The Objective
José García Domínguez

Contra la 'libertad'

«La izquierda progre acaba de descubrir con el ‘caso Noelia’ el nihilismo. Y lo celebra como si de un memorable instante de liberación se tratara»

Opinión
Contra la ‘libertad’

Ilustración generada mediante IA.

En Barcelona, y ante el contento apenas disimulado de la opinión progresista con mando en plaza, se acaba de aplicar la eutanasia a Noelia Castillo Ramos, pero también la pena de muerte civil a cualquiera que disienta con el ya santificado derecho que asiste a cualquier persona, empezando por las víctimas de algún desequilibrio mental agudo, a acabar con su propia vida; trámite administrativo rutinario para el que se ha establecido como requisito contar con la colaboración activa, diríase que incluso entusiasta, del Estado y su plantilla de servidores. Ese caso, el de Noelia Castillo, coloca sobre la mesa la muy inquietante interpretación laxa que el nuevo espíritu de la época establece a la hora fijar fronteras a la autonomía individual, unas fronteras que pueden separar la vida de la muerte. Y lo más desconcertante es que, en medio de esa indiferencia colectiva, la izquierda con firma en el BOE se alinea ahora con los sectores más doctrinalmente libertarios, defendiendo también una soberanía radical, absoluta e irrestricta sobre el propio cuerpo y la propia vida.

En apariencia tan alejados entre sí, unos y otros repiten, sin embargo, idéntico argumento: que el individuo debe disponer de la última palabra, que todo límite externo, el que sea, supone una intromisión ilegítima en su fuero inalienable. No existe, pues, obligación moral alguna más allá de la propia voluntad. Soberanía irrestricta del yo, corean al alimón zurdos y diestros. He ahí los Javier Milei y los Patxi López de este mundo, juntos y revueltos, defendiendo que se pueda vender en el libre mercado un riñón, el uno, o ejercer el derecho al suicidio asistido por los poderes públicos, el otro. Pues el cuerpo, a su común parecer, no es más que una simple propiedad privada del yo, un bien tan susceptible de ser comercializado como de verse retirado de la circulación por su propietario, como ocurre con cualquier otra mercancía cuyo valor dependa de los caprichos y gustos erráticos que configuran en cada momento la oferta y la demanda de los consumidores.

Este individualismo radical, el que ahora entusiasma a la izquierda desnortada, recuerda mucho a aquella sentencia tan célebre —y tan necia— de Margaret Thatcher: «La sociedad no existe». Pero la sociedad, cuyo núcleo germinal es siempre la familia, sí existe. Y no como abstracción teórica, sino como tejido de obligaciones, vínculos y compromisos que sostienen la vida colectiva. Conviene aquí recordar la reflexión de Tzvetan Todorov, en Los enemigos íntimos de la democracia, cuando recrea el gran debate teológico medieval sobre la libertad. Ahí habla del monje Pelagio, aquel optimista antropológico que defendía un libre albedrío ilimitado: el individuo podía elegir siempre el bien por sí solo. Pero San Agustín —y con él Todorov— señalaba que esa ilusión, la de libertad, ignora los límites de la precaria condición humana real, la radical debilidad de unas pobres criaturas, los humanos, que no son mucho más que juguetes en manos de fuerzas psíquicas que no controlan.

El individualismo anómico reduce la libertad a satisfacción inmediata de deseos. Es solipsismo en estado químicamente puro. Pero, como alguien nos recordó hace cuatro siglos, ningún ser humano es una isla. Y es que la comunidad y la tradición, igual que los compromisos compartidos que nos trascienden en tanto que seres singulares, no son coacciones arbitrarias; bien al contrario, remiten a algo que hasta hace bien poco daba forma a un antiquísimo consenso colectivo que solíamos llamar Civilización. El nuevo ideal supremo progre, quién nos lo iba a decir, es esa reencarnación posmoderna del Robinson Crusoe en su isla desierta; una mónada carente de raíces sociales de ningún tipo; un ser moralmente autárquico, sin ataduras con nada ni nadie, que reclama la potestad de hacer consigo mismo cuanto le plazca en cada instante. Hasta la autoaniquilación. La izquierda progre, sí, acaba de descubrir el nihilismo. Y lo celebra como si de un memorable instante de liberación se tratara.

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