De hombres y templos
«La mezquita de Córdoba acabó siendo, al cabo de 800 años, también la más hermosa catedral renacentista de España, un monumento de igual interés»

Ilustración generada mediante IA.
Se suele encomiar la convivencia de las tres religiones del Libro durante algunos siglos del medievo español. Cristianos, judíos y musulmanes, dicen, cohabitaban pacíficamente. No estoy seguro. Me fui a Córdoba para constatar esa armonía en suelo verdadero durante el califato. Algo de eso hay, por ejemplo, la admirable judería, pero me parece que no era un paraíso.
Desde luego, en cuanto el rey Fernando tomó la ciudad en 1236, su idea era arrasarla hasta borrar el último vestigio del islam. Y entonces sucedió algo asombroso. Visitó la mezquita y se quedó atónito. Nunca había visto algo tan colosal. Se explica ese encuentro en algunas guías turísticas como el de Hernán Cortés en México, cuando al asomar la cabeza y salir de la jungla con sus huestes (casi todas indias, claro), vio la ciudad de los aztecas sobre las aguas. Comparada con las ciudades españolas que él conocía, aquello era Nueva York.
Lo que se encontró el rey Fernando era el resultado de cuatro sucesivas construcciones a lo largo de cinco siglos. A la mezquita fundada por Abderramán en 785 se le añadieron las ampliaciones de Abderramán II, Alhakan II y Almanzor. En total, casi 24.000 metros cuadrados, 19 naves, más de 1.000 columnas. El espectáculo debía de ser sobrecogedor, porque todavía hoy lo es.
Muchos historiadores, sobre todo los románticos, argumentan que, maravillado por aquel esplendor, Fernando decidió respetar el templo musulmán y usarlo en su servicio. No estoy muy convencido. ¿No sería que quedó espantado por el coste que iba a suponer la destrucción de aquella enormidad, tan grande como una ciudad, y decidió ahorrárselo? En consecuencia, cuando las aguas se amansaron y había ya desaparecido la amenaza del islam, tras la caída de Granada, los reyes cristianos tomaron la resolución de construir una catedral dentro de la mezquita. Y así está hoy para nuestro asombro.
El permiso de construcción llegó en 1423, pero las obras no se terminarían hasta 1617. De modo que la mezquita acabó siendo, al cabo de 800 años, también la más hermosa catedral renacentista de España. Y hay que decir que, aunque los turistas acuden a millares sobre todo para ver la mezquita y perderse en su laberinto, la catedral me parece un monumento de igual interés e importancia, si no más. Eso ya va a gustos.
«La inventiva de los artesanos musulmanes para variar los arcos y sus lobulaciones, es un prodigio caleidoscópico»
Sin duda es una visión fascinante, la inmensidad del columnario (aún quedan a día de hoy 850 columnas) como un enjambre de piedra por el que se puede circular durante horas. Y salva de la monotonía esa imaginación musulmana que, teniendo prohibida la figuración, se expande en un ornamento infinito y siempre distinto. La inventiva de los artesanos musulmanes para variar los arcos y sus lobulaciones, es un prodigio caleidoscópico. Los ornamentos, a veces compuestos con letras que cantan los suras coránicos, han creado un nombre eterno: el arabesco.
¡Qué contraste con la catedral cristiana! Tuve la fortuna de que me acompañara Gabriel Ruiz Cabrero, autor del mejor ensayo sobre la mezquita, un arquitecto que lleva 40 años al cuidado del monumento, tanto de su parte islámica como de la catedral, y se conoce hasta la última piedra. Es más, la última piedra seguro que la ha puesto él. La catedral, una obra maestra de dos arquitectos, Hernán Ruiz padre e hijo, está rociada de esculturas, pinturas, mosaicos, capillas de mármol italiano, cúpulas labradas y un prodigioso trabajo artístico que corta la respiración.
Si de la mezquita golpea la uniformidad variable, al modo de esas reuniones masivas de los hijos del islam que aún hoy se amontonan para cualquier celebración, funesta o alegre, siempre en forma de aglomeración, maravilla en la parte cristiana su opuesto, la individuación de cada obra, pieza u objeto, su originalidad, la figuración mil veces cambiante. Es decir, lo propio de la civilización occidental, que es la libertad de los individuos dueños de sí mismos y el rechazo de toda coerción colectiva.
No puede haber mayor contraste entre el templo musulmán levantado en la época más espléndida de la civilización árabe y el templo cristiano construido en tiempos turbulentos como los del Renacimiento europeo, que fueron de guerra, peste, hambre y desastre. Una lección de historia de muy notable valor pedagógico.