España extraña
«El fenómeno paranormal que bate todos los récords es la precaria presidencia de Sánchez, que sigue gobernando sin Parlamento, sin presupuestos y sin programa»

Ilustración de Alejandra Svriz
Nunca he sentido la menor simpatía por las imágenes históricas que tratan de acentuar la excepcionalidad de España, una tesis que esgrimían, si bien con sentido distinto, tanto los desarrollistas del franquismo como sus antípodas políticas. «Spain is different» fue probablemente un buen lema turístico, aunque no fuera necesario estrujarse mucho las meninges para ver también en esa idea una apología del singular régimen político español, pero, al tiempo, buena parte de las izquierdas intelectuales, y no solo ellas, seguían siendo rehenes del cogollo doctrinal que estuvo detrás de la propaganda antiespañola promovida, con inteligencia y tesón, por los enemigos históricos de la monarquía hispana.
La transición política y la España constitucional ha sido un período en el que se ha desdibujado esa idea de anormalidad y en el que los españoles pudimos empezar a disfrutar con cierta tranquilidad de nuestra condición de tales, ni mucho mejor ni mucho peor que la de otros, pero distinta de cualquiera, como les pasa también a todos los demás. Sin embargo, llevamos unos años en los que parece insinuarse una nueva tendencia a la excepcionalidad, en que nos pasan cosas que no ocurren casi en ninguna otra parte. Desde un punto de vista político, todo empezó, tal vez, con la sorpresa que algunos de los cabezas de huevo de la izquierda se llevaron en el año 2000 al ver cómo un partido de centroderecha, el PP, podía obtener una cómoda mayoría absoluta. Aunque sin duda hay factores de otros tipos, me referiré ahora mismo a singularidades políticas del presente.
Los descontentos con el éxito aznarista del 2000 sospecharon muy pronto que algo andaba mal en el sistema si era posible una derrota tan clara y pacífica de las izquierdas, que aquello no podía ser normal y que iba a ser necesario corregirlo. Se pensó entonces en algo que solo muchos años después ha dado los frutos esperados, esa peculiar alianza de la izquierda, en cualquiera de sus versiones, con los grupos nacionalistas que, hasta ese momento, habían mantenido una posición de relativa indiferencia o independencia frente a las pugnas entre la izquierda y la derecha.
Pronto, como era lógico, se tradujo esa visión en una idea que hasta ese momento cualquiera hubiese considerado inverosímil, a saber, que España y su unidad eran invenciones del franquismo (¡!) y que la Constitución misma no era sino la consecuencia de la rendición de una izquierda que había renunciado a su legitimidad histórica, más revolucionaria que otra cosa, y que había que empezar a subvertir este orden impostado y antidemocrático desde abajo, hasta conquistar los cielos, empezando, como es natural, por dominar la calle y luchar contra los que no nos representan hasta que representen lo que tiene que ser: un plan ambicioso que, de momento, no ha acabado por triunfar.
Demos un salto hasta el presente y anotemos alguna de las anomalías políticas que se han producido al socaire de ese gran giro estratégico adoptado por la izquierda, primero con un PSOE relativamente renuente, con altibajos hasta la desaparición de Rubalcaba, y finalmente con Pedro Sánchez, que parece haberse quedado, al menos desde un punto de vista electoral, con el capital político que empezó compartiendo con la extrema izquierda.
«El Gobierno español es el único de toda Europa que tiene ministros y abundantes altos cargos comunistas en su seno»
Los nuevos extremistas quisieron ofrecer novedad y entendieron que había que abandonar las banderas comunistas, pero solo las banderas, porque el Gobierno español es el único de toda Europa que tiene ministros y abundantes altos cargos comunistas en su seno. Meterse en el Gobierno ha supuesto un chollo para los agraciados, que se resisten como gatos panza arriba a dejar esas poltronas; pero un pésimo negocio para los respectivos partidos. Un símbolo muy notable de esa separación entre lo privado y lo público, inédita en los anales del género, es la presencia de Yolanda Díaz en los fastos de Hollywood al tiempo que la coalición que ella encabezaba obtenía en Castilla y León tanto como cero procuradores en las últimas elecciones.
Que el panorama tiene tendencia a la negrura en esos páramos es tan obvio que se pueden lanzar al ruedo ideas tan descabelladas como que el líder parlamentario de un partido separatista catalán, me refiero al inefable Rufián, se postule, solo o en compañía de otros, para encabezar una solución salvadora para el futuro de tan esencial grupo político. Para esa izquierda que, a menudo, se siente exquisita, parece que se podría pasar de un lema como el «España nos roba» a algo así como «Cataluña nos salva», y luego dirán que son internacionalistas.
El panorama en ciertos sectores de la derecha tampoco es muy primoroso que digamos. Vox se ve sometido a la contradicción de querer ser un producto muy español, el que más en su criterio, al tiempo que pugna por conseguir que en la piel de toro pase lo mismo que está pasando en otras partes y aquí no acaba de carburar: que la extrema derecha desaloje de su papel central a la derecha más moderada. No saben hacer que España vuelva a ser la luz de Trento y tampoco de Trento llegan demasiadas luces, así que la carrera de Vox hacia el éxito, aparte de ser equívoca, se vuelve problemática y no se sabe si apoyar al PP o si empeñarse en acabar de hundir a la derechita cobarde, que es la única esperanza que, por otra parte, le queda a Sánchez. Total, salvo para unos muy pocos, el negocio no va como debiera, y en Vox florecen las exclusiones y las divergencias; no es para menos cuando se propugnan cosas contradictorias, dependiendo del lugar y la fecha.
Los españoles que conservan el buen sentido, que parecen mayoría, pese a todo, no dejan de asombrarse ante fenómenos tan paranormales, aunque es probable que lo que bata todos los récords sea la precaria pero duradera presidencia de Sánchez, que sigue gobernando sin Parlamento, sin presupuestos y, en el fondo, sin programa, pero con una política de comunicación que merecería mejores propósitos, la verdad. Tiene a un Tezanos que asegura que el partido está que se sale, aunque luego los resultados desmientan tales optimismos; tiene a tropecientos asesores que producen, día sí y día no, una enorme cantidad de excitantes ocurrencias que subyugan al personal.
Los jugadores de mus tienen un dicho, «los pájaros contra las escopetas», que bien podría aplicarse al inaudito programa dedicado a buscar odiadores por todas partes, salvo en Ferraz y en la Moncloa, pero pueden hacerlo porque salen victoriosos de batallas tremendamente difíciles. Fíjense en Puente, que presumió de que vivíamos la edad del oro del ferrocarril y no se ha electrocutado ni con el accidente de Adamuz cuyos 46 muertos continúan a la espera de que se aclaren las causas de un siniestro tan improbable sin que nadie parezca caer en la cuenta de que, se deban al carril, al balasto, a las soldaduras, a la catenaria, a los cables, a los sistemas de control, a los cambios de vía o a lo que fuere, se deben a un pésimo mantenimiento y son, en todo caso, competencia del señor Puente que es el baranda de todas esas maravillas aunque, al parecer, solo cuando funcionan bien, pero como dijo su superior, el muy augusto Pedro Sánchez, ya se han asumido las responsabilidades: no me digan que no es un portento.