Irán: una guerra perdida
«Trump ha fortalecido la dominación del clero y de los paramilitares sobre el país, y ha puesto a prueba la eficacia de una respuesta asimétrica a su superioridad militar»

Ilustración generada mediante IA.
Roma no pagaba a los traidores; la dictadura de los ayatolás, al parecer, sí lo hace, exhibiendo la traición de Pedro Sánchez a Occidente, tanto en la delicada forma de pegar su retrato en los misiles contra Israel, como sobre todo admitiendo que los petroleros españoles sean eximidos de la prohibición de cruzar el estrecho de Ormuz (aunque hasta ahora de lo segundo no haya noticias).
El episodio es una prueba de hasta qué punto la estrategia política de Pedro Sánchez, basada siempre en imponer su interesado relato a la realidad, tiene efectos destructores. Ni siquiera importa que su contenido, en este caso, lleve buena parte de razón. Como para él, según ha anotado, entre otros, Daniel Gascón, toda política exterior es política interior, el acierto de oponerse a esta guerra ha quedado envuelto en una consigna demagógica para consumo de su clientela, el no a la guerra, que ignoraba la necesidad de asumir otras guerras, como la defensiva de Ucrania frente a la invasión de Putin. Y al mismo tiempo, imita en su fraternidad con el régimen criminal de los ayatolás al profanador de Martí, Pablo Iglesias. Al mismo tiempo, en medio del eco alcanzado por su profesión de fe antibelicista, desvelaba así que por algo su Gobierno desatiende la información debida sobre el tema ucraniano a los ciudadanos españoles y, so capa de pacifismo, se opone a una financiación suficiente de la OTAN ante la evidente amenaza rusa. Que nos defiendan otros.
Existía además un cauce válido para expresar la discrepancia: en vez de lanzar una consigna de vocación demagógica, plantear el tema con urgencia en la UE y en la propia OTAN, dejando claros los riesgos y la negatividad del ataque a Irán. Sánchez hubiera recibido de inmediato un ataque redoblado de Trump, pero en pocos días se habría ganado la condición de estadista y abierto el camino para una racionalización de la crisis desde Europa. Tal como ha puesto las cosas, no conocemos bien qué está haciendo, porque a la profesión de fe pacifista se unió el envío de la fragata a Chipre, hasta que finalmente cerró el espacio aéreo para la guerra. Si el peso de Sánchez en la UE se mantiene, ello solo se deberá a la debilidad creciente de la socialdemocracia, de la cual él es el único peso fuerte en la Unión. Por lo demás, la escapada «pacifista» le ha retratado, asumiendo con orgullo un gesto de traición a Occidente, a la OTAN y a Europa. Y su coste para España será sin duda alto a medio plazo, sobre todo de cara al irredentismo marroquí. Será difícil que Estados Unidos olvide. Israel no lo hará.
Hay en toda esta historia, no obstante, un punto especialmente oscuro. Si aplicamos la vieja técnica auspiciada por Tzvetan Todorov de preguntarnos por el significado real de las infracciones al orden observables en una secuencia o en un relato, por el sentido de los vacíos o las contradicciones aparentes, sorprende la fugacidad de la condena de Trump a la actitud española, definida en un momento como «terribles». Muy pronto, la voz de su amo, el secretario general de la OTAN, tuvo incluso palabras amables para la escasa contribución financiera española, a la cola del continente con «el esfuerzo del 2%». Dulzura difícil de explicar, salvo que admitamos la posibilidad de una compensación española, al respaldar ostensiblemente la continuación light del madurismo en Venezuela, al servicio de los intereses USA. Zapatero y Albares son los más serviles servidores en Europa de la estrategia continuista, definida por Marco Rubio.
Venezuela ha sido un éxito para el big stick de Trump. Irán es la catástrofe, y una catástrofe buscada y sin soluciones previsibles. La espectacularidad de los primeros pasos dio lugar, sin embargo, a una oleada de aprobaciones, cargadas además de la agresividad al uso del elogiado. Alineamiento que se apoyó además en su indiscutible doctrina de la licitud del empleo de la fuerza por encima de cualquier consideración jurídica. Los objetores de conciencia en el tema éramos presentados como aspirantes a la condición de «almas bellas», auténticos imbéciles y defensores de causas impresentables, tales como la teocracia iraní.
«No hacía falta ser muy avispado para darse cuenta muy pronto del tremendo error de Trump al haberse lanzado al ataque»
No se conoce hasta ahora rectificación alguna de los apologistas de la táctica de Trump, aun siendo de aplastante evidencia sus efectos negativos. Una cosa es reconocer que, por desgracia, la causa esgrimida por Trump, la de Occidente, lo mismo que la supervivencia de Israel, están vinculadas a nuestros intereses, y otra practicar la ceguera voluntaria ante un imperialismo de improvisación que lo ignoró todo del avispero en que se metía (y nos metía).
No hacía falta ser muy avispado para darse cuenta muy pronto del tremendo error de Trump (más Netanyahu) al haberse lanzado al ataque sin contar con recurso alguno de movilización u oposición política en el interior de Irán. Bastaba con recordar el fracaso de Bush Jr. en Irak, quien por lo menos contó con la posibilidad, materializada, de una ocupación rápida del país. Irán es una potencia media, fuertemente armada, con un mecanismo interno extremadamente sólido de control y represión —claro chií y paramilitares— que acababa de probar su eficacia. Más una demografía y una extensión que limitaban la posibilidad de éxito al carácter resolutivo del primer golpe. Otra cosa hubiera sido sumarse a la movilización generalizada anti-régimen de enero, pero tras los millares de iraníes masacrados, nada cabía esperar.
Desde el ángulo de la estrategia militar, los diseñadores de la trumpiana olvidaron que Irán estaba preparándose frente a un ataque similar desde hacía años. No era capaz de impedir un golpe como el inicial, pero sí de responder con su masivo arsenal de misiles. Tampoco a los bombardeos de los aliados, sino internacionalizando la guerra y cerrando la vía del petróleo. Trump ignoraba seguramente la existencia del estrecho de Ormuz, pero sus asesores militares no debieron hacerlo. Los resultados están ahí: salvo por el recurso a una escalada apocalíptica, la guerra de Irán está perdida.
El único efecto positivo de este desastre consiste en mostrar que la irracionalidad sirve de prueba a contrario de la asociación entre política y derecho internacional, por muchas que hayan sido las infracciones previas que parecen probar su inutilidad. La racionalidad de la tecnología militar no es suficiente. Si hubo Srebrenica, la conciencia de que no debía repetirse llevó a la salvación de Kosovo, lo cual a su vez prueba la pertinencia de las infracciones cuando responden al espíritu estricto de cumplimiento del derecho en cuanto a impedir un genocidio. Tal hubiera sido el caso de un ataque a Irán para salvar de ser asesinados en masa a quienes exigían en la calle democracia.
El descabezamiento posterior ha sido una táctica tan criminal e inútil como en su día lo fue el intento de acabar con ETA mediante los GAL. La cohesión interna del islam, como la de otros patriotismos de comunidad, hace contraproducente cualquier intento de ese género. Trump le ha dado hecha a la teocracia la sucesión de Jamenei, ha fortalecido la dominación del clero y de los paramilitares sobre el país, y ha puesto a prueba la eficacia de una respuesta asimétrica a su superioridad militar. Se ha ganado su puesto entre los grandes organizadores americanos de derrotas en el último siglo. Con una derrota que es también nuestra, y sobre todo de Ucrania.