Sánchez gallea a Trump mientras cierra Almaraz
«Es urgente priorizar el pragmatismo sobre las pancartas antes de que la realidad nos deje los últimos de la fila y sin calefacción»

Imagen generada con IA.
Como estamos comprobando a bofetadas, vivimos en un mundo donde la energía dicta el pulso de las naciones. Pedro Sánchez puede desafiar al Gobierno americano y subirse al carro desvencijado del ‘no a la guerra’ zapateril. Pero todo serán victorias pírricas, pues la izquierda aún se apoya en ideologías de los setenta basadas en el contexto tecnológico de los setenta. Mientras el presidente español y sus aliados progres se enredan en pancartas antinucleares y mantienen la previsión del cierre de la central nuclear de Almaraz, la Administración estadounidense demuestra cómo la independencia energética puede transformar la geopolítica global. No es casualidad que Trump, respaldado por el auge del fracking, haya podido lanzar operaciones militares audaces contra el régimen de los ayatolás en Irán, un movimiento que algunos analistas atribuyen directamente al «dominio energético» de EEUU. La paradoja española es evidente, pues Sánchez, guiado por un ecologismo dogmático, acelera el cierre de instalaciones nucleares clave bajo el lema de una transición verde que ignora las vulnerabilidades energéticas de Europa.
Esta decisión no solo pone en jaque el suministro eléctrico nacional, sino que expone a España a fluctuaciones en los mercados globales, especialmente en el contexto inacabable de las tensiones en Oriente Próximo. Recientemente, uno de los reactores de Almaraz se desconectó por motivos económicos, víctima de unos precios en el mercado eléctrico tan bajos que hacen inviable su operación sin subsidios o reformas estructurales. Y eso que las propietarias de la planta, Iberdrola, Endesa y Naturgy, presionan por conseguir una prórroga hasta 2030, respaldadas por argumentos técnicos que destacan la seguridad y eficiencia de la central.
El Consejo de Seguridad Nuclear evalúa esta solicitud, pero el Gobierno parece sordo a las advertencias sobre el impacto en el PIB extremeño y el empleo local. Teresa Ribera, otrora ministra de Transición Ecológica y gran impulsora del desmantelamiento nuclear en España, ahora desde su puesto en la Comisión Europea aboga por un plan masivo de inversión en energía atómica. Este giro, que implica destinar hasta 240.000 millones de euros hasta 2050 para extender la vida de las plantas existentes y construir otras nuevas, incluyendo minirreactores, busca reforzar la autonomía energética de la UE y descarbonizar las industrias pesadas. Estupendo, pero, ¿y en casa, qué?
Es irónico que mientras que en Madrid se cierran puertas a lo nuclear por motivos ideológicos, en Bruselas se abran ventanas de oportunidad para un «renacimiento» atómico que podría mitigar tanto la dependencia del gas ruso como la del petróleo del Golfo. ¿De dónde saca Sánchez para tanto como destaca? Todo se apoya en una retórica vacía que prioriza el ‘no a la guerra’ sobre la seguridad energética real. En contraste, Estados Unidos bajo Trump ha convertido el fracking en un arma estratégica. La revolución del gas de esquisto ha catapultado a EEUU como exportador neto de energía, reduciendo la importancia del estrecho de Ormuz para su economía. Este desarrollo permitió a Trump autorizar ataques que eliminaron este mes pasado a un enemigo histórico, el líder supremo iraní Alí Jamenei, sin temer un colapso energético doméstico.
A diferencia del petróleo, cuyo precio es global, el gas natural es más regional, aislando a EEUU de shocks que golpean duramente a importadores como China o India (aunque la persistencia de la guerra pueda causar algunos sobresaltos también en este país). Trump apuesta por este «dominio energético» para amortiguar los impactos de la guerra en Irán, manteniendo precios estables y beneficiando a sus productores domésticos. Europa, por su parte —y de ahí las recientes (y discutibles) declaraciones de Von der Leyen— comienza a entender que la dependencia energética trasciende los eslóganes pacifistas. La invasión rusa a Ucrania ya expuso las fragilidades, y ahora el conflicto en Irán acelera la necesidad de diversificar las fuentes de energía. Sin embargo, España, bajo Sánchez, opta por un camino sin salida real, cerrando Almaraz en un momento en que el Parlamento Europeo evalúa su impacto económico y social.
En este panorama, vale la pena destacar el análisis de Quico Toro, periodista y politólogo venezolano conocido por su aguda visión sobre regímenes autoritarios y crisis energéticas. En su libro El suicidio de Venezuela, Toro desmenuza cómo la mala gestión de recursos naturales puede llevar al colapso de una nación, un paralelismo inquietante con decisiones ideológicas que ignoran las realidades geopolíticas. Toro, colaborador en medios como The New York Times y Financial Times, advierte en su libro Charlatanes sobre los peligros de la dependencia y de los charlatanes políticos. Y es que países como EEUU se permiten afirmar su poder gracias a la innovación energética mientras otros caen en trampas ideológicas. Sánchez puede gallear a Trump, pero el cierre de Almaraz, por ejemplo, nos deja expuestos en un mundo donde la energía es poder. Sin tener que abandonar necesariamente y sin discusión las normas del Viejo Mundo, como parece sugerir ahora Von der Leyen, es urgente priorizar el pragmatismo sobre las pancartas antes de que la realidad nos deje los últimos de la fila y sin calefacción.