The Objective
Daniel Capó

Baal

«Nadie entra en el mundo de las drogas pensando que va a ser para siempre. Es la servidumbre que impone cualquier idolatría: creer que la elección sigue siendo tuya»

Opinión
Baal

Ilustración de Alejandra Svriz

Leo en el último informe de la European Union Drug Agency (EUDA), publicado esta última semana, que el consumo de cocaína –y ahora también de ketamina– sigue en aumento. El estudio, que rastrea las aguas residuales de 130 ciudades, nos muestra claramente algunas tendencias; todas ellas inquietantes de un modo u otro. Este fenómeno pone en evidencia la normalización del uso de las drogas más allá de la vida nocturna y de la etapa juvenil, donde el riesgo y la experimentación forman parte —hasta cierto punto— del propio camino. Se es joven para conocer por primera vez la vida, lejos de la mirada de los padres, buscando contestar unas pocas preguntas: ¿quién soy yo? ¿Qué espero de la vida? ¿Cómo quiero que sea? El uso y abuso continuado de estupefacientes nos sugiere que, de fondo, la respuesta a estos interrogantes viene condicionada por un vacío existencial.

Es algo que debe ser tapado, silenciado o acallado, como se tapa, se silencia y se acalla todo lo molesto. No es algo nuevo. Cada época ha tenido su propio nombre para este fenómeno y su propia liturgia para nombrarlo y contenerlo. Lo hemos podido constatar en los textos clásicos (de la destrucción de Sodoma y Gomorra al reino de Baal, pasando por las bacanales que convertían el desenfreno en un culto a la muerte) y en sus consecuencias actuales.

«Baal prometía lo mismo que prometen hoy las sustancias prohibidas: el espejismo de ser alguien que ha olvidado quién es en realidad»

Lo que los antiguos entendían con una lucidez que a nosotros nos cuesta recuperar es que estos cultos (porque el dominio de Baal, por así llamarlo, es el imperio de los ídolos que exigen sacrificios) no eran meros accidentes culturales, sino respuestas a una angustia sin fondo oculta bajo una excitación química asociada al hedonismo. Baal prometía lo mismo que prometen hoy las sustancias prohibidas a las tres de la madrugada en cualquier ciudad de Europa: el espejismo de ser alguien que ha olvidado quién es en realidad.

Pero ese olvido, que en un primer momento puede parecer una liberación, encierra una forma más profunda de desposesión, porque dejamos de ser quienes realmente somos. Todo culto –también este– exige fidelidad; y la fidelidad configura la vida entera. Estos nuevos rituales van trazando una obediencia silenciosa que necesita volver una y otra vez a la misma experiencia para sostener una identidad cada vez más frágil y fragmentada. El miedo a la pérdida se anuda a un horizonte de vida que estrecha sus posibilidades. Lo que llamamos «libertad» pasa a ser una forma de dependencia que ya no se reconoce como tal. Y, a pesar de ello, nadie se siente esclavo, ni nadie entra en el mundo de las drogas pensando que va a permanecer en él para siempre. Esta es la primera servidumbre que impone cualquier idolatría: creer que la elección sigue siendo tuya.

Tyler Cowen reflexionaba hace unas semanas en su blog Marginal Revolution acerca de la película española Sirat, en la que un padre y su hijo buscan entre fiestas rave a una hija desaparecida en el desierto marroquí. Decía que le recordaba algunos episodios del Antiguo Testamento y del Corán; con la diferencia de que, aunque los personajes experimenten vivencias similares, las de hoy carecen de sentido. La ausencia de sentido encierra el vacío del que hablaba antes. ¿Esto es todo? ¿Somos sólo una nada con cierta capacidad para el placer o la evasión? ¿Somos sólo esta caricatura incapaz de auténtica grandeza? ¿O acaso hemos decidido que estas preguntas ya ni merecen ser planteadas?

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