El préstamo moral del pacifismo
«El ‘No a la guerra’ es poco más que un gesto, pero repara el saldo moral de quien evita revisar su voto»

Imagen generada por la IA.
Cuando el partido al que apoyamos acumula escándalos, no solemos pedir una auditoría completa de los hechos. Nos conformamos con un préstamo moral. El pacifismo de consigna cumple esa función. No borra la corrupción, la incompetencia o la arbitrariedad. Pero abarata el coste de seguir respaldando a quien las ha normalizado.
La consigna tiene un apoyo real, pues el Gobierno vetó el uso de Rota y Morón para Irán. Pero ese gesto no define su política: parece haber mantenido su espacio aéreo abierto para los bombarderos estadounidenses a la vez que incrementaba su gasto en defensa. El lema solo convierte un gesto menor en todo el relato.
Que España no participe directamente en la guerra no debilita el argumento. Lo refuerza. Las consignas políticas rara vez funcionan cuando son completamente falsas. Funcionan cuando contienen una verdad parcial que puede presentarse como completa. El ‘no a la guerra’ no niega todos los hechos; selecciona uno menor y lo convierte en síntesis moral de una política mucho más compleja.
Las consignas eficaces cuentan con la colaboración de quien las recibe. Nosotros mismos ponemos de nuestra parte cuando una fórmula nos permite mantener la autoestima sin computar toda la cuenta. El lema no solo ahorra información: evita la necesidad de rectificar.
La política exterior favorece este mecanismo. Exige mucho análisis, socializa los costes y ofrece un rendimiento individual casi nulo a quien se informa a fondo. Reconstruir qué permite un convenio, qué uso tienen unas bases, qué implica un despliegue o qué compromisos se asumen en la OTAN cuesta tiempo. Un voto aislado no decide nada. Para casi todos, el beneficio privado de informarse para votar bien es mínimo. En ese contexto, es racional usar atajos morales.
El voto dice entonces menos sobre Irán que sobre la identidad política que queremos conservar. Cambiar el sentido del voto no es solo admitir un error, sino cambiar de tribu. No solo entraña un coste psicológico, sino, sobre todo, un coste social que muchos prefieren evitar. Una consigna pacifista nítida ayuda a esquivarlo. Nos permite seguir en el mismo sitio y, a la vez, recuperar ventaja moral frente a los rivales.
El pacifismo tiene en España una ventaja adicional. Activa una memoria política muy fuerte desde 2003 y evita discutir la arquitectura real de seguridad. Basta con dividir la escena entre quienes quieren la paz y quienes aceptan la guerra. La simplificación es pobre. Su rendimiento político, alto.
«El ‘no a la guerra’ resulta rentable, es inmediato, no requiere demasiada explicación y ordena el conflicto en una jerarquía moral comprensible»
Por eso el ‘no a la guerra’ resulta tan rentable. Es inmediato, no requiere demasiada explicación y ordena el conflicto en una jerarquía moral comprensible. Su fuerza no depende de describir toda la realidad, sino de simplificarla lo suficiente para volverla útil. No exige consistencia plena entre lo que se dice y lo que se tolera. No importa que deje demasiadas cosas fuera. Importa que funciona.
Su utilidad doméstica sobrevive incluso al contraste con los hechos. El mismo Gobierno que ahora se viste de pacifista ha aprobado un plan de 10.471 millones de euros para alcanzar el 2% del PIB en seguridad y defensa. Y el 10 de marzo autorizó una transferencia de 1.339,5 millones al Ministerio de Defensa para atender «necesidades ineludibles». La contradicción, en rigor, no es tal. Se puede rechazar esta guerra concreta y, al mismo tiempo, reforzar la política de defensa. Pero el lema borra esa complejidad y la sustituye por una superioridad moral mucho más barata y manejable.
Siempre habrá algunos votantes que distingan entre un veto puntual, una estrategia de defensa más intensa y la retórica con que se presenta todo ello. Pero la política no la deciden los votantes informados. La decide ese electorado al que le basta una señal simbólica para cerrar los ojos y seguir votando como siempre. No solemos exigir coherencia completa entre fines, medios y costes. Nos basta con cualquier formulismo que nos permita seguir apoyando a los nuestros sin asumir lo que ese apoyo implica.
Eso explica por qué estas consignas son tan valiosas para el poder. Cuando un gobernante comprueba que un simple gesto moral puede tapar sus escándalos, carece de incentivos para corregirse. Le basta con producir una serie continua de gestos.
No estamos ante propaganda frente a una ciudadanía pasiva. Estamos ante un intercambio: el poder ofrece simplificaciones morales y su votante le devuelve rédito político. Aunque en este episodio la demanda se concentra en el electorado que sostiene al Gobierno, la lógica es general. Mientras prefiramos una excusa moral a la evaluación dolorosa de la realidad, seguiremos recibiendo políticas simbólicas en lugar de responsabilidad. Simbólicas y con una gran dosis de autoengaño interesado. La corrupción no desaparece. Cambia de nombre.