The Objective
Javier Rioyo

Golfos de Cuba

«Esa imagen de la Internacional Roja, disfrazados de ‘reyes magos’, de republicanos revolucionarios, voceros del engaño y la mentira, es difícilmente soportable»

El verso suelto
Golfos de Cuba

Imagen generada por inteligencia artificial.

«La historia de este valle de lágrimas está llena de violencia.

Por eso odio tanto a los historiadores, porque detesto con toda

la fuerza de mi alma la violencia»

Guillermo Cabrera Infante

Cuba tiene algunos de los golfos más hermosos que uno ha conocido. Lugar privilegiado por la naturaleza y castigado por la realidad. Míticos golfos del recuerdo de Hemingway, de sus viejos y sus mares. De la pesca del tiburón y la buena vida entre langostas y ron de caña. Fue el campeón de la izquierda. Hemingway supo vivir bien, escribir muy bien, beber mejor y fue capaz de mantener su fotogenia en medio de las batallas, las dictaduras y las barras de los mejores bares del mundo. Fue el mejor de los representantes de la izquierda de las ostras y los long drinks. Fue feliz, vivió intensamente sin importarle mucho que la isla fuera una sucursal de la mafia, el juego y una dictadura de mucha juerga y mucha desigualdad.

Entre escapadas a la España de Franco para ver toros, toreros y saber contar como pocos la belleza sangrienta de la fiesta de los toros y sus descansos en los golfos de Cuba. En el golfo de Guacanayabo, en el mismo mar donde al final del siglo XV llegó Colón con un grupo de aventureros españoles para cambiar la historia. El mismo golfo donde en la década de los cincuenta del pasado siglo también llegó Fidel Castro en compañía de jóvenes barbados, en el yate Granma. Así comenzó la llamada revolución cubana. Aquellos cayos y golfos que conocieron la conquista, la piratería y el más hermoso espectáculo de la pesca fueron donde disfrutó el escritor americano, sintiendo que el paraíso estaba cerca; así le pareció desde su yate Pilar.

Hasta que llegó Fidel y mandó parar. No, al escritor vividor Hemingway, que era todo un icono de la izquierda y del espíritu revolucionario con copa y puro. Al joven católico que era Fidel, el patriota revolucionario que llegó a esos parajes, le interesaba la foto con el más famoso de los escritores. Dos formas de fumar en puro. Dos símbolos de la izquierda, dos personajes para la historia.

Fidel y los suyos, el castrismo, fueron haciéndolo peor cada año, cada mes. Supieron tomar el poder por asalto, conservarlo con literatura, eslóganes, fotogenia, mitología izquierdista y estado policial. Después de ese deslumbramiento, de aquella épica resistencia contra el imperio americano. Sufrieron el bloqueo y la amenaza de los poderosos vecinos, sobrevivieron a cambio de venderse al otro imperio. Respondieron nacionalizando la propiedad privada, la banca y la miseria.

Pasaron de la noche a la mañana de ser una Cuba golfa a ser otra Cuba. Una nueva «patria» que pasó pronto a ser una sucursal exótica del comunismo y que ha terminado en un estercolero. El comunismo basura. Trump ya no necesita bombas, ni aviones, ni botas en el terreno; los restos del naufragio castrista se han encargado de convertir Cuba en una Gaza autodestruida. Un buen amigo —uno de aquellos millones de jóvenes seducidos por el comunismo de sol y playa, otro de los decepcionados de tantas promesas incumplidas— me cuenta uno de los últimos chistes de una Habana en derrumbe, sin luz ni alimentos: «Coño, Trump, para tomar Irán no hacía falta bombardear La Habana».

«El tal Pablo Iglesias y los suyos han encendido e indignado a una población que ya no quiere más cánticos, más mentiras y más hambre»

El paisaje de La Habana, de Cuba entera, es el paisaje de después de una batalla. Un mundo que se derrumba. Cojímar, el maravilloso pueblo de El viejo y el mar, el lugar del turismo selecto, la casa-museo de Hemingway, sus playas, su puerto son ahora un basurero. Una metáfora de las falsedades del poscastrismo y sus turistas de la izquierda más ciega, sorda y manipuladora que se pueda imaginar. Produce dolor y rabia esa visita guiada del tabernero/vocero de la izquierda de la izquierda.

El tal Pablo Iglesias y los suyos han encendido e indignado a una población que ya no quiere más cánticos, más mentiras y más hambre. El alojamiento del sectario y sus acompañantes de flotilla sin mar en el lujoso hotel Eurostar, sus paseos por La Habana vaciada, por esos ahora desolados lugares de los desfiles revolucionarios, del culto al Che, a Fidel y al secuestrado recuerdo de José Martí, se movieron en unas guaguas eléctricas que el pueblo desconocía. Esa imagen de la Internacional Roja, disfrazados de «Reyes Magos», de republicanos revolucionarios, voceros del engaño y la mentira, paseando descapotados por las únicas zonas previamente limpiadas de La Habana, repartiendo galletas y mentiras, es difícilmente soportable.

Con los turistas de la flotilla, retornaron las viejas músicas de los artistas de la revolución y volviendo a entonar «aquí se queda la clara, la entrañable transparencia de tu querida presencia, comandante Che Guevara», «Fidel, Fidel, duro con él» o esa tan recurrente de «se acabó la diversión, llegó el comandante y mandó parar». Mandó parar la diversión del pueblo. Los suyos seguían entre el Rolex y las langostas, los rones y las amigas. Una putrefacción que viene de lejos. Algunos la conocimos pronto por nuestros amigos cubanos en el exilio, primero, por nuestros viajes después. Una antigua degradación que ya es imposible de disimular. El pueblo se ha cansado, ya no canta a Silvio, ese símbolo del artista revolucionario, enriquecido, alcoholizado y dispuesto a fotografiarse con Díaz Canel y las herrumbrosas kalashnikov sacadas del viejo almacén. Ni cantan a Pablo Milanés; ya les había sorprendido verle con su chófer y su Mercedes, con su mujer de elegancia de hortera enriquecida, con su exilio madrileño y su vida cómoda de llorón lírico de aquella revolución que nunca existió.

No, ya no está el pueblo cubano —que tiene memoria de su vieja trova, de Bola de Nieve y Celia Cruz, de Machín y Olga Guillot, de Cachao y Paquito de Rivera— para cantos de imaginarias revoluciones. Ni para guantanameras ni pueblo soberano. No están para fiesta, ni para vivir quemando las basuras, para vivir sin luz ni alimentos. Poco les queda a los farsantes y sus allegados. Una frase que me recordó mi amigo, que define perfectamente el estado de sitio, esa manera de vivir bajo la amenaza y la cárcel, que ya no admiten, ahora, me dice: «Ya la desesperación supera a la represión». Ni flotillas ni amenazas; el pueblo cubano, los decepcionados del fallido experimento de la izquierda comunista, ya no tiene salida.

«El nieto de Raúl Castro, El Cangrejo para amigos y familia, pasó de jefe de sala en un hotel a tener el control de la noche habanera»

No nos produce nada más que desprecio, rechazo y asco ver a ese pacifista belicoso, el sembrador del caos podemita, el que fuera vicepresidente con el pacifista Sánchez, hacerse una foto con Díaz Canel y el pacífico emblema de volver a la sierra, de volver a los viejos kalashnikov. Ya incapaces de amenazas contra una población dispuesta a sacar los viejos machetes. Cuidado.

Hay negociaciones entre el secretario de Estado de Trump, cubano de origen español, Marco Rubio, y el nieto de Raúl Castro. Raúl Guillermo Castro, conocido como El Cangrejo, hombre con seis dedos, que pasó de ser el guardaespaldas de su abuelo Raúl a ser el candidato para buscar la salida de Díaz-Canel, el «Maduro» del régimen cubano. El nietísimo, El Cangrejo para amigos y familia, pasó de jefe de sala en un hotel a tener el control de la noche habanera. El negocio del turismo y su lado oscuro: las drogas, las mujeres, el juego y toda esa nueva mafia hace tiempo controlada por los herederos del castrismo, civiles y militares. La familia, la mafia. Para este retorno a la corrupción, esta vez con más pobreza y más abandono, ¿hacían falta estas décadas de decadencia, de indecencia y demagogia? Hay que ser muy «golfos de Cuba», golfos invitados y allegados: la familia, la mafia.

Castro no quiso parar la huida hacia el exilio de los cubanos. Por varias razones: tenía las cárceles llenas. La «gusanera» crecía y el afán por salir huyendo era ya imparable. Sin olvidar otra razón más hábil, más realista, la que permite seguir sobreviviendo a los cubanos, la que mantiene su estado de malestar con propinas. Todos los millones de cubanos que viven principalmente del dinero que les envían sus «gusanas» familias de Miami, Nueva York, de Madrid o de tantos otros posibles refugios que el mundo capitalista y occidental ofrece a los que huyen del paraíso de la revolución castrista y sus continuadores.

Asaltar los cielos, el documental en el que me acerqué a la vida fanatizada, criminal y carcelaria de Ramón Mercader, no pudo tener su rodaje en Cuba. Allí no existía. Se había transformado en un inventado ciudadano comunista llamado Ramón López. Secuestraron las cámaras, sufrimos interrogatorios y prohibiciones. Nuestros contactos en las más altas esferas del Gobierno se pusieron de perfil, de espaldas. Hubo que abandonar. Me refugié en los documentos y la memoria de Guillermo Cabrera Infante, de Néstor Almendros, de Gutiérrez Alea.

La película fue prohibida. Cabrera me dijo que era una suerte. Se vería mucho más y se podría conseguir por dos botes de leche condensada. Así fue. La vio Leonardo Padura que, como la inmensa mayoría de cubanos, nada sabía de la vida y muerte de este hombre que amaba los perros en un barrio tranquilo de una ciudad que fue, que sigue siendo, una de las más hermosas del mundo. Volveré a pisar las calles de La Habana nuevamente. Cuba entera merece otras músicas, otros intérpretes y otra vida.

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