse con el control del mundo conocido. No era sólo una cuestión territorial, pues por debajo se mezclaban cuestiones morales, religiosas y espirituales. El que ganase imponía al derrotado su manera de ver el mundo.
El poeta Dante, siempre curioso, participó activamente en estas revueltas. Combatió en Campaldino, escoltó a Carlos Martel, se erigió en cabeza de los güelfos blancos y sufrió el destierro. Nunca regresó a Florencia, murió en el exilio casi a la par que terminaba el tercer canto de su gran obra, el Paraíso de la Divina Comedia. Fue, por tanto, un hombre comprometido, que entendió que la geopolítica era algo más que una sucesión de guerras. En aquellos albores del Renacimiento, combatir junto a la bandera de una civilización suponía imponer un corpus moral que estaba fraguándose.
Nunca creyó Dante en aquellos que escurrían el bulto a la hora de elegir una pieza en el tablero del mundo. Precisamente en ese tercer canto, el poeta sitúa a los «indiferentes» o neutrales, es decir, a aquellos que no vivieron ni con infamia ni con alabanza, en el vestíbulo del infierno. Según su tesis, estos serían despreciados tanto por Dios como por sus enemigos.
Como quiera que la historia es cíclica, vivimos uno de esos momentos en que la hegemonía política y moral se pone al servicio del destino geopolítico. El incontestable dominio previo de Occidente se ha ido al carajo, y lo cierto es que Estados Unidos lo ha percibido sin ambigüedades. El Gobierno americano ha azuzado a todas las capas del país, por lo demás siempre comprometidas con estos temas bélicos, y busca una reacción de sus socios históricos para recuperar el margen perdido.
«El ‘No a la guerra’ es un eslogan cartón piedra que sólo busca movilizar al electorado apelando a sentimientos muy primarios»
Pienso en Dante y en su odio hacia los tibios cuando veo que, mientras en España se rotulan cartelitos de «No a la guerra» para exhibirlos en estados de WhatsApp y en el reverso de las tazas de café mañaneras. No me malinterpreten, todo el mundo quiere paz. Pero esto es otra cosa. Es una reacción impostada, un eslogan cartón piedra que sólo busca movilizar al electorado apelando a sentimientos muy primarios. No pocos votos caerán en la urna cuyo motor será el españolito que cree salvar el mundo con una bandera blanca entre dos trincheras.
Pero la realidad es distinta. EEUU utiliza las bases españolas cuando quiere, y Europa no tiene en cuenta los revoltijos morales hispánicos. Dicho de otro modo, España queda fuera del apoyo norteamericano y del poder de decisión europeo dado el infantilismo con el que sus gobiernos afrontan esta especie de punto de inflexión mundial en torno a sus élites. Así que sólo nos queda pensar en Dante, y en lo calentitos que estaremos en el vestíbulo del infierno rodeados de aquellos que no supieron elegir su lado en la contienda.