Epítome del presidente Sánchez
«Cualquiera con su biografía, su mochila, su familia, su Gobierno y su partido se cortaría un poco antes de meterse con ningún otro dirigente en el Congreso»

Imagen creada con inteligencia artificial.
Pedro Sánchez compareció ante el Congreso el miércoles a petición propia, y ya con esa voluntariedad se creyó autorizado a intervenir como suele cuando lo hace a requerimiento de los grupos: no es para rendir cuentas de la actividad del Gobierno, sino para exigírselas a la oposición. A partir de ahí, solo le importan sus palabras, que no son deudoras de sus actos, de otras palabras que haya dicho con anterioridad y, mucho menos, por supuesto, de las que pueda articular el día de mañana.
Cualquiera con su biografía, su mochila, su familia, su Gobierno y su partido se cortaría un poco antes de meterse con ningún otro dirigente en el Congreso, antes, por ejemplo, de llamar «ignorante» al jefe de la oposición, al que quiso acorralar con sus insuficientes conocimientos sobre Irán: «¿Sabe cuántos habitantes tiene Irán? Usted no sabe absolutamente nada de Irán, ni sabe ponerlo en el mapa, no sabe poner a Huelva en el mapa y viene a hablar de Irán».
Este maestro Ciruela es el mismo que demostró su ignorancia palmaria sobre el territorio que gobierna: «Ahora voy a Huesca, luego estaré en Aragón», le dijo el 8 de octubre de 2019 a Nines Barceló en la SER, en la creencia de que Huesca y Aragón eran conceptos territoriales disjuntos. Tres semanas después (el 31 de octubre) dijo en Antena 3: «Ayer, por ejemplo, yo estuve en Zamora. Allí hay un problema de despoblación bien importante». En realidad, había estado en Palencia, que también tiene un problema de despoblación, pero qué más da: estos desiertos se parecen todos tanto.
Y como no hay dos sin tres, el 29 de abril de 2020 calificó de «provincias limítrofes» a Almería y Cádiz. Ni tres sin cuatro, porque el 21 de abril de 2015 ya había calificado por escrito a Soria como «cuna de Antonio Machado».
Pero no se corta, como no se ha cortado nunca para hablar en sede parlamentaria del hermano de Isabel Díaz Ayuso, pese a las dos veces que fue archivada su inexistente causa de las mascarillas por sendas instancias fiscales: la Fiscalía Anticorrupción en España y la Fiscalía Europea. Él, que se casó con la hija del proxeneta sabiniano (definición del DRAE: «proxeneta: persona que obtiene beneficios de la prostitución de otra persona»).
Él, que tiene investigados por nueve delitos a su mujer catedrática y a su hermano de ignorado paradero. Él, que es el único viajero del Peugeot no imputado todavía. Él, que se hizo doctor con una tesis que le plagiaron manos seguramente mercenarias. Él, que se hizo candidato amañando las primarias contra otros candidatos de su partido, ah, la urna detrás de la cortina.
Él, que llegó a presidente del Gobierno con una moción de censura apoyada en una sentencia dolosa del magistrado amigo José Ricardo de Prada, posteriormente anulada por el Tribunal Supremo. No está de más recordar que dicha moción de censura tenía como objetivo sustituir en la Presidencia del Gobierno a Mariano Rajoy, pero que con una finalidad más genérica trataba de «regenerar la vida política española y combatir la corrupción».
Ya habrá comprendido el lector que para un propósito semejante un candidato como Sánchez no podía elegir otro portavoz más adecuado que José Luis Ábalos Meco.
El candidato trampeado, Patxi López, hizo de la necesidad virtud y aceptó su marginación de la carrera de buen grado, o, por lo menos, sin descomponer el gesto lo más mínimo. Desde aquel mayo de 2017 en que Patxi preguntó a su adversario: «Pedro, ¿tú sabes lo que es una nación?», pregunta que habría sido muy inteligente si el preguntón hubiese conocido la respuesta; el socialista vasco es el único que se ha opuesto a Sánchez y vive para contarlo.
Ha sido a base de humillarse, claro, y ser el más sanchista de todos los militantes del PSOE, que todos lo son y mucho.
En el pleno del miércoles lo demostró una vez más, con una intervención rayana con la de su jefe en cuanto a bronca y un punto más en zafiedad: «¿Podrán de una puñetera vez alegrarse de que hemos acabado con ETA?», preguntó a los diputados de la oposición, que ya no podían replicarle: «Quien se alegra es Anboto».
Por otra parte, esta es seguramente la expresión de su estilo parlamentario. Cuando baja a pie de calle, como en su rueda de prensa ante Vito Quiles, lo llama «escoria» y endurece el calificativo: «No tienes ni puta idea».
Y calificó a Sánchez de «referente internacional de la dignidad», además de afirmar que su «No a la guerra» «retumba hoy en las conciencias de todo el mundo». Debe de ser el estructuralismo, que permite a la chusma del presidente varios niveles de lectura.
Mientras tanto, medios como Financial Times, The Wall Street Journal y The Washington Post rebajaban una cuarta el entusiasmo descriptivo del portavoz, calificando al gobernante español de «tonto útil» de Irán, calificativo que cuadra al homenaje de agradecimiento que le han rendido los clérigos islamistas al reforzar con su cara el potencial ofensivo de sus misiles contra Israel.