The Objective
Francisco Sierra

Romper las costuras de la UE

«Nadie nos considera un aliado fiel y creen que Sánchez, más allá de declaraciones sobre nobles ideales, juega solo a buscar beneficio electoral interno»

Opinión
Romper las costuras de la UE

Ilustración generada mediante IA.

El gran dilema sobre la unidad de acción y de autonomía que vive la Unión Europea crece desde hace años. Cada nueva crisis internacional evidencia todavía más la evidente pérdida de poder, tanto político como militar, en el orden internacional. Bruselas no lucha ya por hacer crecer su influencia; ahora su objetivo principal es que no revienten las costuras internas. Unas tensiones que no son ajenas a la polarización creciente que se vive en todas partes. El riesgo de tensar esas costuras ya se ha visto. La necesidad de unanimidad de los 27 países ante todo tipo de medidas ha paralizado decisiones cruciales. Ahora vemos con el ataque estadounidense e israelí a Irán cómo la UE se retuerce en la disparidad de reacciones. Posiciones públicas variadas de líderes de los países europeos que además son manifestadas con muy distintas intenciones e intensidades y buscando muchas veces más el efecto electoral interno que la búsqueda de una acción sincronizada de todos.

Europa lleva un año sufriendo el ninguneo y desprecio de un presidente norteamericano, Donald Trump, que consideraba que Estados Unidos tiene que dejar de pagar los gastos de una defensa militar coordinada mientras los países europeos evitaban ese compromiso. Su presión, hasta el insulto, para que todos los países de la OTAN llegaran al gasto en seguridad y defensa del 5% consiguió lo que buscaba. Solo Sánchez se negó ante la incredulidad de los socios aliados y el cabreo manifiesto de Trump. Jugaba el presidente norteamericano con la amenaza añadida de su caprichosa guerra de aranceles, sabiendo el daño que hacía a un comercio que es la única fortaleza que le queda a la UE. Ante ambas exigencias, Bruselas prefirió un mal acuerdo a la falta de acuerdo. Había que mantener como fuera la alianza con Estados Unidos. Nada más clarificador que las palabras y actitudes pacificadoras, cuando no sumisas, del secretario general de la OTAN, el holandés Mark Rutte, o de la presidenta de la Comisión Europea, la alemana Ursula von der Leyen. 

Este Trump de segundo mandato es consciente del poder casi absoluto que puede ejercer. No tiene reparos en hacer volar todo por los aires. Tras el petróleo de Venezuela, ahora ha ido a por Irán. En su ataque a Teherán no hay ningún planteamiento de recuperación de la democracia o de protección de los derechos humanos de los iraníes. Es una guerra que al que interesa de verdad es a Israel para destruir la amenaza permanente que sufren del régimen iraní, y ese objetivo lo están consiguiendo. 

Trump, más allá de la destrucción del supuesto poder nuclear iraní, no tiene un planteamiento pensado para esta guerra que puede alargarse en el tiempo. Sus declaraciones siguen siendo infantiles, contradictorias, insensibles, chulescas. De matón de barrio. Una guerra sin plan b que ha generado ya el bloqueo del petróleo y abre una crisis económica mundial con el miedo a una inflación disparada en pocos días.

En este contexto, los líderes de la UE se han movido entre el silencio mayoritario y el pulso. Un silencio que ocultaba la falta de colaboración con el ataque norteamericano en un intento de no mojarse. Y luego está el pulso de Sánchez, con los altavoces a todo trapo, alardeando de no ceder las bases de Rota y de Morón de la Frontera para los aviones cisterna norteamericanos que participaran en los ataques. Sánchez ha buscado exhibirse, una vez más, como el único que se enfrenta en Europa a Trump. La realidad es que las bases conjuntas en España han sido usadas antes, durante y después de los ataques por los aviones norteamericanos.

Buscó un nuevo enfrentamiento con Trump solo para sus supuestos beneficios electorales. Ese Sánchez vestido de «superhéroe», como le llamó la ministra de Igualdad, Ana Redondo, en una de las más vergonzosas adoraciones al líder vistas en el PSOE (y eso que ha habido muchas), se vino arriba cuando el lunes la presidenta Von der Leyen decía que «Europa ya no puede ser la guardiana del viejo orden mundial, de un mundo que ha desaparecido y que no volverá». Y continuaba la presidenta señalando que, pese a que la UE «siempre» defenderá «el sistema basado en normas», añadió que «Europa ya no puede ceñirse solo a esa estructura para proteger sus intereses». 

Unas declaraciones, las de Von der Leyen, que podían ser entendibles de dos formas: como la descripción de una realidad o como la declaración de una propuesta de cambio en la orientación de la política de la UE. Ni Sánchez, ni Albares, ni la vicepresidenta de la propia Comisión Europea, Teresa Ribera, perdían un segundo para armar un discurso en el que daban por hecho que la alemana se plegaba a Trump y aceptaba, e incluso insinuaba que había que empezar a saltarse el derecho internacional en ese nuevo orden internacional. 

Algo había y Ursula von der Leyen ha tenido que salir ante el pleno del Parlamento Europeo a dejar claro que la Unión Europea «siempre defenderá» los principios de la Carta de Naciones Unidas y del Derecho Internacional. Y ha insistido en mantener que «ver el mundo tal como es no disminuye en absoluto nuestra determinación de luchar por el mundo que queremos». Una declaración necesaria para mantener la unidad en torno a los principios democráticos legales en los que se basa e inspira la UE.

Detrás de todos estos cruces de declaraciones aparecen de nuevo esas costuras que de momento aguantan, pero que ponen el foco en el difícil equilibrio que se vive en Bruselas, donde la polarización crece día tras día. Publicaba El Mundo que la propia Von der Leyen había trasladado a su círculo más cercano que tenía dos problemas en el Consejo: Sánchez y Orbán, porque ambos líderes rechazaban de manera habitual sus propuestas solo por «obtener un rédito político nacional, un beneficio electoral». Y remataba que Sánchez «busca beneficios electorales en España, todo el mundo se ha dado cuenta».

Lo cierto es que España en los últimos tiempos ha quedado relegada de toda reunión importante no oficial de países miembros de la UE y de la OTAN. Nadie nos considera un aliado fiel y creen que Sánchez, más allá de declaraciones sobre nobles ideales, juega solo a buscar beneficio electoral interno. Puede ser verdad y hay tantas evidencias que seguro que es verdad, pero no es el único. Cada país sigue manteniendo prioridades nacionales por encima de la búsqueda de una UE unida, rápida y autónoma. 

Más allá de la cuestión sobre los valores y principios de Naciones Unidas o del derecho internacional, la verdadera crisis de la UE es resolver la rigidez y dificultad que implica la unanimidad de los Veintisiete en cualquier decisión de calibre. Ya existen distintas esferas de entendimiento, de complicidad y de velocidad entre algunos que buscan más eficacia. La complejidad no es poca. Las sensibilidades nacionales surgen siempre, pero hay un triángulo formado por Alemania, Francia e Italia que están haciendo por superar las diferencias y mejorar en eficacia. Sánchez, como Orbán, pareciera que juega a aumentar las diferencias. Intenta imponer su estilo. Por no dar a Bruselas, no da —por segundo año consecutivo— ni los presupuestos generales. Sánchez está jugando a forzar todavía más las costuras. Cuidado, porque se pueden romper. España necesita una UE fuerte y no debe ayudar a debilitarla. Sería hacerle el juego a Trump, entre otros.

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