La eutanasia no se ha debatido
«Aquí no se trata únicamente de aliviar el sufrimiento, sino de definir qué valor tiene la vida humana cuando se debilita, se deteriora o pierde autonomía»

Ilustración de Alejandra Svriz.
El 5 de abril de 2021, Houellebecq publicó en Le Figaro un artículo de opinión contra la eutanasia y contra la idea de morir dignamente: «Cuando un país —una sociedad, una civilización— llega a legalizar la eutanasia, pierde, a mi entender, todo derecho al respeto. Se hace, a partir de ese momento, no solo legítimo, sino deseable, destruirlo para que otra cosa —otro país, otra sociedad, otra civilización— tenga una oportunidad de advenir». En la gran novela que escribió poco después, Aniquilación, un personaje explica que «la verdadera razón de la eutanasia es que ya no soportamos a los viejos, ni siquiera queremos saber que existen, por eso los aparcamos en lugares especializados, fuera de la vista de los demás seres humanos. La cuasi totalidad de la gente hoy día considera que la valía de una persona disminuye a medida que su edad aumenta».
Finkielkraut escribe en su ensayo Pescador de perlas que cuando leemos —escrito por el famoso filósofo Peter Singer— que en la fase avanzada de la demencia los enfermos ya no son personas en sentido estricto y que parece legítimo aplicarles la eutanasia, o cuando leemos en el Journal of Bioethics que las personas a punto de perder su identidad moral tienen el deber de suprimirse para evitar a sus allegados una pesada carga, tenemos buenas razones para preguntarnos si los médicos no se verán algún día autorizados e incluso alentados por una sociedad ansiosa por no aumentar sus déficits a provocar la muerte de nonagenarios con demencia, cada vez más numerosos y cada vez más costosos de mantener.
¿No es el valor a la vida en todas sus etapas, incluso en la enfermedad y en el dolor, lo que distingue la civilización de la barbarie?
Aquí no se trata únicamente de aliviar el sufrimiento, sino de definir qué valor tiene la vida humana cuando se debilita, se deteriora o pierde autonomía. Incluso cuando no la tiene todavía, pero ha sido concebida. Ambos autores (si bien con sus reservas) han formulado una crítica especialmente dura y provocadora: consideran que la eutanasia, aplicada en situaciones de vulnerabilidad psicológica o social, es un síntoma de una civilización que ha comenzado a medir el valor de las personas por su utilidad o su calidad de vida, incluso diríase: por su capacidad de resistencia.
El caso de Noelia en España resulta particularmente duro porque introduce un elemento que para algunos es decisivo: la enfermedad mental. La diferencia entre una enfermedad terminal y un trastorno psicológico es crucial. Durante el apresurado debate en el Congreso de los Diputados para aprobar la Ley Orgánica de la Regularización de la Eutanasia, aparecieron advertencias sobre los casos relacionados con la salud mental. Se advirtió, desde la bancada del Partido Popular, que cuando la persona solicita ese suicidio asistido desde la dependencia, la fragilidad, la vulnerabilidad mental y la depresión, o incluso desde la presencia de trastornos mentales, debe recibir un tratamiento psicológico previo que la ley española, por lo que sea, no exige. Esta ley fue aprobada en plena pandemia y de forma apresurada con los votos en contra de PP, Vox y UPN.
Ahora estamos viendo sus consecuencias. Mientras que el dolor físico irreversible puede parecer un límite claro para muchos, el sufrimiento psíquico es, por naturaleza, fluctuante, tratable y se ve profundamente influido por el entorno. Por eso, cuando una persona joven pide morir en un contexto de depresión, desesperanza o vulnerabilidad en España, como en el caso de Noelia, cabe preguntarse: ¿Estamos ante una decisión libre o ante el resultado de una fragilidad que podría aliviarse?
Hay que entender que en la mayoría de estos casos la voluntad de morir suele ser inseparable de la propia enfermedad. Cualquier psiquiatra sabe que cuando el tratamiento mejora el estado psicológico, el deseo de morir desaparece. Esto no es una teoría moral abstracta, sino una observación clínica frecuente. Por ello, permitir la eutanasia en estos contextos en que la capacidad de juicio está más debilitada es una aberración.
Pero además, como intuye Houellebecq, la eutanasia no sería simplemente una respuesta compasiva al sufrimiento, sino el reflejo de una transformación silenciosa en la manera de entender la dignidad humana. Durante siglos, la moral occidental sostuvo que la dignidad de la persona no dependía de su fuerza, su autonomía o su lucidez mental. Si uno lee a Santa Teresa de Jesús, aceptará la posibilidad de que el sufrimiento sea parte del camino en la salvación de las almas. Esa idea, profundamente arraigada en la cultura cristiana, servía como límite moral frente a cualquier tentativa de eliminación deliberada de la vida cuando nos presenta las pruebas más difíciles y las enfermedades más crueles.
Me niego a creer que, como dicen, los modernos solo valoran la eficiencia, la autonomía y la autosuficiencia. Esa visión empieza a erosionarse cuando vemos las procesiones en Semana Santa, cuando sabemos que las personas piden por los enfermos y que acompañan a los desamparados. En estos tiempos difíciles, el ser humano debe hacerse preguntas sobre el sentido de la vida, sobre la hospitalidad y la compasión y no solo sobre la libertad individual. Si vamos a rebajar el valor de la vida humana, hablemos de ello sin tapujos y a las claras, estudiemos las consecuencias de la expresión extrema de esta nueva y oscura lógica, la lógica de que si la vida ya no cumple ciertos estándares de calidad, entonces puede considerarse legítimo ponerle fin. Es lícito, ya que los cambios bruscos de mentalidad, en la historia, suelen preceder a decisiones que antes habrían sido impensables.
El caso de Noelia se sitúa precisamente en ese punto de inflexión, y por ello ha causado tanto dolor y tanta perplejidad. Si una persona con sufrimiento psicológico puede acceder a la eutanasia, la frontera entre aliviar el dolor y abandonar al vulnerable que se encuentra a la desesperada se vuelve difusa. La pregunta ya no es únicamente si la persona desea morir y debe tener libertad para hacerlo, sino si el Estado del bienestar está funcionando y tiene herramientas para los más débiles. Podríamos haberle ofrecido a Noelia alternativas reales: tratamiento, acompañamiento, apoyo emocional y esperanza. La verdadera prueba de una civilización no es cómo facilita la muerte, sino cómo sostiene la vida cuando se vuelve difícil.
Se hace evidente una constatación: la dignidad no depende de la autosuficiencia y no todo va de libertades y derechos. Debemos frenar la tentación de resolver el sufrimiento mediante el suicidio asistido, porque aunque de manera superficial esto puede ser compasivo, también puede ocultar una forma de cansancio colectivo, una incapacidad para acompañar al necesitado.
En última instancia, el debate sobre la eutanasia no gira solo en torno a la libertad individual, sino al valor de la vida en nuestras sociedades modernas. Si la vida vale únicamente cuando es plena, autónoma y consciente, entonces la muerte puede convertirse en una solución lógica. Algunos han tomado este camino, pero no nos han dejado entrar a debatirlo, ni decir dónde están los límites. Y creo que es una elección importante. Esa elección es la que define el tipo de civilización que queremos ser.