The Objective
Juan Luis Cebrián

La victoria del mestizaje

«Ojalá que en el diálogo ahora iniciado España y México se abracen de nuevo y triunfe así la política del mestizaje. Nos lo debemos mutuamente»

Opinión
La victoria del mestizaje

Imagen generada con inteligencia artificial.

Es tan rápida y acelerada la actualidad política y económica que nos afecta que resulta difícil ya escoger un motivo determinado, no digamos si es determinante, a la hora de comentar lo que nos sucede. En ocasiones anteriores, remedando a José Ortega y Gasset, he puntualizado que en realidad lo que nos pasa es que no sabemos lo que nos pasa. Pero se trata de algo no casual, sino de una situación premeditada y difundida por quienes prefieren sustituir el pensamiento por la ideología y la crónica por el relato.

Dos eventos mayores demandan la atención de la ciudadanía. El más preocupante, la amenaza de extensión, en el tiempo y en el espacio, de las guerras en curso y la utilización sectaria del «no a la guerra» en beneficio del partido del Gobierno, cuando este es un sentimiento compartido por nuestra ciudadanía al margen de las creencias o militancias políticas.

El segundo es la persistente gobernación de nuestro país, en realidad un desgobierno, por un partido perdedor en las últimas elecciones, tanto generales como autonómicas, gracias al apoyo de formaciones minoritarias que no respetan la Constitución y desean acabar con ella. Ese partido, el PSOE, ha abandonado la centralidad de sus propuestas, vulnera como puede la independencia y el respeto a la administración de justicia, apesta a clientelismo, y sus actuales dirigentes se muestran inmunes, cuando no hostiles, a las opiniones y decisiones de sus antiguos dirigentes, que consolidaron el proyecto democrático de la Transición.

Y un tercer evento, menor pero significativo, son las declaraciones del rey Felipe VI sobre la conquista de México y el trato a los indígenas por parte de los colonizadores españoles, que se enmarcan en la notable incapacidad de nuestra actual política exterior, el deterioro de nuestra influencia en la Unión Europea y en los países de América Latina, y la falta de inteligencia y habilidad diplomática respecto a las relaciones con el Gobierno de Estados Unidos y con la propia Comisión de la UE.

Respecto a la primera cuestión, solo insistiré en que nos encontramos ante una nueva civilización caracterizada por el impacto de las nuevas tecnologías, que de alguna manera han destruido el antiguo orden mundial, aunque nunca haya existido en realidad algo digno de ese nombre. El elemento más sustancial del problema es que la economía del mundo se ha vuelto global y la política y sus instituciones siguen aferradas a la dirección de los Estados nacionales, incapacitados, salvo los protagonistas del imperialismo, para resolver los conflictos en curso.

Todos los ciclos históricos de cambio de era responden históricamente a la destrucción de unos imperios y su sustitución por otros. Para no remontarnos más lejos, la Primera Guerra Mundial concluyó con el fin del Imperio austrohúngaro, y la Segunda Guerra Mundial, en realidad una continuación de la anterior, marcó el inicio del fin del británico y la consolidación de Estados Unidos y la Unión Soviética. Entre ambos se estableció un orden mundial basado en la «guerra fría», así llamada para no despertar la alarma ante la eventualidad de una destrucción mutua asegurada.

Recientemente, numerosos expertos y no pocos gobernantes del mundo han hablado ya de la eventualidad de una tercera guerra mundial si los gobiernos no son capaces de controlar el futuro próximo de la guerra en Ucrania y del estallido en Oriente Medio. Permanece como espectador privilegiado, pero silente aliado de Rusia, un nuevo tercer imperio, en este caso emergente, aunque en realidad se trata de la recuperación de la propia historia de China, que a principios del siglo XIX era el país más rico de la Tierra y respondía a la denominación de Imperio del Centro.

Por lo demás, algunos amenazan con la posible desaparición de la Alianza Atlántica y su fuerza armada, la OTAN. Esta convirtió en realidad a Europa occidental en un protectorado americano, que pudo convertirse en paladín del espíritu democrático ante problemas que afectan y ponen en peligro el derecho internacional, propiedad, al parecer, de la cultura occidental, porque apenas se respeta en ningún otro ámbito. Pero hoy tenemos una Unión Europea cada vez más fragmentada y desunida, incapaz de hacer frente con racionalidad a los conflictos actuales, y reticente o incapaz, sobre todo en el caso español, al establecimiento de una política autónoma de seguridad y defensa de sus ciudadanos.

Cientos de miles de muertos en Ucrania durante cuatro años de contienda, el genocidio en Gaza y el bombardeo de Irán no parecen suficientes para que los políticos occidentales traten de aportar soluciones negociadas y acuerdos de paz, limitándose a denunciar la ilegalidad de los hechos, cuando no a utilizarlos como armas propagandísticas en beneficio de sus propios objetivos. Por lo demás, no conviene engañarse: no son solo Donald Trump y Benjamín Netanyahu los instigadores de las guerras, sino también estructuras profundas de poder.

Pedro Sánchez ha sido arrogante en sus declaraciones y actitudes ante Donald Trump, Benjamín Netanyahu y ahora Ursula von der Leyen, pero ninguna de ellas va a lograr modificar el futuro de los acontecimientos. La política exterior responde a las capacidades de poder e influencia de los Estados y, al margen de las declaraciones más o menos convencionales o interesadas, España tiene menos capacidad ahora tanto en Europa como en Estados Unidos.

El otro tema de actualidad relacionado con la política exterior de este Gobierno es el retroceso de su actividad y presencia en la América que fue hispana. España es el segundo inversor internacional en aquellos países. Esa importante presencia es fruto del empuje y capacidad de los empresarios y se sirve del hermanamiento cultural e histórico que las universidades y las academias de la lengua española han potenciado en el último medio siglo.

El reciente libro Geopolítica del español, publicado por la Real Academia Española, el Centro Superior de Estudios de la Defensa Nacional y el Instituto Español de Estudios Estratégicos, pone de relieve, en palabras del rey Felipe VI, «una reflexión en clave geopolítica sobre la extensión, la utilidad y el potencial de una lengua compartida por más de seiscientos millones de hablantes».

Desde el comienzo de nuestra democracia, los presidentes Felipe González y José María Aznar, con sus aciertos y sus errores, supieron potenciar y desarrollar las oportunidades de cooperación entre los países hispanohablantes, al margen de las filiaciones e ideologías políticas y bajo el impulso y protagonismo de Juan Carlos I y del entonces príncipe Felipe VI.

Hemos asistido, sin embargo, a hechos significativos recientes que evidencian el deterioro de esa política. Uno es la ausencia del ministro de Asuntos Exteriores en la toma de posesión del nuevo presidente chileno. El señor José Manuel Albares abandonó su obligación de acompañar al monarca y representar los intereses de los ciudadanos españoles, quizá para demostrar así su desagrado por la antigua militancia o simpatía del presidente José Antonio Kast con el pinochetismo.

Ese tipo de reservas aparentemente morales no se ha utilizado durante años con el servilismo, al parecer remunerado, del expresidente José Luis Rodríguez Zapatero hacia una dictadura cruel y sistémica. La obligación de nuestro ministro es mejorar las posibilidades de entendimiento y colaboración.

El otro motivo de atención ha sido el intercambio de declaraciones e invitaciones entre el rey Felipe VI y la presidenta de México para comenzar a resolver un distanciamiento que no ha hecho sino perjudicar las relaciones mutuas, al hilo de una demanda demagógica del anterior presidente.

Bienvenida sea la vuelta a la cordialidad, pero convendría que nuestros gobernantes y los mexicanos aprendieran las lecciones que grandes intelectuales de ambos países enseñaron sobre las prácticas en la conquista de México por España. Hace más de setenta años que Salvador de Madariaga, desde su exilio, aseguraba que «las tres grandes civilizaciones indias que vino a sustituir el régimen español eran regímenes bárbaros y hasta terribles».

Y Octavio Paz ya explicó que el mito sobre Hernán Cortés, en realidad contra Cortés, «nació de la ideología; solo la ideología podrá disiparlo». Añade que «la peculiaridad mayor de la historia mexicana reside en el largo proceso de convergencia entre la cultura española y las culturas indígenas llamado mestizaje».

Ojalá que en el diálogo ahora iniciado España y México se abracen de nuevo y triunfe así la política del mestizaje. Nos lo debemos mutuamente.

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