The Objective
Daniel Capó

El salvoconducto

«Sin un plan de futuro, se desemboca en la nada: en un vacío de poder que tiende a ser ocupado enseguida. Así sucedió en Afganistán y en Irak»

Opinión
El salvoconducto

Ilustración generada mediante IA.

La cultura clásica nos enseña a mirar. Y también a juzgar. En los relatos de la Biblia, el mal nunca excluye la esperanza. Quiero decir que, en sus historias, el hombre no se reduce únicamente a su pecado, por muy grave que haya sido. Nos dice el Génesis que, justo después de la expulsión del Edén, el primer acto fue un asesinato. El clamor de la sangre inocente llegó hasta Dios, que condenó a Caín a llevar una marca en la frente. Este tatuaje en su rostro no sólo lo señalaba ante los demás, sino que también lo protegía como un salvoconducto. «No lo toquéis», venía a decir, «porque debe vivir y comenzar de nuevo». De aquella estirpe de criminales nacerían la cultura, las ciudades, la forja del metal, la músicaSe trata de una de las intuiciones más profundas de la tradición bíblica: la acción del mal nunca es definitiva ni la justicia opera con criterios vengativos.

En realidad, lo contrario del perdón es la negación de la esperanza. Nuestra culpabilidad nos fija en la historia. Nos convertimos en aquello que hicimos (o que hemos seguido haciendo), sin la posibilidad de un matiz ulterior. Hay algo degradante en este dictamen. Cuando esa forma de juzgar se eleva a las atalayas del poder, surge algo parecido al nihilismo. Hay un nihilismo ateo y otro creyente, del mismo modo que hay un nihilismo de izquierdas y otro conservador. No hablo del vacío moral que corroe la identidad, sino de quienes creen tan profundamente en la maldad del adversario que ven su destrucción como una virtud.

Lo pensaba estos días, ante las noticias que llegan de Irán. Las imágenes nos muestran un horror de ida y vuelta. La crueldad del régimen de los ayatolás no es nueva; tampoco su papel en una red de terrorismo global ni su empeño en dotarse de un arma nuclear. No podemos considerar a Irán como un actor secundario en el drama de Oriente Medio. Además, se halla en juego el petróleo, la superioridad regional, el destino del Estado de Israel y el eje de alianzas geopolíticas con Rusia y China.

La pregunta que quiero hacer, sin embargo, es por qué se ataca ahora a Irán. Desde la perspectiva de Netanyahu, la respuesta resulta sencilla: Israel busca terminar con una amenaza existencial. Desde Washington, por otra parte, la estrategia ya tiene forma: cercenar la red de regímenes adversarios antes de que el tablero geopolítico se consolide en contra de sus intereses. Se entienden las respectivas lógicas de ambos. Pero ¿y después qué? 

«La historia nos recuerda que las guerras se ganan en el campo de batalla, pero que pueden perderse en la paz»

Sin un plan de futuro, se desemboca en la nada: en un vacío de poder que tiende a ser ocupado enseguida. Así sucedió en Afganistán y en Irak. Y así sucede cuando se da rienda suelta a una pulsión meramente destructiva. Una guerra sin horizonte político nos condena a un callejón sin salida. El poder militar puede derribar imperios; sin embargo, es incapaz por sí mismo de construir una civilización. El previsible avance de los kurdos, la actitud martirial del chiísmo más activo, la extensión del conflicto a sus vecinos árabes, el cultivo del resentimiento tribal son consecuencias que ninguna victoria puede absorber. Moscú y Pekín contemplan desde la distancia la ruptura del derecho internacional. Los costes serán enormes. 

La historia nos recuerda que las guerras se ganan en el campo de batalla, pero que pueden perderse en la paz. Conviene subrayar aquí la palabra paz. Irán tiene 90 millones de habitantes, una civilización milenaria y una juventud que ya se levantó hace poco contra el régimen de los ayatolás. Tratarlos sólo como enemigos es, precisamente, la forma de nihilismo que debemos evitar. El mal nunca tiene la última palabra en la historia. Tampoco debería tenerla la destrucción que lo combate.

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