The Objective
Antonio Caño

Pedro radioactivo

«La toxicidad de Sánchez acabó con el prestigio de la izquierda, del feminismo, del pacifismo y tal vez acabe también con el de la moderación»

Opinión
Pedro radioactivo

Ilustración de Alejandra Svriz.

Recuerdo que el primer eslogan que Pedro Sánchez, recién reelegido secretario general en 2017, impuso en su PSOE fue el de «Somos la izquierda». Se trataba entonces de reclamar un espacio que parecía ir perdiendo en beneficio de Podemos. Justo es decir que consiguió reconquistarlo, aunque al precio de desacreditar la marca de «la izquierda» quién sabe por cuánto tiempo.

Si la izquierda es Sánchez, como resulta ser, puede tal vez contar con un más o menos nutrido grupo de seguidores capaces de darle su voto independientemente de todas las incoherencias y desvaríos que cometa, pero nunca será mayoritaria. Su izquierda es una fracción fanática de la sociedad que, simplemente, odia a la derecha y está dispuesta a todo para impedir que esta gobierne. Repito: todo. Pero esa porción, aunque mayor de lo que desearía cualquier demócrata, no es lo suficientemente grande como para volver a ganar jamás unas elecciones. Le sirvió la maniobra para consolidar su poder, pero, a cambio, se cargó la reputación de su partido.

Desde aquel eslogan, el personaje ha vestido ropajes diferentes, como aquellas muñecas de nuestra infancia que pasaban de azafatas a enfermeras con un simple cambio de uniforme. Igualmente, Sánchez ha utilizado el de reformista, el de patriota o el de radical, según recomendaban las circunstancias. Como el tiempo apremia y su juego funciona cada vez peor, tiene que cambiar el disfraz con más frecuencia. En apenas un mes, ha actuado como radical antitrumpista, como héroe antiimperialista y como patriota antiamericano, para acabar sorprendiendo a todos con la careta de moderado aprovechando el nombramiento de su nuevo y todavía virgen vicepresidente primero.

Sin embargo, lo cierto es que la farsa ya no es tan rentable. Quizá sirva para conformar a corresponsales extranjeros, a los que comprendo corporativamente porque, cuando yo lo fui, también caí en la tentación de relatar la superficie de los personajes, consciente de que a los lectores no les interesa la complejidad del fondo, sobre todo cuando se trata de un país tan irrelevante en la escena internacional como es España. Pero los disfraces no le sirven ya en la política nacional. No importa cuántos personajes interprete, ninguno resulta ya creíble para el público, que ha descubierto la trampa y no se la cree. Apenas le ha servido la máscara de pacifista del ‘no a la guerra’, que solo encuentra eco en los mítines de acarreados del partido, y no le funcionará tampoco el último artificio de lucir como un moderado con la ayuda de Carlos Cuerpo, por mucho que los propagandistas del régimen se esfuercen en hacerlo creíble.

No funcionará porque el que está acabado es el propio Sánchez y no importa cuántas imágenes difunda su nutrido ejército de asesores, cuántas gafas luzca, cuántos uniformes exhiba, cuántos relatos repita y cuántos vídeos cool grabe; la toxicidad del personaje acaba haciendo inútil cualquier estrategia de comunicación. Sánchez se ha convertido en un tipo radioactivo que contamina todo lo que toca. Contaminó a la izquierda, al feminismo y al pacifismo. Destruye a los personajes sobre los que se aúpa —Ábalos, Koldo, Cerdán, Yolanda Díaz… bienvenida María Jesús Montero, empieza a calentar Rufián— y arruina todas las causas a las que se suma. Lo han ido descubriendo muchos de los que en su día lo apoyaron y lo acabarán haciendo incluso sus socios independentistas: cuando rompan con él, una vez que acaben de exprimirlo, quizá sea ya muy tarde para PNV y ERC.

Lo grave del último giro de guion es que la toxicidad de Sánchez acabe contaminando también la idea de moderación. Existe una buena parte de los votantes que odia tanto a Sánchez que va a estar siempre en el bando contrario. Si él se dice moderado, ellos se irán con los radicales. La hipócrita apuesta de Sánchez por la moderación puede tener como consecuencia estimular el radicalismo. Quién sabe si no es incluso un efecto deseado. El único consuelo es que el descrédito del presidente del Gobierno es tal que difícilmente le servirá después de la Semana Santa.

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