The Objective
José Carlos Llop

Añoranzas súbitas

«Además de buen poeta, Gabriel Ferrater era un hombre de una inteligencia muy poderosa y su luminosa sombra se extendió sobre todos durante muchos años»

Opinión
Añoranzas súbitas

Gabriel Ferrater. | Ilustración generada mediante IA.

Hace unos días, mientras oía cantar a los mirlos que despiertan, leí algunas anotaciones de Jünger escritas cuando tenía mi edad. No es mal momento al empezar el día, como quien escucha Radio Clásica o Catalunya Música. «Entre filósofos —apuntaba Jünger—, uno de ellos, bastante conocido, de Tubinga, me dijo: ‘Heidegger ya no llega a los estudiantes’. En la frase, lo único que me asombró es que, evidentemente, la carencia se le suponía a Heidegger».

La actualidad de esa frase, pensé, y su imposibilidad de formularla: apenas nadie de los que deberían hacerlo podría ya comprenderla en su totalidad. Y como en hora temprana una cosa se desliza hacia otra sin esperarlo, también pensé en Gabriel Ferrater. O mejor: pensé en la literatura y el magisterio del poeta Ferrater. Un magisterio virtual, dirían ahora, pero más presente a lo largo del tiempo que cualquier otro. Cuando me fui a Barcelona para continuar mis estudios de Derecho, Ferrater acababa de suicidarse y su presencia era —y lo fue mucho tiempo— tan o más potente que cuando estaba vivo.

Lo había anunciado: al cumplir los 50 años pensaba irse de su propia mano al otro barrio. Cesare Pavese lo hizo por una desgracia amorosa, culmen de una larga sucesión de fiascos sentimentales causados por su imposibilidad de amar plenamente. Ferrater no. Ferrater amó como supo hacerlo y del mismo modo que se mató: no soportaba lo que llegaría después, como los hay que no soportan la pasión domesticada por la vida matrimonial. Lo resumió diciendo que los hombres, a partir de los 50, huelen mal y él no quería.

Dejemos aquí los informes forenses y vayamos al magisterio, tan necesario por tan ausente. Ferrater, además de buen poeta, era un hombre de una inteligencia muy poderosa y una gran cultura, y su luminosa sombra se extendió también poderosamente sobre todos durante muchos años. Hay una nota de los Diarios del crítico Castellet donde describe el paisaje que quedó tras la muerte del poeta: «De palabra lo evocamos con frecuencia; por escrito no nos atrevemos… Lo recordamos como si estuviera vivo y, por miedo a que nos leyera y hacer el ridículo, no escribimos sobre él».

«Escribió la mejor poesía de la Generación del 50, renovando la lírica catalana de la mitad del siglo XX»

La fidelidad a los escritores que nos hicieron no solo se manifiesta releyéndolos. Mantener su memoria es importante y la visión de su imagen no es fetichismo sino ayuda. Ante las cosas que suceden, es bueno preguntarse qué diría o qué haría cualquiera de nuestros dioses lares. Y cuando andamos entre tanto autor que surge de un medio enemigo de la lectura como es la televisión y bailamos entre el pelucón con boina y el hambre de flores, ya no nos extraña que una novela de un escritor culto la presente, qué sé yo, Marc Giró. ¿Nos indica todo esto el estado cultural del lector medio español? Más allá del show business, no tengo ni idea, pero lo que sí indica es la pérdida absoluta de lo que antes eran maestros y hoy llaman referentes (y la palabra es tan estúpida que admite a cualquier patán como referente). En fin, que no damos abasto.

¿Qué diría Gabriel Ferrater? Dominaba la gran literatura occidental —léase Escritores en tres lenguas o Papers, cartes, paraules— y no digamos la de su tiempo —basta leer sus informes de lectura, Escritos sobre libros, para las editoriales con las que trabajó—. Trazó el más lúcido diagnóstico de la novela catalana —véase el inconmensurable Sobre literatura— que también era el diagnóstico de la sociedad a través de su cultura y no se lo perdonaron. Y escribió la mejor poesía de la Generación del 50 —sí, mejor que la de Gil de Biedma y tutti quanti—, renovando la lírica catalana de la mitad del siglo XX como lo hubiera hecho, por ejemplo, Auden, de caer por aquí en paracaídas. Aunque Auden estuviera antes.

No es difícil pensar que no admitiría ni media tontería —le molestaría incluso un artículo como este— y los tontos que circulan por ahí tendrían que salir a la plaza pública, de atreverse, con paraguas y escudo. Pero «nadie se acordará de nosotras cuando hayamos muerto». Ya saben: es Heidegger quien tiene la culpa.

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