The Objective
Miguel Ángel Quintana Paz

Contra la X

«Cuando la jerarquía católica recibe su dinero del Estado acaba hablando un idioma muy parecido al del Estado. Que no es, claro, el lenguaje del Evangelio»

Opinión
Contra la X

'La vocación de San Mateo', de Jan Sanders van Hemessen. | Wikimedia Commons

Se dice que solo hay dos cosas seguras en la vida: la muerte y los impuestos. En España, sin embargo, contamos con una tercera: al llegar estas fechas, la Conferencia Episcopal nos pedirá que pongamos cierta X en cierta casilla de la declaración de la renta. Pues tal gesto permitirá destinar una parte de nuestros impuestos (en concreto, el 0,7%) a los gastos de nuestro episcopado. Hablamos de 429 millones de euros, según los últimos datos disponibles (los de 2024).

Nuestros obispos consideran tan importante esta asignación económica, que hace unos cuantos años llegaron a emplear un eslogan de lo más contundente para convencernos de ella: «Como Dios manda», rezaba su publicidad. Tal vez escarmentada ante la (teológicamente dudosa) imposición de este undécimo mandamiento, hoy su publicidad es más parca. Se limita a mostrarnos las obras caritativas que se realizan con esos dineros: opción propagandística respetable como cualquier otra, pero que «olvida» otros destinos que también tienen tales caudales.

Por ejemplo, para algo tan imprescindible como el sustento de nuestro clero, obispos incluidos. Por ejemplo también, para algo tan prescindible como mantener medios de comunicación consagrados mucho más a difundir las ideas del PP que las de los Padres de la Iglesia. Y donde, por consiguiente, proliferan más loas a Alberto Feijóo que a (san) Alberto Magno.

¿Cuál es el resultado de estas campañas publicitarias en pro de la X? Si uno investiga en la web de la Conferencia Episcopal, encontrará solo cifras triunfales: el importe recaudado, año tras año, experimenta un notable aumento. Y es un dato correcto. ¿Significa, eso sí, que cada vez más gente quiera ceder parte de sus impuestos a los obispos? No. En realidad, ocurre lo contrario. Cada vez un menor porcentaje de españoles decide hacerlo.

Fueron apenas un 10% en la última campaña; 30,8% si incluimos a los que marcan tanto esta casilla como la asignada a «fines sociales». Hace diez años eran 33,54%; hace 15 años, 34,83%. El descenso es lento, pero continuo. ¿Por qué, entonces, si desciende el porcentaje de españoles que quieren que una parte de sus impuestos vaya a la Conferencia Episcopal, aumenta en cambio el dinero que reciben los obispos? Sencillo: como todos los años aumenta el número de contribuyentes y la recaudación de nuestro voraz Estado, aunque cada vez haya menor porción de casillas marcadas, el dinero que estas aportan crece en total.

«El Estado, feliz de tener a los obispos dependientes de lo que él recauda en su nombre»

Y así marcha la cosa: los españoles, cada vez más suspicaces a la hora de ceder a nuestros obispos parte de nuestro dinero; los obispos, con ingresos cada vez más altos gracias a lo mucho que recauda el Estado, e inmunes al recelo creciente entre la sociedad; el Estado, feliz de tener a los obispos dependientes de lo que él recauda en su nombre —pues el Estado, siempre, es feliz cuando dependemos de él—.

El lector avispado se preguntará que por qué me llama la atención este panorama. ¿No es, al fin y al cabo, el mismo paisaje que hoy ofrece España, e incluso la vieja Europa, una y otra vez? No solo en lo que atañe a la Iglesia. A saber: unos ciudadanos que cada vez se sienten más alejados de sus instituciones y de sus élites. Unas instituciones y unas élites a las que esto les da bastante igual. Y un Estado que aprovecha esos desapegos para seguir a lo suyo: recaudar ávido y someternos a su obediencia.

Al fin y al cabo, nuestros obispos aquí parecen parafrasear a Rimbaud: y por eso se conforman con ser absolutamente modernos.

Pero, ¡ay!, nosotros somos más de Oscar Wilde cuando afirmaba que lo moderno es justo lo que envejece más deprisa que cualquier otra cosa. Y no podemos dejar de contemplar las arrugas, incluso las grietas, de este modelo de financiación. Por ejemplo, si miramos a los veinteañeros, veremos que ya solo al 17% le convence esta forma de ayudar a la Iglesia (nos quedaríamos, pues, con la mitad de los contribuyentes que hoy la eligen). Si miramos al número total de españoles que se consideran católicos (55%), veremos que dos de cada cinco no están ya por la labor de contribuir así a los gastos de la Iglesia a la que, en teoría, se adscriben. Y si miramos al futuro, y pensamos en que algún día la recaudación pueda descender, las matemáticas nos dicen que ello, unido al porcentaje decreciente de contribuyentes que marcan la X, supondrá un golpe más duro para los obispos que para el Estado en general.

Son estos sólidos motivos numéricos para desconfiar de cómo van las cosas. No obstante, y en contra de lo que decía Saint-Exupéry, creo que los adultos también somos capaces, a veces, de entender asuntos que van más allá de las cifras. Y hay otro buen puñado de motivos así para oponerse al actual modelo de financiación eclesial. A seis de ellos dedicaré lo que resta de este artículo.

1. Hay otras opciones

A menudo, cuando uno desconfía de la actual casilla en la declaración de la renta, sus defensores reaccionan como si uno ansiara que nuestro clero se muriera de hambre, los templos se derrumbaran por ruina y los campanarios tuvieran que vender sus antiguas campanas al mejor postor. Es decir, se reacciona como si estuviésemos ante una disyuntiva tajante: o la X del IRPF, o nada. Pero se trata de una falacia evidente: lo que en lógica llamamos un falso silogismo disyuntivo.

En realidad, basta levantar la mirada más allá de Añastro para notar que en el mundo existen muchos y muy distintos modos de correr con los gastos de la Iglesia católica. Por lo que no existe ninguna obligación de someterse al que ahora rige en España. De hecho, el nuestro es un modelo insólito —ni en Italia, Portugal o Hungría, que son los más similares, las cosas funcionan igual—.

Tenemos, así, numerosos países donde sus obispos confían, sin más, en la generosidad de los fieles. Ocurre en Estados Unidos, en Brasil (el país con más católicos del mundo), en Canadá, en México, en Reino Unido o en Australia; también en Filipinas, el único país con mayoría católica de Asia; o en dos de los países de mayor auge católico: Nigeria y la República Democrática del Congo. La función del Estado en esos lugares suele limitarse a aplicar desgravaciones a quienes donan. Eso sí, a cambio los obispos ingleses, estadounidenses, filipinos o nigerianos deben convencer a sus fieles para que sean generosos, y ocuparse de recaudar ese dinero. Molestias de las que el Estado español libra a nuestros prelados, pero ¿a qué coste?

2. Quien recauda por ti te domestica

Cuando la jerarquía católica recibe su dinero del Estado, cuando delega en el Estado los costes de recaudarlo, y cuando así se zafa de tener que apelar a la generosidad de sus fieles (ya hace el Estado de malo al imponer más y más impuestos), esa jerarquía católica acaba hablando un idioma muy parecido al del Estado. Que no es, claro, el lenguaje del Evangelio.

Lo vemos en sus propios medios de comunicación, complacientes con el bipartidismo que nuestro establishment promulga, y donde (por citar, entre miles, el caso para mí más grave) se prefiere apoyar al PP antes que un simple protocolo (como el propuesto en Castilla y León en enero de 2023) para reducir abortos. Lo vemos en la actitud del cardenal José Cobo ante el Valle de los Caídos, donde prefirió firmar acuerdos ilegales con el Gobierno de España —y mentir al respecto— antes de velar por la integridad de tal templo. Y lo vemos en las clases de Religión que reciben nuestros jóvenes, donde los obispos permiten que se enseñe antes el ecologismo que quién fue san Pablo; donde se hacen murales por la paz antes que un estudio de qué ocurrió hace 1.701 años en Nicea; y donde se reduce el amor evangélico a entonar juntos un Viva la gente, la hay dondequiera que vas.

3. No conviene fomentar la tacañería, sino la generosidad

Hay un rasgo recurrente en la publicidad que hacen nuestros obispos a favor de la X del IRPF: se insiste mucho en que a ti, como contribuyente, marcar esa casilla no te supondrá ni un céntimo más de gasto ante Hacienda. «Sabemos que eres avaro y que no estarías dispuesto a darnos ni un comino más a nosotros», parecen susurrarnos nuestros prelados, «pero no te preocupes, pon una crucecita en este impreso y nos beneficiarás sin coste alguno, ese que sabemos que jamás querrías arrostrar».

¿Es esa comodidad, ese coste cero, la virtud que el clero debe predicar a sus fieles? ¿Es loable esa desconfianza episcopal que se vislumbra, ese barrunto de que la gente sería incapaz de hacer un sacrificio por sus curas, por sus monjas, por sus catedrales, por su liturgia? ¿No sería más sana una Iglesia como la de Estados Unidos, Filipinas o Nigeria, donde sus feligreses saben que hay que sacrificarse un poquillo para tener todas esas cosas; y que ese sacrificio además repercute (como todos) en tu propia entereza: te hace más desprendido, más responsable, más adulto?

Una de las cosas que me gusta de la palabra «magnánima» es que deja bien claro su significado, con solo mirar sus componentes: se trata de un adjetivo para quien tiene magna, quien tiene grande, su ánima, su alma. ¿Tan pequeñas creen que tenemos nuestras almas nuestros obispos, que se fían más del ministerio de Hacienda que de ellas? Atrevámonos a cambiar el paso: pues, al igual que un músculo se engrandece al flexionarlo, también el alma se hace grande cuando practica obras de grandeza.

4. Un cristiano no debe cooperar con el mal

Hay quien, estando de acuerdo con los argumentos ya expuestos, sin embargo sigue tachando la X famosa, pues considera que siempre será mejor desviar algo del dinero del IRPF a nuestros obispos que «dejárselo a Pedro Sánchez». Es un razonamiento en apariencia válido; pero que ignora cuáles son las prioridades que debe tener un católico (y cualquier persona que busque el bien) al actuar.

En efecto, un servidor mismo, durante mucho tiempo, razonó así y prefirió «el mal menor» de destinar un 0,7% a la Conferencia Episcopal, antes que a muchos de los fines que prefiere el PSOE. Únase a esto que nunca he considerado quitar la susodicha X como un acto de «castigo» o «venganza» ante lo que hicieran o dejaran de hacer nuestros obispos, por un sencillo motivo: no me creo con el derecho ahí de castigar o vengar. Y menos ante los guardianes de nuestra fe.

Ahora bien, hoy día ya no marco esa casilla. Y es porque he captado que, cuando lo hacía, estaba colaborando con muchos de los males que ya hemos descrito y en que se deleita hoy nuestro episcopado. Y no está bien colaborar con el mal. ¿No se colabora también con el mal cuando se pagan impuestos para el actual Gobierno? Claro que sí; pero ese es un acto obligado, al que nos constriñen las leyes —y todo el mundo sabe que escabullirse de la Agencia Tributaria resulta bastante improbable—. Dicho de otro modo: cuando pago dinero al Gobierno lo hago obligado, y un acto forzado no merece reproche moral (o lo merece pequeño, por no querer ir a la insumisión); mientras que cuando destino dinero a nuestros obispos lo hago voluntariamente, y por tanto eso sí se me puede tener en cuenta desde el punto de vista moral.

¿Es legítimo pensar que mucho del dinero recaudado con la X del IRPF va a obras buenas —sustento del clero, caridad, mantenimiento de templos y demás legado artístico—? Sí, pero que algo vaya en parte a hacer el bien no justifica colaborar con el mal: el fin no justifica los medios, al menos para un cristiano. Por tanto, mientras la Conferencia Episcopal dedique dinero a medios donde se justifican las leyes proaborto, no quiero que toque ni un euro mío; mientras su secretario portavoz corra a criticar las medidas antiaborto, en vez de alabarlas, no quiero que goce ni de un euro mío; mientras eximios arzobispos dediquen sus recursos a mentirme, sin pedir siquiera perdón cuando les cacen, no quiero que disfruten de ni un euro mío. Y cualquier ética básica me confirma que debo actuar así.

5. Depender del Estado te hace estatista

Cuando la Conferencia Episcopal pone en manos del Estado su financiación, no solo deja que este la domestique; también, de modo sutil, permite que insufle en ella una sensibilidad, un modo de pensar, una actitud estatista. Cuando el clero está acostumbrado a recibir su sustento de la Administración pública, desarrolla, sin darse cuenta, una preferencia por las soluciones administrativas que a él le van tan bien; y una desconfianza por las soluciones privadas, en las que, como ya hemos dicho, ha aprendido a desconfiar.

Si el Estado te paga cual funcionario, acabas pareciéndote a los funcionarios. De ahí al PSOE state of mind queda un corto trecho: redistribución, intervención, regulación, más Estado, incluso Estado-Providencia, abundarán en las homilías y discursos de nuestros clérigos; mientras que términos como libertad, iniciativa, creatividad (virtudes tan importantes para un humano que está hecho a imagen de Dios Creador) se irán, poco a poco, olvidando.

Esta obsesión administrativista la vimos con particular nitidez en agosto pasado: cuando un Ayuntamiento, el de Jumilla, decidió dedicar su polideportivo solo a eventos deportivos (y no a la fiesta del cordero islámica), el portavoz de la Conferencia Episcopal, el obispo García Magán de marras, protestó (lo cual ya es llamativo). Pero es que, además, formuló tal protesta con argumentos tomados de la Constitución española o la Declaración de Derechos Humanos. Sin una sola referencia a la doctrina católica. El BOE por delante de la Biblia, la ONU antes que cualquier concilio: una conclusión lógica cuando tu única diferencia con un funcionario es tu sotana. «Quien paga, manda» no es en vano un dicho bien popular.

6. Hay otras opciones (otra vez)

Si lo que llevamos dicho le hubiera convencido en algo, puedo imaginarme la siguiente pregunta que usted tendrá hacia mí, querido lector. «Si no pongo este año la X en la casilla del IRPF, ¿significa entonces que me quedo sin contribuir en nada a la Iglesia católica, a pesar de lo bien que esta me cae?». La respuesta ya ha sido insinuada, pero conviene hacerla explícita.   

No hace falta esperar a que cambie el modelo que tiene España para financiar a nuestros obispos: uno puede empezar ya, solo, a contribuir con la Iglesia de otras maneras. Se pueden hacer donaciones a su parroquia, por ejemplo; también a este o aquel templo cuyas necesidades clamen al cielo; por no hablar de cientos de monasterios que les agradecerán su ayuda. Incluso hay oenegés (aunque conviene revisar a qué dedican de veras sus dineros) con las que se puede colaborar.

Si usted no tiene el gusto de conocer ninguna comunidad monástica, en este enlace se le presentan unas cuantas; en este otro también. Son formas de hacer Iglesia sin funcionarios, bien es verdad; sin apenas publicidad, también es cierto; sin chantajes espirituales —ningún monje ni monja le espetará a usted que «lo que Dios manda» es que le dé limosna justito a él—.

Pero son formas de comportarse que recuerdan las de toda la vida. Cuando Jesús alabó a una viuda que daba dinero para el Templo, no exigió que hubiera funcionarios de por medio. Ni declaraciones de la renta. Ni acuerdos Iglesia-Estado. A Jesús le bastó la generosidad de aquella mujer.

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