Pedir perdón, un trampantojo histórico
«El mundo que surgió en América no es hoy una prolongación de España. Es una realidad histórica y sus herederos son los países hispanoamericanos»

Ilustración generada con IA.
El jefe del Estado español, Felipe VI, reconoció recientemente que durante la conquista de México se cometieron abusos. Lo hizo en presencia del embajador de México, y como respuesta a la exigencia de disculpas formulada por Andrés Manuel López Obrador y ratificada por Claudia Sheinbaum. Nada especialmente grave en las palabras del Rey, matizadas y lógicas si se escuchan completas y no la versión mutilada con malas intenciones por los hunos y los hotros. Lo relevante del hecho es que seguimos atrapados en un debate equivocado.
La cuestión no es si España debe pedir perdón. Ese marco introduce una distorsión histórica profunda, hija del nacionalismo mexicano que ha logrado imponer su lógica hasta el punto de que olvidamos su tóxica presencia. Pedir perdón es asumirse como víctima; un país que se instala en ese papel renuncia a su condición de protagonista de su propia historia. Al centrar su relato en la Conquista como agravio, simplifica el pasado y se lo entrega en bandeja de plata a otros. Como si los tres siglos de la Nueva España fueran historia española y no el proceso en que México se formó. No hay error más profundo que ese.
Para entenderlo, conviene empezar antes de la llegada de los españoles. El Imperio mexica, con centro en México-Tenochtitlan, fue una civilización de logros extraordinarios. Su sistema agrícola basado en las chinampas (islas artificiales de tierras firmes dentro del sistema lacustre del valle de México) permitía una productividad inverosímil; su urbanismo geométrico encandiló a los españoles; su arte plumario, sus esculturas de obsidiana y jade fueron cumbres del ingenio humano; los calendarios solar y sagrado, que coincidían cada siglo de 52 años, eran un prodigio astronómico; su organización social y comercial revela un alto grado de sofisticación. Pero ese mundo estaba estructurado como una teocracia militar. Su expansión descansaba en la guerra y en un sistema de tributos sobre pueblos sometidos. El núcleo de su cosmovisión era el sacrificio humano, cuyo emblema es el gran tzompantli de Tenochtitlan, calaveras ensartadas en una gran empalizada, terrorífico instrumento de dominación simbólica. Una civilización brillante y terrible, cuya gran limitación era que estaba cerrada sobre sí misma. Mientras el Viejo Mundo funcionaba como corredor cultural donde ideas, tecnologías y enfermedades circulaban entre Europa, Asia y el mundo islámico, Mesoamérica era una «isla civilizatoria», lo que explica tanto su originalidad como su vulnerabilidad.
La conquista de México no fue un proyecto de la Corona inicialmente: Cortés actuó por su cuenta y buscó legitimarse dirigiéndose a Carlos V, pero antes había desobedecido a Diego Velázquez, gobernador de Cuba. Sus acciones y audacia solo se entienden si se leen como un emprendimiento privado. De hecho, el primer reto de la Corona fue quitar poder a los conquistadores e institucionalizar su presencia. Además, la Conquista no fue unidimensional: fue posible gracias a las alianzas con los pueblos indígenas sometidos al dominio mexica, particularmente los tlaxcaltecas. La caída de Tenochtitlan fue violenta y devastadora: la ciudad quedó borrada del mapa y sus piedras volcánicas sirvieron para construir la Ciudad de México.
La Nueva España no fue un paréntesis de tres siglos. Fue el caldero en que se construyó México: una sociedad mestiza, con instituciones, rituales, códigos y formas culturales originales. No fue ni la permanencia del mundo indígena ni la extensión del mundo español: fue ambas cosas y una más importante: la síntesis de ambos.
«La Conquista no fue unidimensional: fue posible gracias a las alianzas con los pueblos indígenas sometidos al dominio mexica, particularmente los tlaxcaltecas»
La clave de este proceso sincrético y mestizo fue la conquista espiritual, tarea de las órdenes mendicantes que llegaron con los conquistadores. Las comunidades indígenas, huérfanas de sus dioses, participaron activamente. Mucho mejor un Dios que se sacrifica por los hombres que un sistema que fuerza a los hombres a sacrificarse por sus dioses. De esa interacción nació una aceptación del Evangelio nueva, como atestigua el culto a la Virgen de Guadalupe. Y ese proceso no ocurrió en España, ocurrió en México.
La Monarquía hispánica bajo los Austrias estructuró un sistema imperial altamente descentralizado. Las enormes distancias obligaban a que virreyes, arzobispos y otros funcionarios españoles en América tuvieran amplia capacidad de maniobra. Sus mandatos no eran vitalicios, duraban tres años renovables, lo que limitaba la concentración de poder, aseguraba la rendición de cuentas y daba espacio a la aristocracia criolla, esa sí permanente y vitalicia, y sus aliados indígenas. A España le interesaba el buen gobierno basado en la doctrina católica y el monopolio comercial de sus productos, a cambio de la plata y oro americanos. Ningún rey visitó América; su actividad central estaba en Europa, inmersa en las guerras de religión y en competencia con los emergentes imperios de Francia e Inglaterra.
Aquí entra la verdadera aportación española, de la que debería sentirse orgullosa y no avergonzada, como claman los demagogos de la descolonización. El valor moral de España reside en cómo enfrentó el desafío filosófico y teológico que implicaba el descubrimiento de América: pueblos numerosos, civilizados y «paganos» obligaron a un replanteamiento colosal. Ante esta encrucijada, la monarquía, de la mano de los teólogos de la Escuela de Salamanca, desarrolló un marco ético que buscaba compatibilizar la expansión territorial con principios de justicia y humanidad. Las Leyes de Indias, la regulación de encomiendas y el sistema jurídico novohispano fueron expresiones concretas: intentaron imponer límites al abuso, proteger a los pueblos indígenas y normar la administración de un imperio singular. España construyó un imperio capaz de interrogarse sobre sí mismo, sus fines y límites. Algo inédito: pensemos en el Congo belga de Leopoldo II por contraste. Francisco de Vitoria y sus discípulos sentaron fundamentos del derecho internacional y los derechos humanos.
En el plano global, la Nueva España fue central. La articulación del comercio transpacífico en torno a Manila fue, en gran medida, obra novohispana (o sea mexicana, no española). También lo fueron las excursiones por el Pacífico que llegaron por el norte a la actual Alaska. El galeón de Manila conectó Asia y América durante siglos, y la plata acuñada en la Casa de Moneda de Ciudad de México circuló como moneda de referencia en el sudeste asiático. Buena parte de ese comercio escapaba al control directo de la metrópoli, y su resultado fue la profunda influencia asiática en México: lacas, cerámicas, biombos y sabores que no pasaron por España. A la inversa, el picante, central de la cocina asiática, proviene en su totalidad del chile mexicano. España solo tomó posesión plena de Filipinas tras la independencia de México; lo mismo vale para la isla de Cuba.
Pero volvamos al punto central para un mexicano. El mundo que surgió en América no es hoy una prolongación de España. Es una realidad histórica y sus herederos son los países hispanoamericanos. Un ejemplo entre miles: la iglesia de Santa Prisca de Taxco, financiada con plata novohispana, fue diseñada y construida por manos novohispanas, y está enraizada en el contexto político, geográfico y estético novohispano. España solo otorgó el permiso, previo pago. Una joya artística universal, una entre miles, cuya realidad es inequívocamente mexicana.
Por eso, la insistencia en la petición de disculpas es un error colosal. López Obrador no lo hizo por afán histórico —su libro Grandeza niega los sacrificios humanos en Mesoamérica—, sino por buscar un distractor. Sin autoridad moral, destruyó la democracia mexicana y entregó a la población al crimen organizado con el que pactó y gobernó. Incapaz de señalar a Estados Unidos, del que depende México, buscó en el inconsciente colectivo nacional un chivo expiatorio de reemplazo, alimentado por una historia oficial ridícula y ciega. México no es solo resultado de la conquista. Es el resultado de la fusión de dos pueblos y culturas, un laboratorio histórico profundo y complejo, con muchas capas y misterios.