The Objective
César Calderón

El mundo según Donald Trump

«Trump ha desenterrado una tradición americana tan vieja como la república: la de quien ve en el poder no un mandato de servicio sino una licencia de depredación»

Opinión
El mundo según Donald Trump

Ilustración de Alejandra Svriz

Andrew Jackson llegó a la presidencia de los EEUU en 1829 convencido de que, como ya enunció Clausewitz, gobernar era una forma de guerra continuada por otros medios. Disolvió el banco central porque no le gustaban los banqueros. Expulsó a los cherokees porque estaban en tierras que él quería. Destituyó a miles de funcionarios porque habían votado al otro candidato.

Sus enemigos lo llamaron merecidamente déspota, populista e incluso genocida. Los medios de la época lo caricaturizaban frecuentemente en sus ilustraciones como un monarca absoluto pisoteando la Constitución de los Estados Unidos, pero sus seguidores lo amaban sin matices porque fue el primer presidente que no llevaba peluca empolvada ni soltaba latinajos.

Tocqueville lo observó con esa aristocrática mezcla de fascinación e inquietud que reservaba para todo lo americano y después fue capaz de proclamar que la democracia, cuando se convierte en puro instinto de mayoría, puede producir tiranos más peligrosos que los de la aristocracia, porque estos al menos tenían educación. Jackson gobernó ocho años. Cuando se fue, dejó un país más grande, más dividido, más violento y más convencido de que la fuerza era el único argumento que merecía respuesta.

Donald Trump tiene un retrato de Jackson en el Despacho Oval. No es una coincidencia decorativa.

Hay una tentación, comprensible pero errónea, de explicar a Trump como un fenómeno nuevo, como una ruptura con todo lo anterior, como algo que la ciencia política no tenía en su catálogo. Una cosa es que su estilo sea inédito en la era moderna; otra bien distinta es que su visión del mundo no tenga precedentes. Los tiene.

«El mundo, según su visión, es un mercado donde los ingenuos pierden y los duros ganan»

Trump no ha inventado nada, simplemente ha desenterrado una tradición americana tan vieja como la propia república: la de quien ve en el poder no un mandato de servicio, sino una licencia de depredación. El mundo, según esa visión, es un mercado donde los ingenuos pierden y los duros ganan. Los aliados son clientes gorrones que pagan demasiado poco. Los adversarios son proveedores a los que hay que apretarles las tuercas. Y las instituciones, los tratados, las alianzas, las reglas del juego que Occidente construyó sobre las ruinas de 1945, son papel mojado que alguien aceptó firmar cuando no tenía otra opción.

Lo que resulta llamativo, a estas alturas de la película, no es que Trump piense así. Es que los europeos sigamos sin darnos cuenta. Pensamos que sus aranceles eran una primitiva táctica comercial, que su admiración a Putin se basaba en el pragmatismo y que sus insultos a Europa solo eran una herramienta de negociación de cara a la galería. Nos equivocamos. Lo que Trump dice sobre el mundo es exactamente lo que piensa sobre el mundo, con esa coherencia bruta del hombre que nunca ha necesitado disimular porque nunca ha tenido que rendir cuentas ante nadie que le importara.

El resultado es que la potencia más poderosa de la historia ha decidido, por segunda vez en una década, jugar a suma cero en un tablero que solo funciona si alguien acepta jugar a suma positiva. Si nadie ocupa ese espacio (si Europa sigue llegando a cada cumbre con sus divisiones perfectamente documentadas y su incapacidad congénita para hablar con una sola voz), el sistema de reglas que evitó la tercera guerra mundial no morirá de un golpe, sino de agotamiento, de erosión, de la acumulación silenciosa de excepciones y cesiones que nadie consideró por separado suficientemente graves como para plantar cara.

Jackson murió convencido de haber engrandecido América. Puede que tuviera razón en los términos en que él lo entendía. Lo que no vivió para ver fue lo que aquella concepción del poder sembró en el largo plazo: un país incapaz de resolver sus contradicciones internas sin una guerra civil que costó 600.000 muertos.

Trump tampoco vivirá para ver las consecuencias de lo que está sembrando. Nosotros, en cambio, tenemos algunas papeletas de hacerlo, y les aseguro que no nos va a gustar.

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