Una nación mal educada
«La educación es esencial para tener una ciudadanía formada y culta, capaz de entender su historia, defender sus intereses y no dejarse arrastrar por la demagogia»

Ilustración de Alejandra Svriz.
La Educación, en mayúsculas, es una de las instituciones más importantes de cualquier país que se precie. Es el motor del desarrollo personal, económico, cultural y, en suma, nacional. De ella depende en buena medida que una sociedad prospere, que sus ciudadanos sean más libres y capaces. Y, sin embargo, la educación española sufre una degradación evidente. Se ha apostado por la «pedagogía del brilli brilli», por una idea de la enseñanza cada vez más vacía de contenido y más obsesionada con parecer moderna que con ser útil. Mientras tanto, los profesores hablan de pérdida de capacidad lectora, de falta de vocabulario e incluso de cierto asalvajamiento de los niños y adolescentes. Ante esta situación, tal vez ha llegado el momento de volver a las tarimas, a los libros y a la lectura, porque quizá el problema no sea que la escuela haya sido demasiado seria, sino que ha dejado de tomarse en serio a sí misma.
En los últimos años cada vez más profesores comentan y hablan de cómo las cosas no funcionan. En la red social Twitter/X se pueden encontrar decenas de testimonios de profesores de instituto que explican lo poco preparados que llegan los alumnos de primaria, y los de universidad advierten de lo mal parados que salen de la ESO y el bachillerato. La sensación es que cada etapa educativa recibe alumnos menos formados que la anterior, con menos hábito de estudio, menos capacidad de atención y menos base cultural. Como ejemplo cercano, reproduzco un diálogo que hace unos años yo mismo viví en bachillerato con dos compañeras, y que, por absurdo que parezca, resume bastante bien el nivel de desorientación al que hemos llegado:
— Hugo: ¿Conocéis a Adolfo Suárez, verdad?
— Compañera 1: Ese es malo, ¿no?
— Compañera 2: No, no puede ser malo porque tiene un aeropuerto.
Se comenta solo.
Todo apunta a que esta pérdida de nivel se debe a que se ha apostado por un modelo de rebaja del esfuerzo, sobreprotección y exaltación del mito del buen salvaje. Los niños no deben pasarlo mal. No deben exponerse a la frustración. No deben recibir ningún estímulo negativo que les pueda, supuestamente, traumatizar. Está bien, en cambio, que no sean capaces de estar concentrados, en silencio y sentados. Los niños deben ser pequeños Tarzanes en estado de naturaleza, espontáneos, libres, desinhibidos. Sin embargo, el resultado es que no solo se deja de preparar a los niños, no solo se socava la autoridad, sino que se aplaza el contacto con la vida real, llena de verdaderos sufrimientos y traumas. Se acaba convirtiendo a los niños en «huevitos pochos» hasta que se chocan de bruces con la realidad, y entonces ya es tarde para improvisar el carácter que no se quiso forjar a tiempo.
De hecho, personalmente, a la profesora que más agradecido estaré toda mi vida es Paqui, tutora en 4.º de primaria, que podía llegar a rompernos los deberes si los llevábamos sucios o mal hechos. Puedo asegurar que mi clase jamás mejoró tanto en disciplina y trabajo bien hecho como con ella. Se empeñó en que aprendiéramos a escribir bien y a hacer las cosas con cuidado, y en el fondo podía llegar a ser incluso dulce. Nos puso las pilas y nos hizo subir el nivel después de unos años muy flojos que habían convertido mi clase en una selva. Pienso que una profesora buena pero dura a tiempo salva de muchos disgustos posteriores. Aunque en su momento la pudiéramos llegar a detestar, Paqui era una gran docente.
«Es hora de volver a poner en valor a aquellos docentes que son capaces de castigar el mal comportamiento y premiar el esfuerzo»
Por supuesto, no quiero hacer aquí un alegato en favor de volver a pegar con la regla ni poner de nuevo el gorro del burro a los niños. No defiendo tampoco los excesos ni a los profesores que hacen pasarlo mal a sus alumnos de manera gratuita. Pero sí creo que es momento de superar de una vez la idealización de los «profes chupiguays», que realizan más actividades lúdicas por la fiesta de turno que dar clase y se esfuerzan más en caer bien a sus alumnos que en enseñarles. Es hora, en cambio, de volver a poner en valor a aquellos docentes que se toman en serio su trabajo y son capaces de infundir la autoridad necesaria, castigar el mal comportamiento y premiar el esfuerzo.
Pero no solo es una cuestión del cómo, sino también del qué. El otro día se publicó en El Mundo un reportaje sobre un colegio de Salamanca donde se había apostado por una instrucción más clásica con unos resultados exitosos. Hacen lecturas semanales de distintas temáticas literarias y científicas y la biblioteca no es lugar de castigo, sino un espacio central de la vida escolar. Sorpresa: leer es lo que hace más capaces y reflexivos a los niños. Lo que les da mayor conocimiento, profundidad y recursos para comprender lo que tienen delante. La literatura no es aburrida, es una forma de conocer tu país, tu cultura, incluso el conocimiento científico, porque enseña a pensar, a expresarse y a mirar más allá de lo inmediato. Frente a la pedagogía del mínimo esfuerzo y el entretenimiento, el libro sigue siendo la herramienta más revolucionaria de la enseñanza.
Algo parecido ocurre cuando el proyecto educativo está bien planteado. Sin querer hacer de este artículo una colección de anécdotas, debo volver a citar a mi colegio, el CEIP Gonzalo Fernández de Córdoba. Ya cuando de pequeño estudiaba allí empezó a apostarse por un proyecto autónomo centrado en las ciencias y la tecnología. Al «club de mates» y el equipo de robótica se sumaron en los siguientes años un coro y otros proyectos que complementaban la formación académica, reforzando la expresión, el trabajo en equipo y el gusto por el conocimiento. Por eso, es necesario apelar a la responsabilidad de los docentes, porque un buen proyecto educativo es la base sobre la que se construye todo lo demás. Conviene entender que educar no consiste simplemente en llevar de la mano a los niños hasta que crezcan, sino en darles desde pequeños las herramientas para desarrollarse libremente.
En definitiva, es fundamental tomarnos en serio la Educación como una de las reformas fundamentales que tiene pendiente nuestro país. No solo la primaria, sino también la secundaria, la formación profesional y la universidad. La educación es una palanca de crecimiento económico, pero sobre todo es esencial para tener una ciudadanía formada y culta, capaz de trabajar, de convivir, de entender su historia, de defender sus intereses y de no dejarse arrastrar por la frivolidad, la ignorancia o la demagogia. Es posible una educación que tenga verdadera vocación de convertir a niños en ciudadanos, preparados realmente para la vida adulta, sin banalizar, infantilizar ni ideologizar la enseñanza. Solo una educación exigente y seria, además de innovadora y comprometida, es garantía de que las futuras generaciones estén preparadas para el devenir de la historia.