Ayatola no me toques la pirola
«Entre las mentiras de EEUU e Israel para justificar su ataque a Irán destaca la de liberar al pueblo de la dictadura»

Ilustración de Alejandra Svriz.
«Sabes que no soy el Shá / pero en el nombre de Alá / te lo pido una vez más: / ¡no me toques la pirola jamás!», cantaban en los años ochenta los punkies de Siniestro Total. Hoy el nuevo punk es la derecha trumpista, publicitando sus propios crímenes de guerra en redes sociales con montajes de videojuegos o a ritmo de La Macarena. Trump no conoce a Los del Río, ni tampoco a Siniestro Total, pues odia con toda su alma la cultura hispana y la lengua española (mal que le pese a Ayuso). Pero fácilmente le podríamos imaginar en su residencia de Mar-a-Lago canturreando malhumorado «ayatola no me toques la pirola más». Los yanquis creyeron que acabar con los ayatolás iba a ser tan fácil como quitar a Maduro y poner a Delcy, y ahora los iraníes les están tocando la pirola a base de bien.
En la Casa Blanca partieron de tres premisas espectacularmente fallidas: 1) los ataques serán ampliamente celebrados por los iraníes y propiciarán un cambio de régimen con apoyo popular. 2) El asesinato del ayatolá Jamenei decapitará al régimen y desmoralizará a sus partidarios dentro de Irán y en el resto del mundo. Y 3) el próximo ayatolá quedará en una posición de intimidación, debilidad y deslegitimación. Estas ideas solo pueden provenir de jerifaltes trumpistas cuyo conocimiento sobre Irán cabe en las cuatro estrofillas de Siniestro Total. De hecho, se solapan en la letra: su pretexto de guerra —Irán cuelga a homosexuales en grúas y encierra a las mujeres por no llevar velo— podrían simplemente citarlo de los punkies gallegos: «Pueden colgarte de los pies / y te fusilan también / y se llevan a la chica ye-yé». Lo digan en prosa o en verso, no están convenciendo a la población estadounidense de apoyar a Trump y Netanyahu en su siniestro total de estrellarse contra Persia.
Tenemos aquí espacio para analizar solamente la primera premisa fallida. Entre las mentiras de EEUU e Israel para justificar su ataque a Irán destaca la de «liberar al pueblo de la dictadura». Mentira, porque la inteligencia estadounidense (la CIA) había advertido a la estulticia estadounidense (la Administración Trump) de que el resultado más probable de matar al ayatolá Jamenei sería el de un sustituto más duro y una radicalización del régimen. Siempre cabe la duda de si los mandamases de Occidente son simplemente ignorantes a quienes les sale el tiro por la culata, o si realmente son malvados que empujan al mundo hacia sus peores escenarios con tal de saciar sus fantasías de violencia y dominación.
Es cierto que Irán es un país dividido entre los partidarios del régimen y una fuerte oposición, pero no más dividido que Occidente, con una Europa cuyos líderes están en mínimos de popularidad y con unos EEUU e Israel hiperpolarizados, en los que la mitad de la población celebraría la eliminación de Trump o Netanyahu en cantidad semejante a aquellos que en Irán han celebrado la muerte del ayatolá. Lo que han logrado las bombas ha sido mandar a sus casas y a refugios a la oposición, siguiendo instrucciones de Trump («no abandonéis vuestros hogares, esperad a que hayamos terminado») y del príncipe Pahlavi («esperad a regresar a las calles cuando sea el momento adecuado»). Se han desmovilizado los miles de disidentes que en pasados meses habían logrado tomar las calles, sustituidos en el espacio público por muchos miles más de iraníes llorando a Jamenei padre y celebrando a Jamenei hijo. El régimen ha recuperado la iniciativa política gracias al efecto patriótico generado por los bombardeos gringo-sionistas.
Pese a todo, grandes informativos occidentales han apoyado la mentira de la «libertad». El portal AllSides, especializado en sesgos informativos, ha destacado cómo «los medios han puesto diferente énfasis en las celebraciones y las lamentaciones» del asesinato de Jamenei. Medios de países de la OTAN, por ejemplo los noticiarios turcos, «exageraron la importancia de las protestas dentro de Irán». Medios de sesgo conservador, como el New York Post o Fox News, solo «mencionan brevemente las protestas contra la guerra», pero cubren todas las celebraciones en Irán y en el resto del mundo por parte de la diáspora iraní. Muy pocos dan verdadera voz a miembros de esa diáspora: en The Guardian escribe un exiliado iraní que para ellos «la muerte de Jamenei no es ninguna tragedia, pero la guerra ilegal de Trump sí lo es», y aunque hay opositores «desesperados por un cambio de régimen a cualquier precio», muchos otros «creen lo contrario» y «a todos en la diáspora nos atenaza el miedo por nuestros familiares que siguen en Irán» bajo las bombas.
El New York Times subtitula «Grandes masas de personas celebran el asesinato de Jamenei», pero dentro del cuerpo del texto encontramos el testimonio de un iraní que niega que deseen un cambio de régimen por la violencia: «la mayor parte de iraníes solo quieren tener sus necesidades básicas cubiertas» mediante «un trato entre el Gobierno y los EEUU que levantase las sanciones, mejorase la economía y detuviese los ataques aéreos». La BBC también destaca las celebraciones, pero leyendo en detalle las entrevistas a iraníes, encontramos a un anónimo en Teherán que creía que iba a estar contento el día que muriese Jamenei, pero que finalmente «no ha sentido nada» más que incertidumbre sobre el futuro. Otro habla de esperanza, pero la mezcla con sentimientos de miedo y estrés. Una opositora afirma que «[se alegran] cuando golpean al régimen», pero sobre todo «[se preocupan] por [su] futuro cuando mueren niños y destruyen la infraestructura de [su] país». Alguno que inicialmente celebró, en los siguientes días «ya no estoy feliz, ni siquiera triste», solo le queda la fatiga de la guerra.
Hemos visto a la CNN informar de «celebraciones tras la muerte de Jamenei» con la voz grabada de dos mujeres gritando «muerte a la república islámica» —es cierto—, pero a continuación «larga vida al sah»; ¿celebraciones por la libertad o partidarios de la restauración de otra dictadura de signo distinto? También se han mostrado festejos anti-Jamenei en las calles y derribos de estatuas del ayatolá en la plaza, como si fueran el estado general de todo Irán, sin ofrecer contexto: muchas son imágenes de lugares como Lapuee o Abdanan —enclaves de la oposición donde hubo gran número de muertos—, o de la provincia de Ilam —zonas étnicamente kurdas que no representan el sentir de la población persa—.
«Los yanquis creyeron que acabar con los ayatolás iba a ser tan fácil como quitar a Maduro y poner a Delcy»
La escultura derruida de Jamenei recuerda a otro episodio de manipulación mediática: el derribo de la estatua de Sadam Hussein, instigada por la prensa de Washington, que generó una falsa sensación de apoyo popular a la guerra de Irak, engañando a la opinión pública occidental y a las tropas de la OTAN, que en los siguientes años habrían de llevarse amargos disgustos. Uno de los hombres que tumbaron la efigie de Sadam se llamaba al-Jabouri, y dijo haberse arrepentido en cuanto vio que sobre la estatua erigían la bandera gringa, y posteriormente al ver su país sumido en una decadencia peor que «la de mil Sadams». Afirmó que reconstruiría la estatua de Sadam con sus propias manos, si no temiese represalias por parte de aquellos que habían venido a traerle «libertad». ¿Pasará lo mismo con quienes hoy se alegran en Irán? Puede ser que cientos, miles o millones de iraníes crean que los misiles de EEUU e Israel están ahí para liberarles; la historia está llena de ilusos que abrazaron a opresores como libertadores: desde el susodicho Irak de 2003 hasta la Ucrania que en 1941 dio la bienvenida a Hitler contra Stalin, pasando por el mismísimo Irán que en 1979 se volcaba con Jomeini como libertador frente al sah.
Lo verdaderamente retorcido está en cómo Occidente retuerce la ilusión de estos insensatos para justificar su guerra. Siempre tan preocupados por la voluntad democrática, buscan convencernos de que es el propio pueblo iraní quien desea que las bombas lluevan sobre sus cabezas. Que no nos toquen la pirola.