The Objective
César Antonio Molina

El siniestro amor del presidente

«Si quiere contabilizar el odio contra él, que midan la división que ha promovido entre los españoles, que midan sus mentiras, que midan su entorno corrupto»

Opinión
El siniestro amor del presidente

Ilustración de Alejandra Svriz

En uno de los últimos sermones del presidente del Gobierno desde la montaña de la Moncloa, como si fuera de nuevo Cristo resucitado, nos previno del odio y nos declaró su amor. Solo le faltó añadir que los partidos políticos se amaran los unos a los otros como él los amaba. De un cínico y mentiroso convulso, todo es posible. Ya lo había escrito nuestro premio Nobel de Medicina, Santiago Ramón y Cajal, cuando afirmó que el odio podía ser desarmado por el amor, mientras que la envidia solo cesa con la muerte. En realidad, la envidia es antropológicamente innata en nuestro ser hispánico, mientras que el odio es una construcción cultural. Y además, su bienaventuranza la lanzaba, como hace siempre, desde una vanidad superlativa. Porque la vanidad es el más astuto ejercicio gesticulatorio y el que más fácilmente engaña. Sería bueno en ese instante mirar por una rendija del cuarto trasero de su conciencia.

Porque el presidente, al decir que nos ama y que amemos a los demás de la misma manera para desterrar el odio, lo que nos está sugiriendo es que se ama a sí mismo a través de nosotros, que para él somos una masa informe. Eso sí, excepto los suyos, que los tiene claramente diferenciados. Amar de tal manera que nos impida odiarlo. Él, desde su egocentrismo psicoanalítico, está convencido de que disponemos de tiempo para invertirlo en el insano odio.

Él dice que nos ama y que lo amemos porque el amor aspira a durar, como decía Freud. Y a él, como bien hemos comprobado, solo le interesa durar, aunque ya sea un despojo político local e internacional. Aunque él mantenga lo contrario en sus tiktoks autolaudatorios. El poder siempre ha tenido estas dudas al ejercerlo: ¿Ser amado? ¿Ser comprendido? ¿O ser temido? Los dictadores siempre han optado por esta última posibilidad. Pero el presidente en sus sermones por lo general opta por ser amado más que comprendido, pues casi siempre, unos y otros, somos mal comprendidos y podemos ser bien amados.

El que ama, amor requiere, nos viene a decir el presidente. Para él, los bulos, los insultos, las mentiras, las amenazas, los ataques a la democracia y a la monarquía parlamentaria, las infamias contra los jueces y periodistas, la corrupción consentida, la censura y demás flechas del amor equivalen a los enojos de los enamorados, a las discusiones de los amantes, a los celos por el exceso de pasión. Porque el amor es cosa «crédula», escribió Ovidio. Si el presidente nos ama es porque cree que puede cambiarnos. Y si nosotros lo amamos, es porque nos entregamos sin miramientos a sus políticas indignas como, por ejemplo, la excarcelación de los asesinos etarras cuando se cumplen 30 años del asesinato de antiguos militantes socialistas como Múgica y Tomás y Valiente. Ni una palabra, ni un homenaje, pues estos asesinos son sus socios.

Errar es humano, pero el presidente no solo no se equivoca inconscientemente, sino que lo hace también con conciencia y perseverancia. Perseverar en el error es diabólico, decía san Agustín (qué empeño en suprimir el «san» a los santos escritores).

Cada vez que escucho al presidente, por educación ciudadana, me gustaría gritarle educadamente que quienes hemos leído a Montesquieu, Voltaire o Rousseau, no le creemos. Y que ya lo hicimos hace muchos años desde la universidad pública, no en una privada y confortable como hizo él. Si quiere contabilizar el odio que se lanza contra él, que lo calculen a través del odio que él mismo desprende contra la mayor parte de sus conciudadanos disconformes. Que midan el muro que construyó, que midan la división que ha promovido entre los españoles, que midan sus mentiras, que midan su entorno corrupto, machista y podrido. Levinas afirma que el amor muere cuando la proximidad se apacigua en la fusión. Es decir, que el odio no existiría si nos conociéramos más y compartiéramos las decisiones. Pero al presidente solo le vale inventarse adversarios. Cuanta más disputa, mejor, pues todos somos fascistas, nazis y demás adjetivos calificativos.

El amor que nos pide el presidente, en vez del odio del cual se siente sujeto pasivo, coincide con aquel que poetizó Brecht: «Quiero ir con aquella a quien amo / No me importa lo que cueste / No pensaré si me conviene / No quiero saber si se acuerda / Quiero ir con aquella a quien amo». Esta declaración es la que hacen sus seguidores irreflexivos. Porque el amor, la pasión amorosa, es irreflexiva. Y amar al presidente, o que el presidente nos ame y no nos odie, es como este otro verso de Neruda, «amar ciertas cosas oscuras». El amor da valor a lo que ama. Los votantes del presidente le dan un valor que para el resto de otros votantes no se lo merece.

«En vez de aunar criterios para seguir avanzando como se hizo en la Transición, se ha dedicado a promover el odio del cual se queja»

Nadie puede dudar ya, a la altura de estas legislaturas baldías y sin presupuesto alguno, lo cual es un hecho histórico, de que el presidente tiene suerte (el azar). Pero una suerte virgiliana: la suerte de los audaces. No se le puede negar que es osado y atrevido. De ahí el enfrentamiento contra todo el mundo. No le vale la OTAN. No le vale la UE. No le vale la ONU. No le valen sus aliados con los que está incumpliendo todos los acuerdos firmados. Pero su actitud no la pagará él solo, sino todos los demás.

El presidente nos ama porque el verdadero amor es querer vivir, envejecer y morir con otra persona. Así lo entendió Franco y así lo entiende el presidente actual. Una década de tortuoso amor impuro no le llega, sino que necesitará amargarnos el resto de la vida. Nunca hemos visto llorar al presidente, pues su rostro huesudo por el desprecio hacia todo lo refrena. En la antigüedad grecolatina se lloraba mucho, fundamentalmente por tres motivos: fallecimiento de familiares, amores imposibles y cuestiones políticas. Las lágrimas tenían un alto valor político. Polibio fue testigo de cómo Escipión Emiliano, conquistador de Cartago, lloró al verla arder por su propia mano.

¿Le pasará lo mismo al presidente cuando finalice la destrucción de nuestro país? Cicerón apoyaba las lágrimas, pues el orador debía enseñar, complacer y conmover. Esto último se manifestaba a través del llanto. ¿Llorará alguna vez el presidente por los asesinados de ETA, por los muertos en los atentados islamistas, por los accidentados por su mala gestión en los transportes públicos y también por los afectados por las convulsiones de la naturaleza? Augusto incluso llegó a llorar al ser declarado (por él mismo) Padre de la Patria. ¿Lo hará el presidente al ser declarado presidente de la Tercera República? ¿Se lo disputará a Abascal, que hace insólitos feos a nuestro monarca? Las lágrimas hay que dosificarlas porque, según Apolonio, nada se seca más rápidamente que ellas.

El presidente debería recordar aquello de Septimio Severo: «Omnia fui, nihil». Todo fui, nada ha valido para nada. El presidente ha perdido la oportunidad de haber puesto en marcha la «concordia cívica» aristotélica. Una amistad civil que describe una actitud estable para con los demás individuos que conforman el Estado. Por el contrario, ha sido el promotor de la discordia cívica. En vez de pacificar y aunar criterios para seguir avanzando como se hizo durante la Transición, se ha dedicado a promover el odio del cual se queja, y se declara «triste», con un cinismo ya propio de sí mismo. Nuestra extrema derecha, en parte, se le debe a él al ensalzar los nacionalismos disgregadores y darles un protagonismo extraordinario. Habermas, recientemente fallecido, fue un reactivador y reintérprete de la «concordia cívica», que contemplaba como una experiencia favorable y de actualidad permanente.

San Agustín dijo: «¡Ama y haz lo que quieras!». En realidad, el presidente plagia al de Hipona de la siguiente manera: «¡Ámame y haz lo que yo te diga!». Mijaíl Súslov, miembro del Politburó, monopolizó la ideología soviética desde los últimos años de Stalin hasta Gorbachov. Todos los discursos y documentos importantes los revisaba. Tenía un gigantesco archivo de citas de Lenin sobre cualquier cosa que él ofrecía generosamente. Citas que muchas veces se contradecían entre sí.

El presidente, entre la tesis que no escribió, entre los libros que tampoco escribió pero están publicados, entre los sermones-discursos-epístolas que también han escrito otros, dispone ya de un corpus seudoideológico digno de ser ya empezado a citar para legitimar cualquier medida económica, política o cultural del presente y el futuro, como él espera. Todo el gobierno es su evangelista, es su papagayo. Quien mejor lo hizo fue Alegría, a la que echamos en falta. Al menos ella nos engañaba con fruición y no como su torpe e incapaz sucesora en la portavocía.

Rousseau en La nueva Eloísa escribió lo siguiente: «¡Oh, Julie! ¡Cuán fatal dádiva es del cielo un alma sensible!». Cambien, queridos lectores, el nombre de Julie por el de Begoña. Sí, es preferible el hamor al hodio, como prefiere decir nuestro presidente, secreto corrector de Jardiel Poncela y su obra Amor se escribe sin hache. ¿Pero qué sucede cuando el odio está creado y sostenido por el poder del más fuerte?

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