The Objective
Félix de Azúa

El derecho al asesinato

«El grotesco ‘no a la guerra’ sólo se entiende por el agotamiento mental de la izquierda, sumida en la nulidad intelectual más vertiginosa»

Opinión
El derecho al asesinato

Imagen creada con inteligencia artificial.

Me parece indudable que los tiranos no pueden ser desalojados del poder si no es por la fuerza. No conozco un solo caso (aunque puede haberlo) de tirano que, como en una novela de García Márquez, se vaya a su casa a cuidar gallinas una vez pacificado el país. Por lo general, lo primero que toman para su uso particular es el ejército y la policía. No es fácil, por lo tanto, derrocar a un tirano.

La tradición americana de tiranicidios es muy larga. A veces por mero interés comercial, como cuando despedían tiranillos caribeños para proteger a las compañías que explotaban el plátano en las —así llamadas— repúblicas bananeras. Pero no actuaban siempre con esa contundencia, sobre todo cuando los tiranos se ponían a su servicio, que era lo más frecuente.

En nuestra época, los americanos han actuado ya en varias ocasiones contra tiranos, casi todos islámicos. Fue primero Sadam Huseín en Irak, le siguieron los afganos de Osama Bin Laden, y el último ha sido el clérigo jefe de los chiitas iraníes. Entretanto, se habían llevado a la cárcel a Noriega y a Maduro. Puede decirse que es un carácter propio de la política exterior americana la intervención directa cuando un tirano no se pone a sus órdenes.

La actual situación, por lo tanto, no es sino una más de las innumerables ocasiones en las que los EEUU (o similares) han ejercido su derecho al asesinato o al secuestro. Solo las almas bellas del criptocomunismo han protestado por una práctica que la URSS empleó (y sigue empleando) sin reparos. Anteriormente lo hicieron la República francesa, Gran Bretaña y, antes aún, las monarquías absolutas.

Es muy gracioso oír a los máximos infractores del derecho nacional chillar sobre la ilegalidad (es el término que emplean) de esta guerra. Gracias a ellos y a otros defensores de la legalidad, sin duda los europeos no intervinieron contra la tiranía franquista. Eso les debe de parecer también a los protesticas un respeto impecable al derecho internacional. De haber derribado a Franco, habrían gritado que era un atentado contra el derecho internacional. Podrían recordar cuando nuestros primos los franceses metieron en España 10.000 hijos de San Luis para acabar con la Constitución de Cádiz y sentar en el trono a un personaje tan siniestro como Fernando VII.

«No hay que tomar las voces de protesta moral en España más que como cartelones de publicidad de los partidos»

¿Por qué me voy tan lejos de la actualidad? Porque siguen siendo pertinentes los libros del padre Juan de Mariana (De rege et regis institutione, 1599; hay un útil resumen, Del tiranicidio, Sequitur), así como los del otro padre, este dominico, Francisco de Vitoria, sobre cuándo es permisible el asesinato del tirano. Léanlo los escandalizados y luego seguimos hablando. Es cierto que no hay que tomar las voces de protesta moral en España más que como cartelones de publicidad de los partidos para aumentar clientela. El grotesco ‘no a la guerra’ que, como bien decía José Luis Pardo, suena a «no al dolor de muelas», solo se entiende por el agotamiento mental de la izquierda, sumida en la nulidad intelectual más vertiginosa.

Lo cierto es que bien habríamos agradecido una intervención de los aliados en España en 1940, como los venezolanos de la actualidad y quizás dentro de pocos meses los cubanos. El mayor reproche que se le puede hacer a Trump es que, impelido por su insufrible narcisismo, haya llevado a cabo una chapuza, como suele suceder con los dirigentes cortos de sesera. Ya lo vimos en Vietnam y en Afganistán (como a los rusos en Chechenia, por otra parte), y puede volver a suceder dada la escasez cerebral del actual jefe de la Casa Blanca.

Quizás lo más triste sea que estos asuntos llevan a olvidar que en Ucrania se produjo una invasión brutal por parte de Rusia y una guerra (¿ilegal, izquierdita fullera?) que sigue sembrando de muerte los fértiles campos de trigo en aquella nación admirable.

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