No hay muerte
«El arte comparte la eternidad, la anulación del tiempo, con los juegos infantiles, los cuales no se dan en la temporalidad, sino en un mundo sin muerte»

Ilustración generada mediante IA.
Me asombra ver a esos grupos de niños que, en plena guerra, en espacios completamente destruidos, en basureros, siguen jugando. Cuatro palos, una chapa, y no necesitan más. Los últimos que he podido ver vivían en campamentos de refugiados, rodeados por chozas de lona sin desagüe, y jugaban sobre una tierra desolada y lodosa con la misma sonrisa y el mismo entusiasmo de hace cien mil años.
¿Cómo consiguen esa serenidad? En las peores circunstancias continúan con lo que constituye su ser, el juego. No un juego de adultos, como el fútbol, la bolsa o la lotería, basados en la parte oscura de nuestro espíritu, sino a las claras, como los cachorros que se combaten entre sí, sean tigres, caniches o caballos, sin jamás dañarse. Un ejercicio, no por la supervivencia, sino por la vida misma porque su vida no es sino un juego.
Supongo que habrá especialistas que podrán explicarme esa tendencia irresistible al juego como ausencia de conciencia, o como si fuera una locura circunstancial que logra protegerles de lo que los adultos llamamos «realidad». Sin embargo, no me convence llamar «inconsciencia» o ausencia de realidad a lo que para un niño es innegable, a saber, que la vida es eso y sólo eso, que el mundo es juego. Ni conocen otra cosa, ni tienen el menor interés por conocerlo.
Sin duda, en casa, con los padres, deben de ser muy distintos, lo cual no anula ni la convicción de sus juegos, ni el amor a sus padres. Esos son dos mundos paralelos: de un lado, la trivialidad de la existencia en los días normales, su falta de sustancia, y de otro, la seriedad del amor familiar que lleva, como su sombra, el respeto. Creo que ambos universos, juego y amor, es todo lo que necesitan.
Luego llega la edad adulta. Los adultos no dejan de jugar, pero todo ha cambiado o se ha resuelto en negro. En sus juegos deportivos, económicos (la bolsa es un gigantesco juego mundial), amorosos y demás, de pronto aparece una figura nueva y tan terrible como todo lo bello: el héroe. Esa efigie, que nunca intervino en los juegos infantiles, ahora domina todas las jugadas. Lo heroico es una orientación de la conciencia, señala un sentido, incluso en las apuestas más limitadas y temerosas.
«La heroicidad negra está presente también en todas las apuestas políticas»
A esa imposición de heroicidad es a lo que llamamos «juegos adultos» o de los adultos. En esa etapa la concurrencia, la oposición, la lucha, son despiadadas. Desaparece el elemento esencial del juego entre niños y cachorros que era la ausencia del tiempo. Ahora se está jugando la vida misma con urgencia, y sólo puede haber un ganador. Y si hay varios, siempre se mira al más alto. La heroicidad negra está presente también en todas las apuestas políticas. La desnudez del trabajo, la ausencia de los padres, la desaparición del techo (tan herrumbroso o catastrófico como se quiera) provoca una soledad agresiva.
De hecho, el cristianismo, y su repetición moderna llamada «socialismo», no es sino el recurso de quienes temen perder o empobrecerse en la lucha heroica y buscan el amparo de un simulacro de dios, el Estado, al que consideran «protector». El juego seguirá siendo negro y tramposo, corrupto y decepcionante, pero es el último refugio de quienes tienen un miedo cerval a perder, a ser «unos perdedores». Perder la hacienda, la compañía, el alma o la razón. Y por encima de todo, perder la vida.
Sólo en un ámbito se mantiene el antiguo espíritu del juego infantil. Ese territorio suele llamarse «el Arte», aunque sería mejor llamarlo «las artes». Ese lugar mantiene buena parte del juego infantil, es decir, lo desinteresado, lo egoísta bueno, lo lúdico, pero sin héroes. El artista lucha por ganar el juego y cada juego y cada mano, como si fuera una carrera atlética, pero sin el componente destructivo de sí mismo y de los demás que implica la heroicidad. El héroe artístico ni anula ni aplasta a los demás.
«No es más ‘héroe’ Cervantes que Chejov, sólo la confusa mente periodística establece categorías entre los vencedores»
No es más «héroe» Beethoven que Ravel, Rembrandt que Chardin, Cervantes que Chejov, sólo la confusa mente periodística sigue estableciendo categorías entre los vencedores, pero lo cierto es que en las artes hay una igualdad rasante porque sólo hay jugadores sin victoria ni muerte en el juego de la representación del mundo. Quieren ser reconocidos, sin duda, y el pago por su trabajo es un reconocimiento, pero no arruinan a sus compañeros de juego, ni los anulan. No son héroes, son ejemplos.
Gracias a ello podemos apreciar la poesía de Esquilo o la de Mio Cid como si fueran nuestros contemporáneos. Es justo lo que desconcertaba a Karl Marx, el teólogo del neocristianismo capitalista, a quien desesperaba que siguieran interesándonos Homero o La Canción de Roldán, a pesar de pertenecer a una sociedad sin clases, sin burgueses y sin proletariado.
El arte comparte la eternidad, la anulación del tiempo, con los juegos infantiles, los cuales no se dan en la temporalidad, sino en un mundo sin muerte. Por eso comparten también su vitalidad indestructible.