Vox sigue creciendo a pesar de Vox
«Su ecosistema electoral se alimenta del malestar, del agravio, no de la satisfacción. Cuanto más lejos están de gobernar, mejor les va en la elección»

Ilustración generada mediante IA.
Imaginen un equipo de fútbol que falla todos los penaltis que le pitan, que expulsa del vestuario a sus mejores jugadores cada temporada por razones que nadie termina de entender, que abandona el campo a mitad de varios partidos porque no le gusta el color de la camiseta del árbitro, que ficha al entrenador más chusco de la liga justo cuando el resto de equipos europeos lo están vetando, y del que sus propios aficionados sospechan, en voz baja, que cuando llegan a una final no saben muy bien qué hacer con el balón. Ese equipo, aplicando cualquier lógica deportiva conocida, debería estar en segunda división. En cambio, lleva tres temporadas consecutivas terminando más arriba en la tabla que la anterior.
Eso es Vox.
Revisemos el expediente. Primero, el rito sacrifical de sus carnicerías internas: Vox ha fulminado, relegado o dejado marchitar a varios de sus cuadros territoriales con la refinada crueldad de un mandarín chino, como si la dirección nacional practicara una variante de la ruleta rusa aplicada a sus propios líderes autonómicos.
Segundo, el bloqueo institucional: llevan meses impidiendo que Extremadura y Aragón tengan un gobierno estable, convirtiendo una demostración de fuerza en un ejercicio de irresponsabilidad que nadie con vocación de poder real debería permitirse.
Tercero, el abandono de los gobiernos autonómicos en 2024 —Castilla y León, Aragón, Comunidad Valenciana, Murcia, Extremadura— alegando el reparto de menores migrantes, en lo que fue un portazo colectivo que la dirección nacional de Vox impulsó como parte de una estrategia más amplia, pero que a ojos de cualquier analista parecía más el berrinche de quien no sabe gestionar la diferencia entre oponerse y gobernar.
«El partido carece de la profundidad de cuadros políticos necesaria para ocupar posiciones de responsabilidad»
Cuarto, la adhesión incondicional al trumpismo en el preciso momento en que Europa asiste horrorizada a cómo Washington negocia sus intereses de espaldas al continente y en medio de una guerra que nos afecta directamente.
Y quinto, el argumento que nadie dice en voz alta, pero que todos los que han visto funcionar gobiernos de coalición con cuadros de Vox comparten en privado: la sospecha razonable —y en algunos casos ya confirmada— de que el partido carece de la profundidad de cuadros políticos necesaria para ocupar posiciones de responsabilidad ejecutiva sin que ocurran cosas que van desde el error dramático hasta algo bastante peor.
Todo eso es cierto. Y, aun así, los datos del último trimestre electoral cuentan otra historia completamente distinta.
En las elecciones de Extremadura del 21 de diciembre de 2025, Vox logró uno de sus mejores resultados históricos con el 16,9% de las papeletas, el doble que en los comicios anteriores en esa misma comunidad. La candidatura extremeña pasó de cinco diputados con el 8% de los votos a 11 con el 17%. En Aragón, el 8 de febrero de este año, Vox cosechó el 17,84% de los votos, consolidando una tendencia que ya no admitía ser calificada de accidente estadístico.
«16,90% en Extremadura, 17,84% en Aragón, 18,92% en Castilla y León. Tendencia al alza en porcentaje de voto en cada convocatoria»
Y luego llegó Castilla y León.
La narrativa del domingo 15 de marzo se construyó, con cierta malicia periodística comprensible, sobre el freno de Vox. El partido no alcanzó ese 20% que algunos sondeos aventuraban. Solo sumó un procurador más respecto a 2022. Pero hay que leer los datos sin los titulares. Sin llegar al 20%, Vox obtuvo el 18,92% de los votos de los castellanos y leoneses, el porcentaje de voto más alto de todas las elecciones a las que se ha presentado desde su fundación en 2013. El candidato Carlos Pollán celebró que se había roto el mayor techo electoral del partido. La secuencia es casi una radiografía: 16,90% en Extremadura, 17,84% en Aragón, 18,92% en Castilla y León. Tres elecciones consecutivas, tres récords históricos, tendencia al alza en porcentaje de voto en cada convocatoria.
Como referencia para calibrar la magnitud de lo que está ocurriendo: en las elecciones generales de 2023, Vox conseguía el 12,38% en toda España. En menos de tres años, en cada autonomía donde ha vuelto a las urnas, ese suelo se ha elevado entre cuatro y ocho puntos.
La pregunta que realmente importa no es por qué Vox comete tantos errores. La pregunta es por qué esos errores no le cuestan votos.
«Cada vez que abandona un gobierno, puede reinventarse como tribuno del pueblo traicionado por el sistema»
Y la respuesta tiene varias capas. La primera es estructural: Vox no vive de su gestión, sino de su oposición. Su ecosistema electoral se alimenta del malestar, del agravio, no de la satisfacción. Cada vez que abandona un gobierno, puede reinventarse como tribuno del pueblo traicionado por el sistema. Cada carnicería interna la vende como pureza ideológica. Cada bloqueo institucional lo presenta como resistencia frente a un PP que cede ante Sánchez. Es una gramática política perversa pero en cierto sentido coherente: cuanto más lejos están de gobernar, mejor les va en la elección.
La segunda capa es sociológica. Existe en España un electorado que no vota a Vox, sino contra todo lo demás. Contra la inmigración que percibe como amenaza, contra una clase política que no le habla, contra una izquierda que le parece ajena a su realidad cotidiana y contra un PP que considera demasiado blando. Ese votante no evalúa si Vox tiene cuadros capaces de gestionar una consejería de Agricultura. Evalúa si Vox dice en voz alta lo que él piensa en silencio.
El problema para sus competidores (y el enigma para los analistas) es que no existe en el horizonte inmediato ninguna variable que sugiera un cambio de tendencia. No hay un liderazgo alternativo en la derecha que compita por ese espacio con credibilidad. No hay un fenómeno político nuevo que drene su caudal, a pesar de los intentos de Alvise Pérez, cuyo partido naufragó en Castilla y León encadenando su segundo fracaso autonómico. Y no hay indicios de que el electorado que los vota evalúe sus tropiezos institucionales con la misma severidad con que lo hace la prensa o la clase política.
Una planta que crece sin que nadie la riegue, que resiste las podas y prospera en la intemperie, no lo hace por accidente. Lo hace porque sus raíces están ancladas en un terreno que nadie más se ha molestado en cultivar. Eso no la hace admirable, simplemente la hace duradera. Y esa distinción, en política, es la que realmente importa.