Bryce Echenique siempre en huida
«El alcohol que lo hacía feliz, lo tumbaba igual que hacía el amor o el fuerte deseo de cambiar de casa. La literatura (la mejor literatura) era su reino»

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Huir de uno, del mundo o de las cosas no es una actitud tan extraña, pues ese huidor, en realidad, en la casi permanente huida, trata de encontrarse a sí mismo. Por eso se llena de pletórica o feliz melancolía (no es contrasentido) y le da al trago y las historias de amor —algunas más que las oficiales— y nunca cuajan, porque la búsqueda no cesa y aparentemente no puede cesar. No recuerdo cuándo conocí a Alfredo Bryce Echenique (1939-2026), pero debió de ser en los tiempos en que, viviendo en Francia como profesor, venía más cada vez a España.
Pero lo traté mucho y en cercanía en los noventa, alrededor de la tertulia y comidas que hacíamos con Carmen Romero, ex de Felipe González hoy. Bryce venía mucho y era agilísimo contando historias y poderoso bebiendo, lo que le soltaba más la lengua. Limeño, de una familia oligarca de banqueros, él contaba que aquello prácticamente se acabó cuando el presidente de Perú, Juan Velasco Alvarado, nacionalizó el Banco Internacional de Perú, en 1970, del que habían sido directores su padre y su abuelo. En ese tiempo (pese a su aire tan británico en el vestir), Alfredo ya estaba en Europa y venía de publicar su primera y una de sus mejores novelas, Un mundo para Julius, de claro fondo autobiográfico. ¿Fue un tardío autor del aclamado boom latinoamericano? Es un avatar de fechas, pero fue un magnífico escritor que escribía con el ritmo mismo de su habla.
Uno no puede leer (conociendo a Alfredo) La vida exagerada de Martín Romaña —1981, yo la leí después— sin pensar en él, o verlo a él de continuo. Fue un autor en la esfera del boom; se le apliquen después los distingos que se quieran. Tenía mucha más potencia narrativa que el cubano Severo Sarduy, por ejemplo, que sí es otra cosa. Amigo de Cortázar o de Vargas Llosa, ya en Europa, hay quien forma una línea de novelistas peruanos que iría de Mario Vargas Llosa a Jaime Bayly, pasando con rotundidad mayor por Alfredo Bryce…
Alfredo se enamoraba mucho (se casó tres veces), se deprimía a menudo, medicado, y se emborrachaba con una felicidad que le hacía daño. Creo que fue en casa de Chus Visor, con Pepe Esteban delante, cuando nos narró lleno de viveza —hacia 1994— su ida en tren a participar como conferenciante en el entonces notorio Cultural Albacete. Desde Madrid a la ciudad manchega no dejó de beber whisky y alegre, contento, deseoso de abrazar a unos amigos esencialmente nuevos que lo iban a recoger, salió a la portezuela del tren, entrando en la estación, y entre tanto entusiasmo dipsómano, se cayó al andén y tuvo que pasar días hospitalizado. No pudo dar la conferencia, claro es.
Como el título de su primer y brillante libro de cuentos (1974), pudo también decir La felicidad ja ja. Tenía éxito y no poco y casi nada en la vida le salía bien, a su sentir. Cuando cantaba o tarareaba un himno de su país, «Soy valiente, soy peruano…», uno sabía que iba a comenzar la danza. Su más discreto amigo era el cuentista peruano, Julio Ramón Ribeyro, que vivía en París y que era muy tímido. Quien haya leído —además de lo dicho— Permiso para vivir, su primer tomo de antimemorias de 1993, o, dos años después, No me esperen en abril, en buena medida corolario de Un mundo para Julius, no podrá tener duda de que está ante un muy importante escritor en nuestra lengua.
«Alfredo se enamoraba mucho (se casó tres veces), se deprimía a menudo, medicado, y se emborrachaba con una felicidad que le hacía daño»
En 1994 presentó en Madrid, en una comida de Planeta, mi novela Divino. Aunque entraba, salía, tropezaba y huía, parecía exitoso y feliz, pero en 1997 declaró que era momento de regresarse a Perú, y lo hizo. En una teórica última cena, lo abracé para decirle adiós o hasta pronto, quién sabía, y me susurró: «Debes ser feliz, Luis Antonio, tú te mereces ser feliz». Quizás eso lo diría de corazón mucho y a muchos, porque Alfredo era hombre en el buen sentido de la palabra bueno. Al cabo de un año vino a España y se volvió a marchar, así hasta entrado el inicio de los 2000.
Poco después tuvo un tropezón literario grave —en 2009— del que, a mi entender, no se supo defender bien. Había plagiado artículos de algunos autores que publicaba (por dinero seguro) en periódicos de poco renombre. Le multaron, pero en 2012 estalló de nuevo el escándalo mismo, al otorgarle el Premio de Literatura en Lenguas Romances en la FIL, la Feria del Libro de Guadalajara. Varios conocidos autores mexicanos, entre ellos Fernando del Paso y Juan Villoro, declararon que no se podía dar ese premio a un «plagiario», y no le dieron el premio, aunque se lo llevaron más tarde y como en secreto a Lima. Todo esto (por unos artículos de periódico) hizo mucho daño al nombre literario de Alfredo, tan brillante. Quedó no poco apagado y él terminó retirado a un lugar de la costa del Pacífico a terminar sus Antimemorias, con Permiso para retirarse (tercer y último tomo) en 2021. Decía que su obra estaba hecha, o eso creía. Murió hace unos días, al mes de haber cumplido 87 años.
Toda la historia de Alfredo Bryce Echenique es huida, calidad y traspiés en busca de una felicidad que (como casi siempre) solo llega en contados momentos. El alcohol que lo hacía feliz lo tumbaba igual que hacía el amor o el fuerte deseo de cambiar de casa. La literatura (la mejor literatura) era su reino. Y a él volverá si no ha estado en él siempre.